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30 de Agosto de 2026
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"El Mugre": la historia del hombre que eligió Esquel como su lugar en el mundo

Llegó a Esquel en 1987, casi por casualidad, y sintió que había encontrado su lugar en el mundo. Desde entonces construyó amistades, emprendimientos y una familia, siempre fiel a una idea: vivir la vida que quería.

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Por Rocío Germillac y Elisabet Blanco Wegrzyn.

 

 

 

Gustavo Di Rosa llegó a Esquel el 14 de marzo de 1987. Tenía apenas 21 años y venía desde Buenos Aires con una decisión que, en aquel momento, parecía simplemente una aventura: había elegido hacer el servicio militar en la Patagonia.

 

No conocía la ciudad. No existían Google, Google Maps ni correo electrónico. Apenas tenía algunas referencias y las historias que había escuchado de un oficial que había estado destinado anteriormente en Comodoro Rivadavia.

 

Una de las primeras imágenes que vio fue una fotografía de las montañas de fondo y un campo de tulipanes. Fue suficiente.

 

“Flasheé con esa foto. Y dije: me voy a conocer Esquel”, recuerda.

 

Llegó de noche y durmió en el regimiento. Todavía no había podido conocer realmente el lugar que había elegido. Recién al día siguiente, después de la formación militar, comenzó a caminar por la avenida Ameghino rumbo al centro.

 

El cielo estaba despejado, no había viento y la temperatura era agradable: “Era el día de bienvenida. Así que nada, llegué acá y dije en ese momento: este es mi lugar en el mundo. Y nunca más me moví de Esquel”.

 

Casi cuatro décadas después, aquella sensación permanece intacta: “Todavía me sigue emocionando la sensación de haber sentido la pertenencia a este lugar, que era totalmente desconocido”.

 

 

 

De Gustavo a “El Mugre”

 

Si hay algo que identifica a Gustavo tanto como su historia es su apodo. Para muchos, simplemente es “El Mugre”.

 

El nombre nació poco después de su llegada. Entre sus amigos había comenzado a circular “El Mugriento” y, con el tiempo, quedó reducido a “El Mugre”. En vez de "pelado", "flaco", o "negro", el apodo quedó establecido, y el dueño nunca se ofendió ni lo tomó de mala manera, al contrario, lo ve como algo cercano, de relación más íntima. 

 

Así nació también “Los Mugrientos”, un grupo de amigos que se reunía durante los fines de semana. La casa de Gustavo se convirtió en el “Mugre's Club”.

 

“Poníamos mensajes en el mensaje al poblador. Hoy se juntan Los Mugrientos en el Mugre's Club, que era mi casa”, cuenta.

 

Eran diez, doce, quince amigos que compartían asados, encuentros y largas jornadas. Muchos eran jóvenes que habían llegado desde otras ciudades para estudiar y que, al regresar a Esquel, volvían a encontrarse. “Y hoy por hoy, con algunos nos juntamos todavía, que estamos acá, y seguimos siendo Los Mugrientos”, asegura. La tradición y la amistad continúan intactas con el tiempo. 

 

 

 

Con los años, el apodo adquirió otro significado. Gustavo siempre estuvo relacionado con la gente, los encuentros y distintos trabajos que lo llevaron a estar permanentemente de un lado y del otro de la ciudad.

 

“Estoy en todos lados como la mugre”, recuerda entre risas.

 

Pero lejos de renegar del apodo, lo adoptó como una forma de medir los vínculos.

 

“Yo sé que me lo dicen con cariño, me lo dicen con afecto”, explica.

 

Y agrega una frase que resume buena parte de su manera de relacionarse: “Digo listo, ahí ya generé un vínculo. Ya generé un lazo con la otra persona, que era mi propósito acá”.

 

 

 

La insistencia como forma de hacer amigos

 

Adaptarse a una nueva ciudad no fue inmediato. Gustavo reconoce que ingresar a la sociedad esquelense le llevó tiempo: “Fue muy difícil el entrar a la sociedad, porque como toda sociedad patagónica, es un poco fría y un poco distante”.

 

Pero tenía algo que, según él mismo, nunca le faltó: insistencia. “No me iban a ganar”, nos asegura.

 

Cuenta una anécdota de sus primeros años. Mientras trabajaba en una veterinaria, comenzó a acercarse a un grupo de estudiantes universitarios. Un sábado les preparó alrededor de 30 pizzas. El lunes volvió a cruzarlos y no le prestaron demasiada atención.

