Por Rocío Germillac y Elisabet Blanco Wegrzyn.
Por momentos, mientras recuerda, parece volver a caminar por aquellos senderos cubiertos de nieve. La voz de Paloma Korn recorre décadas de historia de Esquel con la naturalidad de quien no siente que está contando hechos extraordinarios, aunque lo sean. Habla del esquí, del Club Andino, de los primeros caminos hacia La Hoya, del nacimiento del Tetratlón y, sobre todo, de Douglas Berwyn, el compañero con quien compartió una vida entera.
Su historia es también la historia de una generación que construyó, literalmente a fuerza de hombro, buena parte de la identidad de la montaña esquelense.
Los domingos empezaban caminando
Mucho antes de las aerosillas, del camino demarcado y de los medios de elevación, ir a esquiar significaba otra cosa.
Paloma tenía apenas 14 años cuando comenzó a subir junto a su padre.
"En la época en que yo tenía pocos años había pocas cosas para hacer. Y la montaña era una cosa muy atractiva. A mi papá le gustaba caminar, así que tenía la excusa perfecta", nos cuenta sobre sus inicios esquiando.
Los domingos comenzaban temprano. Desde la ciudad caminaban hasta el antiguo refugio —donde hoy existe un gran playón de estacionamiento— con los esquíes al hombro. Allí aprovechaban la nieve que, según recuerda, era mucho más abundante que la actual: "El domingo era levantarse temprano, ir a La Hoya, darse alguno que otro golpe y disfrutarlo, porque era fantástico."
Aquellas caminatas estaban llenas de nombres que hoy forman parte de la historia del Club Andino y de Esquel.
Cuando la montaña también fue el lugar donde nació el amor
La Hoya no solamente regaló recuerdos deportivos. También fue el escenario donde conoció al hombre que la acompañaría durante toda la vida, Douglas Berwyn: "Ahí lo conocí al que fue mi esposo."
Los sábados eran para bailar; los domingos, para la montaña: "Compartíamos intereses. El sábado a bailar, el domingo a La Hoya, algún otro día al cine. Lo de siempre, lo que hacen los jóvenes siempre."
La nieve acompañó a ambos desde la infancia.
Más adelante, ya casados, Dougie trabajó durante varias temporadas como patrullero en el Cerro Catedral, en Bariloche.
Cuando recibió la propuesta, Paloma no dudó: "Le dije: 'Si sabés que te gusta y que lo vas a disfrutar, andá'." Porque entendía que la montaña no era simplemente un lugar: era parte de quiénes eran.
Construir la montaña
Para quienes llegan hoy al centro de esquí resulta difícil imaginar cómo comenzó todo. Paloma sí lo recuerda.
Recuerda sacar piedras cuando se abrió el camino hacia La Hoya. Recuerda que aquel invierno prácticamente no pudieron esquiar porque todos colaboraban con la obra.
"El invierno del '63 no esquiábamos nada. Teníamos que ir a sacar las piedras", rememora con orgullo.
Recuerda también cómo se subían los materiales para construir el refugio, las estufas, las vigas y la leña. Todo cargado al hombro: "Uno hoy ve las cosas hechas. Pero alguien subió esas maderas, esos tornillos, esas vigas."
Cuando finalmente llegó el camino y luego el primer medio de elevación, sintieron que comenzaba otra etapa.
"Llegabas abajo, te sacabas los esquíes, subías, te los volvías a poner... era fantástico" nos cuenta Paloma.
El silencio de la nieve
Si hay una imagen que resume la relación de Paloma con la montaña, no tiene velocidad ni competencia. Tiene silencio: "La sensación cuando vas esquiando y nieva es una cosa muy especial"
Cuenta que muchas veces, junto a sus amigas, simplemente se sentaban sobre la nieve. No hacían nada, solo dejaban caer los copos.
"Te sentás y dejás que nieve. Escuchás el silencio", comenta.
Ese instante parece resumir toda una filosofía de vida.
El nacimiento del Tetratlón
Décadas después llegaría otro hito para Esquel.
La idea nació casi como un juego: "Fue un 'vamos a hacer algo divertido'."
Dougie tomó aquella inquietud y comenzó a darle forma.
La primera edición fue muy distinta a la actual. Había cinco disciplinas, caballos incluidos, y hasta un curioso desafío final. Con el paso de los años llegaron los cambios técnicos, las modificaciones del recorrido y la organización que convirtió al Tetratlón en una de las competencias más importantes del país.
Mientras tanto, Paloma ocupaba un lugar silencioso, pero indispensable: "Yo iba de secretaria ejecutiva."
Nunca corrió, siempre estuvo organizando: "Siempre tiene que haber un equipo de organizadores."
Hoy continúa emocionándose cuando ve la largada y su hijo sigue participando cada año. Su nieta también encontró su lugar en la competencia.
Porque para ella, más importante que ganar, es estar: "Nunca llegan primeros ni segundos. Pero yo creo que lo importante es que lo hagan."
El verdadero espíritu de la montaña
Cuando habla del Club Andino, Paloma evita quedarse solamente en las obras o en el crecimiento institucional.
Para ella, el verdadero patrimonio siempre fueron las personas, las amistades, la solidaridad, los grupos que aprendían juntos, los adultos que cuidaban a los más jóvenes: "Lo que se aprende es a compartir. A compartir y a manejarse."
Entonces recuerda una vieja entrevista realizada a Douglas Berwyn. Le habían preguntado por qué iba a la montaña y la respuesta todavía la acompaña: "Porque estaba ahí y había que ver qué había detrás."
Paloma sonríe. "Eso es curiosidad", dice.
Pero enseguida agrega algo más profundo: "Ese es el espíritu de la montaña. El compañerismo del que va junto con vos, del que te acompaña. Ambas partes son responsables: uno del otro y el otro de uno."
La ausencia
Hace doce años que Paloma no vuelve a ponerse los esquíes. No fue una decisión deportiva. Fue una decisión del corazón.
Después de compartir toda una vida con Douglas Berwyn, la montaña ya no volvió a ser la misma: "Hace 12 años dejé de esquiar por la falta del compañero."
Sin embargo, cuando habla de aquellos inviernos, de las caminatas, de los amigos que ya no están y de las nuevas generaciones que siguen subiendo, queda claro que nunca dejó la montaña del todo.
Porque hay lugares de los que uno puede alejarse con los pies, pero no con la memoria.
Y en la memoria de Paloma Korn, la nieve sigue cayendo en silencio.
Agradecemos de todo corazón a Paloma por brindarnos esta cálida entrevista, por sus palabras y sus recuerdos.