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09 de Agosto de 2026
opinion |
Marisa Gomez

"Chimichurri"

Columna literaria por Marisa Gómez. 

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María Inés mira la hora. Nueve de la noche. 

 

Oscar está por llegar.

 

Extiende el mantel a cuadros sobre la mesa y lo alisa con las palmas de las manos. Levanta la vista hacia la ventana. Afuera, la oscuridad se tragó el patio. 

 

En la cocina, destapa el frasco de chimichurri que preparó hace un rato con ajo, orégano, ají molido, pimentón, vinagre, aceite de oliva, sal y se queda mirando el paquete que su hermana le trajo ayer, envuelto y atado. Lo abre, vacila, pero después lo echa todo. Tapa el frasco, lo sacude. Sus manos tiemblan, no sabe si va a ser capaz.

 

Regresa a la ventana, ve todo oscuro. Oscar debe estar por llegar.

 

Abre el horno, saca la bandeja con la carne, agarra el chimichurri y cuando le va a echar, se arrepiente. Lo lleva a la mesa, lo deja ahí, manotea la botella de vino, da un trago largo y recuerda lo que le dijo la hermana. 

 

El comedor se ilumina. Son las luces de la camioneta de Oscar. Como siempre, al entrar, revolea la boina de pana azul, se deja caer en el sillón del living y enciende el televisor. 

 

—Venga con su papi, mi pollo arisco. 

 

María Inés no soporta el olor a cigarro mezclado con perfume de puta de barrio. La besuquea en el cuello y le muerde el labio.

 

Oscar cena en silencio. María Inés observa cómo agrega chimichurri a la carne una y otra vez. Ella solo puede llevarse a los labios migas de pan. 

 

 —Muy bueno, mujer. Por fin algo para tu papi—y le agarra la mano y como un juego le dobla los dedos.  

 

Al terminar, se deja caer en el sillón. 

 

—Estoy cansado — murmura. 

 

María Inés espera hasta que los ronquidos se van apagando. Se acerca despacio, se arrodilla junto al sillón y nada. Lleva su oreja al pecho y no escucha nada. Enciende un cigarrillo, tiembla, mientras recuerda las palabras de su hermana. 

 

—Sin huellas, sin testigos, no hay castigo.

 

Espera una hora para serenarse. Da vueltas alrededor del sillón. Levanta el brazo de Oscar, lo deja caer con todo el peso y rebota sobre la camisa de pana manchada en el cuello con lápiz labial.

 

—Ya está…—le dice a la hermana.

 

—Era bueno, nomás. Lo usó la abuela. No quedó ni una rata en el galpón.                                                                                

 

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