Las calles del pueblo se ven vacías. Todos están en el cementerio. Entierran a don Alfredo Sánchez quien en vida fuera el dueño de la estancia Las Marías, la más grande de la zona. La casa principal luce como un castillo medieval en el medio de la pampa húmeda.
Los cuatro empleados de la funeraria aflojan, despacio, las sogas que sostienen el cajón bajo la mirada y murmullos del pueblo.
“Allá están las hijas y al lado la madre. Años sin venir…”
“Pobre viejo, lo abandonaron…”.
Unos se empujan, otros avanzan a los codazos, algunos se paran en punta de pie. Todos, todos quieren ver a esas tres mujeres. El único llanto que se oye de lejos, es el de la Ramona.
Una voz gruesa de años de mucho alcohol y cigarrillo, la voz del Juez de Paz, detiene en el aire la bajada del cajón.
—A los familiares les comunico, con pesar, que en este instante se suspende el entierro por haberse radicado dos demandas, de filiación post mortem.
—Nosotras somos las hijas. Bajen el cajón a la fosa — ordena una de ellas.
—No se baja —gritan dos muchachos casi iguales.
El cuchicheo que camina más rápido que víbora cascabel, se detiene. Las miradas se dirigen a esos dos muchachos, los hijos mellizos de la Ramona, que hace años, no se los veía en el pueblo. Y ahí empiezan de nuevo los rumores que les hacen eco en sus espaldas.
“Qué grandes están esos …”
“Era cierto nomás…”
“Son igualitos al finado…”
“Calladito se lo tenía la Ramona…”
“Parece que estudiaron …” “Uno es abogado, el otro médico…”
“Mirá la parada del más petizo. Igualita a la del viejo…”
“Andá a saber cómo viene la mano. El viejo primero solo y después loco…”
“La Ramona lo cuidó. Ella es la única que sabe los secretos”
“Andá a saber si será cierto que lo encontró tirado en el piso con la cabeza rota como dice. Hay mucha, pero mucha plata acá”
“Mirá, con esa carita de pobre inocente…”
La Ramona ya no llora. Toma a cada hijo del brazo. Se dirige al juez de Paz.
—Por favor, proceda.
Ante la orden, los empleados de la funeraria elevan las sogas para depositar el cajón, fuera del foso. Una sonrisa parece asomarse en el rostro curtido de la Ramona.