RED43 sociedad Columna literaria
08 de Marzo de 2026
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Celestina la ve

Columna literaria de Marisa Gómez. 

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El colectivo Vía Tac, Resistencia – Buenos Aires está detenido en la estación.  

 

Celestina abraza a su nieta y le llena los cachetes de besos. Después le agarra las manos al hijo, las acaricia durante un rato, las aprieta y le susurra en el oído, lo veo, tu hija va a estar bien, muy bien, el tratamiento va a funcionar. Confiá en Dios y en tu madre. Te quiero.

 

El colectivero le hace una seña a Celestina para que suba, cuando se acerca ve que tiene dificultad para caminar y la ayuda. Usa bastón desde aquella operación de cadera, hace años.

 

En el pasillo levanta la vista y ve a una nena de la edad de su nieta que la mira fijo, como asustada, sentada al lado de un señor que podría ser su padre, con lentes oscuros y una gorra negra que le tapa gran parte de la cara.

 

Mira su boleto, acomoda los bolsos y se sienta detrás, en la otra fila. Desde ahí examina el perfil de la chica, muy parecido a las nenas a las que está acostumbrada a curarle el empacho, el mal de ojos y la fiebre. Cachetes paspados, nariz respingada y mucho pelo negro rebelde. 

 

Se cierra la puerta, el colectivo se mueve. Celestina saluda a su nieta e hijo mientras se limpia las lágrimas con la mano y no deja de observar a la nena, que no se mueve. Agarra el crucifijo, respira hondo y logra ver a la nena parada delante de un portón, en un barrio de casas todas iguales de techo de chapas. Reza con fuerza y la ve caminar con otros chicos arriba de montañas de basura. Acaricia el Dios del crucifijo y ahora la nena corre y se da vuelta.

 

Busca en el bolso un paquete de galletitas, se para con dificultad, hace dos pasos, se agacha delante de la nena y cuando le va a decir ¿querés unas?, la nena le hace seña con la cabeza de que no, le abre grande los ojos como si quisiera hablarle. El señor sentado a su lado se saca la gorra y los lentes, mi hija no tiene hambre, le dice con firmeza.

 

Celestina se disculpa, apoya su mano en el hombro de la nena, el pecho se le cierra y la garganta se le pone tensa. ¿Qué estoy haciendo?, se pregunta.

 

Afuera está oscuro. El guarda corre algunas cortinas. Celestina lo mira seria, coloca su dedo sobre los labios, le hace señas para que camine hacia atrás. Se levanta, va a su encuentro y le cuchichea algo en el oído. Minutos después, el guarda revisa los papeles de los pasajeros, y cuando le solicita la documentación al señor no observa nada extraño, pero por las dudas avisa a la policía, que detiene el colectivo en el pueblo vecino. El señor por segunda vez muestra los papeles. La nena duerme.

 

El colectivo llega a Retiro. Todos se bajan menos Celestina que ordena sus bolsos y mira de reojo al señor que intenta despertar a la nena. A los pocos segundos, el señor se acomoda el sobretodo y baja llevándola de la mano. Celestina los sigue, perdón, señor, la chiquita es muy parecida a mi nieta, ¿me das un abrazo?, le pide. Después se queda parada mirándolos alejarse. Una sensación rara, pero a la vez placentera le vuelve al pecho mientras los ve perderse entre la gente.

 

Celestina no puede borrar de su cabeza, la imagen de la nena aunque sabe que está bien. Ya en su casa, sentada en el sillón donde suele quedarse dormida, agarra el rosario, lo aprieta y reza. La ve, ve a la nena sentada en el suelo de un departamento con piso de mármol, la ve abrazar una muñeca y sonreírle a ese hombre, al que llama papá.

 

Ahora está segura. Respira hondo.                                      

 

 

 

Marisa Gomez

 

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