 

Al día siguiente volvió a acercarse. Y al otro también: “El tipo insistió, iba, iba, iba, hasta que después con el tiempo fueron mis amigos”.

 

Algunos de aquellos jóvenes terminaron convirtiéndose en parte de su círculo más cercano y, muchos años después, todavía se reúnen: “Lo que cuesta vale, se dice en el truco”.

 

 

 

Trabajar, pero también vivir

 

Su recorrido laboral tuvo distintos capítulos. Pasó por una veterinaria, trabajó en el Diario El Oeste y allí conoció el oficio de armador, cuando los diarios todavía se diagramaban de manera artesanal.

 

Era un trabajo que le permitía tener un mejor sueldo, pero que también lo obligaba a vivir al revés de sus amigos. Entraba a trabajar a las cinco de la tarde y podía terminar a medianoche, o incluso a las tres o cuatro de la mañana.

 

Hasta que decidió que no era la vida que quería. “Se trata de que no estoy bien, y no vine yo acá a padecer”, le explicó en aquel momento al dueño del diario.

 

Y agregó: “Quiero vivir una vida más relajada, quiero cultivar amigos, quiero conocer gente, quiero otra historia”.

 

La decisión marcó un rumbo que se repetiría muchas veces: trabajar, emprender, crecer, pero sin resignar aquello que para él siempre fue fundamental.

 

 

 

Rubro 1: una idea nacida a pulmón

 

Después del diario llegó uno de sus primeros grandes emprendimientos: una revista de clasificados llamada Rubro 1.

 

La idea surgió porque en Esquel no existía una publicación de ese tipo. Gustavo tomó como referencia las revistas de segunda mano de Buenos Aires y decidió hacerlo a su manera.

 

 

 

“Siempre consideré que la gente que tiene que desprenderse de algo es porque necesita la plata”, explica.

 

Por eso decidió que publicar fuera gratuito y que pagara la revista quien quería comprar: “El clasificado era gratuito y vendía la revista, ¿por qué? Porque digo, el que quiere comprar algo, tiene la plata, entonces que pague la revista”.

 

El primer número salió en 1989. Todo se hacía de manera artesanal. Gustavo escribía las publicidades, diseñaba y hasta dibujaba las tapas.

 

Fueron casi veinte años de trabajo, atravesados por crisis económicas e hiperinflación.

 

Pero también fueron años en los que construyó vínculos y experiencia.

 

 

 

Emprender sin querer hacerse rico

 

Más adelante llegó otro desafío: traer a Esquel el primer plotter de impresión para gigantografías.

 

La persona que le vendió la máquina le advirtió sobre el tamaño de la inversión y la cantidad que tendría que vender para amortizarla.

 

La respuesta de Gustavo volvió a reflejar su manera de entender el trabajo: “Yo no me quiero hacer rico, yo quiero traer algo a mi pueblo que no hay”.

 

Y lo hizo.

 

Durante años trabajó con el equipo y, además de atender a sus propios clientes, se convirtió en proveedor de otros colegas que necesitaban imprimir sus trabajos sin tener que enviarlos a Buenos Aires.

 

“Quiero vivir tranquilo. No me quiero llenar de plata ni hacerme rico”, asegura.

 

 

 

Una familia y una nueva etapa

 

Con el tiempo llegó otra de las grandes construcciones de su vida: la familia.

 

A los 50 años nació Ornella, su hija. Poco después llegó la pandemia y nuevamente la vida lo obligó a cambiar de rumbo.

 

Tenía pensado comenzar a construir y vender, pero el contexto frenó los proyectos. Entonces apareció una oportunidad inesperada: la yerba mate.

 

Y, casi sin saberlo, Gustavo encontró allí una nueva forma de unir varias cosas que siempre habían estado presentes en su vida: la comunicación, los vínculos y el mate.

 

 

 

Del mate de todos los días a “Matea con el Mugre”

 

Gustavo siempre había sido un tomador y cebador de mate. Durante años cantó en el coro de Jorge de Oro, en Esquel, Lago Puelo y Trevelin, y recuerda que muchas veces era quien se encargaba de cebar para todos.

 

 

 

Pero una degustación de yerba mate cambió su mirada: “Y cuando empecé a hacer la degustación, me encontré con que no sabía, era un ignorante total acerca del producto”.

 

Descubrió que detrás de algo tan cotidiano había un mundo que desconocía: la planta, los procesos, los sabores, las temperaturas y hasta la manera correcta de preparar un mate.

