Cuando una sustancia circula con demasiada facilidad, cuando se comienzan a hablar de determinados lugares como puntos de venta, cuando los padres sienten temor por lo que puede ocurrirles a sus hijos y cuando el consumo empieza a presentarse como algo inevitable, estamos perdiendo la capacidad de reaccionar.
El verdadero peligro no es solamente que exista droga. El peligro aparece cuando comenzamos a acostumbrarnos a su presencia.
Y no se trata de señalar ni estigmatizar a quien atraviesa una situación de consumo problemático. Detrás de cada persona puede haber una historia familiar, una vulnerabilidad, una ausencia, un problema de salud mental o un contexto social que requiere atención y acompañamiento. La respuesta ante esta realidad necesita prevención, tratamiento, contención y oportunidades.
Tampoco podemos caer en el extremo de naturalizar el consumo, minimizar sus consecuencias o aceptar que nuestros adolescentes crezcan creyendo que determinadas drogas forman parte inevitable de la vida cotidiana.
La discusión empieza en la familia, la escuela, los clubes, los espacios públicos, las conversaciones que tenemos con nuestros hijos y en la capacidad de detectar una señal de alarma y pedir ayuda a tiempo.
De igual modo los vecinos en soledad no pueden enfrentar un problema que tiene detrás redes de comercialización, organizaciones dedicadas al narcotráfico y un mercado que busca permanentemente nuevos consumidores. Se necesitan controles, investigación, prevención y políticas sostenidas.
Pero sí nos corresponde como sociedad no mirar para otro lado. No es normal que haya jóvenes expuestos al consumo. No podemos asumir que “es así” y mucho menos permitir que los chicos sean quienes terminen pagando el precio de nuestra indiferencia.
Esquel no está fuera de esta realidad, pero todavía conservamos fuertes vínculos entre vecinos y con ello tenemos la oportunidad enorme de detectar, prevenir y actuar.
Por eso, quizás la primera batalla sea recuperar nuestra capacidad de indignarnos y actuar ante lo que no puede esperar.