Para Valentina Leguiza, la distancia geográfica no borra las pasiones. Aunque hoy defiende los colores del Everton de Viña del Mar, en Chile, la esquelense confiesa entre risas que sigue sin despegarse de sus colores y que el azul y oro de Boca Juniors, al igual que su querido Belgrano de Esquel, la acompañan a donde vaya.
Por eso, vestir la camiseta del conjunto chileno le sienta tan bien; hay una cercanía cromática y sentimental que la hace sentir como en casa.
Su actualidad deportiva en el país trasandino es inmejorable. Formando parte de la categoría adulta de Everton en la Primera B, Valentina detalla que el equipo marcha puntero en su zona con una cómoda ventaja de 10 puntos sobre quienes van segundas, una posición de liderazgo que también replican en la tabla general de todas las zonas.
Con solo cinco partidos por delante para cerrar esta etapa, el plantel ya palpita los playoffs con un único gran objetivo en mente: el ansiado ascenso a la Primera División del fútbol femenino chileno.
Pero su presente no se limita solo a la división mayor. Gracias a su edad, Valentina tuvo la oportunidad de sumarse como refuerzo al Torneo Apertura, categoría juvenil, durante las instancias decisivas de cuartos, semifinales y final.
En ese camino, les tocó dejar atrás a rivales de fuste como Palestino y a la Universidad de Chile (donde además anotó su único gol en esta temporada en tierras chilenas). Lamentablemente, la corona se les escapó en la final ante Colo Colo, un club cuyo nombre ya impone respeto y que cuenta con jugadoras que rozan el nivel del primer equipo.
Lejos de amargarse por el subcampeonato, la chubutense destacó el enorme mérito de sus compañeras, quienes no figuraban en los planes de nadie y se metieron en la definición a base de puro esfuerzo. Para ella, enfrentar a instituciones de ese calibre es un aprendizaje invaluable que inyecta más ambición de cara al torneo de clausura.
Al mirar el espejo del pasado y comparar a la Valentina de hoy con aquella que vistió la camiseta de Santiago Wanderers hace dos temporadas, la evolución es evidente. Tras un paso intermedio de un año por Boca Juniors que terminó de moldear su madurez, Leguiza asegura haber regresado a Chile mucho más preparada en el aspecto físico, mental, táctico y técnico.
Esa evolución se traduce en la confianza que le otorga el cuerpo técnico de Everton, donde se ha consolidado como una pieza clave. Lejos de encasillarse, valora enormemente el hecho de estar sumando minutos en distintas posiciones de la cancha, algo que, según explica, le otorga "más cartas para tirar" y la enriquece como futbolista dentro de un grupo humano que define como sumamente unido, tanto dentro como fuera del terreno de juego.
De hecho, esa comunión se extiende también a la convivencia con otras compatriotas, como una de sus compañeras de equipo, una experimentada jugadora argentina de 36 años con un nutrido historial en clubes como River, Central y Huracán.
Cómoda y feliz en una ciudad fantástica como Viña del Mar, donde vive a pasos de la playa, del centro y de un complejo deportivo con infraestructura de primer nivel, Valentina se mantiene enfocada. No se pierde detalle del Mundial de Fútbol —donde le toca lidiar entre risas con el folklore de sus compañeras chilenas, habitualmente reacias a alentar por Argentina o Messi— y aprovecha cada momento libre para mantener el contacto con los suyos en Esquel, como ocurrió recientemente para celebrar a la distancia el cumpleaños de su hermana Tamara.
Con los pies firmes sobre el césped y la mirada puesta en lo que viene, Valentina Leguiza sigue sumando batallas individuales (como aquel reciente e impecable partido ante Cobresal donde ganó todos los duelos y dominó la banda) con una meta colectiva innegociable: llevar a Everton a lo más alto del fútbol chileno.