 

“Me sorprendió encontrarme con un mundo que era tan cotidiano para nosotros y tan desconocido a la vez”, nos cuenta.

 

 

 

Su primer acercamiento  fue durante la pandemia, por Zoom. Poco después llamó a quien había realizado aquella experiencia y le pidió ayuda para encontrarle un rumbo a todo lo que había aprendido.

 

“Uriel, me partiste la cabeza con todo lo que me dijiste. Ayudame a ver cómo puedo encauzar toda esta información”, le dijo. 

 

Así comenzó un nuevo capítulo.

 

Primero intentó vender yerba en dietéticas. No funcionó.

 

Entonces decidió hacerlo por su cuenta: “¿Por qué tengo que esperar que otro haga el trabajo que tengo que hacer yo, si yo soy vendedor de toda la vida?”.

 

Comenzó con degustaciones entre amigos, armó un Instagram y empezó a contar historias sobre la yerba, sus características y la cultura del mate.

 

Hoy, bajo el nombre “Matea con el Mugre”, vende yerbas, termos, mates y bombillas. Tiene más de 27 marcas y alrededor de 35 variedades de yerba.

 

Pero su trabajo no termina en vender un paquete.

 

“Para mí es todo un desafío persona por persona”, explica.

 

Busca conocer los gustos de cada cliente y recomendarle una yerba que se adapte a su paladar. Incluso intenta que quienes llevan años tomando la misma variedad prueben otras para renovar la experiencia.

 

 

 

Aprender para compartir

 

Gustavo fue además el primero en Esquel en estudiar la carrera de sommelier de yerba mate.

 

No fue casualidad. Su historia está atravesada por una búsqueda constante de cosas nuevas.

 

“Mi idea siempre fue tratar de hacer algo diferente. Si bien no soy inventor de nada, porque Segunda Mano ya existía y muchas revistas existían, acá no había ninguna. El plotter tampoco existía acá, entonces traje el plotter”, nos cuenta.

 

Con la yerba ocurrió algo similar.

 

No se trataba solamente de encontrar un nuevo negocio, sino de descubrir un universo y compartirlo.

 

Porque en el fondo, detrás de cada uno de sus emprendimientos aparece la misma idea: acercar personas.

 

 

 

Una vida elegida

 

Hoy Gustavo mira hacia atrás y encuentra una historia construida a partir de decisiones. Algunas arriesgadas, otras inesperadas, pero casi todas guiadas por la misma búsqueda: tener tiempo para vivir.

 

“Yo la verdad que estoy feliz de haber logrado todo lo que logré, de tener la familia que tengo”.

 

Para él, tener una hija y poder acompañarla es parte esencial de ese proyecto: “Si hasta el momento no había tenido una familia estable, era porque todavía sentía que me faltaba algo”.

 

Y agrega: “Busqué yo la oportunidad de tener tiempo para dedicarle a mi hija, para llevarla a la escuela, para buscarla, para acompañarla, para estar con mi señora”.

 

 

 

No sabe qué vendrá después. Y tampoco parece necesitar saberlo: “Hace 10 años atrás ni me hubiese imaginado que iba a estar vendiendo yerba y hoy lo estoy haciendo; y hace 40 años atrás ni me hubiese imaginado que iba a tener una imprenta, un negocio de gigantografías, vender yerba y una mujer y una hija”.

 

Por eso, cuando piensa en el futuro, vuelve a una palabra que aparece una y otra vez en su historia: adaptarse.

 

“Creo que ahí está el secreto de la felicidad: en saber adaptarse a las cosas nuevas”, ssegura.

 

Gustavo llegó a Esquel con 21 años, una mochila y el deseo de conocer la Patagonia. Casi cuarenta años después, tiene una familia, amigos que lo acompañan desde sus primeros días, emprendimientos que nacieron de sus propias ideas y un apodo que terminó convirtiéndose en identidad.

 

 

 

“Espero no haberlos aburrido con la historia, pero bueno, es mi historia y parte de la historia de Esquel, que la formamos todos”.

 

Y quizás ahí esté la mejor manera de contarla: porque la historia de “El Mugre” no es solamente la de alguien que llegó a una ciudad y decidió quedarse. Es la de alguien que, con insistencia, curiosidad y una enorme capacidad para vincularse, terminó haciendo de ese lugar algo propio.

 

 

 

Agradecemos enormemente a El Mugre y su familia por abrirnos las puertas de su hogar, por los mates y la charla. 

 

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