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20 de Febrero de 2023
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Carlos Guajardo

¡Cállate tú, Neruda!

“Cállate tú, Neruda”. Lo intentaron. Pero no para siempre. Porque esa poesía de amor y de guerra seguirá latiendo para hacer realidad una de sus frases más emblemáticas: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”.

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El grito puede oírse hoy en las calles de Santiago o la frase está pintada en las paredes y maderas de las casas del poeta o en panfletos arrojados al viento de la cordillera chilena. Pertenece a una campaña del potente movimiento “Mayo Feminista” y tiene que ver con el famoso poema 15 de su eterno libro “20 poemas de amor y una canción desesperada”, versos universales subidos al cielo azul de una poesía nunca jamás creada.

 

 

“Me gustas cuando callas porque estás como ausente”, arranca el poema del cual el movimiento hizo su bandera para denunciar a Neruda por una supuesta violación cometida en la década del 40 en Ceilán y que el mismo poeta narra en sus memorias “Confieso que he vivido”.

 

 

La reacción del grupo feminista llegó para frustrar que se haga realidad una ley que el parlamento chileno aprobó para que el aeropuerto de Santiago de Chile lleve el nombre de Pablo Neruda en honor al premio Nobel y “al más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma”, tal como lo describió Gabriel García Márquez.

 

 

Quien podría imaginar que con el paso del tiempo ese grito “cállate tú, Neruda”, pasaría de ser una afrenta a convertirse en un grito de justicia y libertad porque quienes realmente callaron a Neruda fueron sus asesinos, los golpistas de setiembre del año 1973 que, al mando del sanguinario Augusto Pinochet, destruyeron los sueños del pueblo chileno, los quemaron con fuego y los mancharon con sangre.

 

 

Ellos callaron a Neruda y su poesía. Tras largos estudios que incluyeron la exhumación de sus restos de los jardines de Isla Negra, la casa insignia del poeta y su mujer Matilde Urrutia, se concluyó casi 50 años después que no murió como consecuencia del cáncer de próstata que sufría desde hacía casi una década sino inyectado de una sustancia letal. Obra macabra consumada por un agente de inteligencia infiltrado en la clínica Santa María de Santiago de Chile donde fue llevado un día antes que inicie su exilio en México.

 

 

Manuel Araya, fiel chofer del poeta lo sostuvo desde siempre. Si bien su cáncer de próstata estaba avanzado, su mujer Matilde Urrutia reveló que los urólogos que lo atendían le habían pronosticado al menos, 5 años más de vida. Pero Araya insistió hasta el cansancio: “Al maestro lo asesinaron”. Fue el que lo llevó hasta la clínica Santa María el 19 de septiembre de 1973, tres días antes de su muerte repentina. Y 8 días después del golpe que derrocó y terminó con la vida de su amigo, el entonces presidente Salvador Allende.

 

 

En los jardines de su estrafalaria casa de Isla Negra hay tres campanas y también un ancla gigante a la que le dedicó una oda: “Ya no navegará nave ninguna. Ya no anclará sino en mis duros sueños”. También está repleta de colecciones de insectos y caracoles, de mascarones de proa y botellas de todos colores con barquitos dentro. En ese paisaje que completaba el mar sonoro, el poeta escribió la última parte de su obra y además dejó 9 libros póstumos, los que eran escritos todos a la vez incluidas sus memorias. Es en ese repaso de recuerdos intermitentes es donde cuenta su desventura con una mujer tamil mientras era cónsul de Chile en Ceilán (hoy Sri Lanka) lo que lo arrastra en el fango del movimiento feminista, autor del “Cállate tu…”. La joven era la encargada de cambiar todos los días el recipiente de la letrina de la casa que el poeta había alquilado en un suburbio. Neruda veía que todas las mañanas el excusado ubicado lejos de la casa aparecía limpio y de diferente color. Un día se levantó más temprano y su interrogante terminó: “Como una estatua oscura pasó ante mi la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán…se dirigió solemne hasta el retrete sin mirarme siquiera, sin darse cuenta de mi existencia”.

 

 

Y continúa: “Una mañana, decidido a todo, la tomé de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mi sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos  la  hacían igual a las milenarias esculturas de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”. Esa bella mujer siguió yendo todas las mañanas a dejar limpia la letrina.

 

 

Poco tiempo antes, en Birmania, casi es asesinado por una mujer llamada Jossie Bliss: “Sentía ternura hacía sus pies desnudos, hacia las blancas flores que brillaban sobre su cabellera oscura”. La mujer enfermó de celos, a tal punto que varias veces quiso asesinarlo con un largo y afilado cuchillo indígena. Neruda tuvo que huir, abandonando sus ropas y sus libros. Se fue en un barco. Y mientras navegaba sobre el Golfo de Bengala escribió su poema “Tango del viudo” al que describe como “un trágico trozo de mi poesía destinado a la mujer que perdí y me perdió porque en su sangre crepitaba sin descanso, el volcán de la cólera”.

 

 

Así vivió Neruda. Hasta que pudo. Hasta que lo dejaron. Hasta que lo hicieron callar de verdad, hasta que asesinaron sus versos. El poeta fue asesinado con una inyección letal cuyos restos fueron encontrados por investigadores de varios países del mundo después de años de trabajo.

 

 

Por un tiempo, el cuerpo del poeta salió de su descanso eterno en Isla Negra, lo cual había ordenado en su poema “Disposiciones”, de su encendido libro “Canto General”. Decía Pablo: “Compañeros, enterradme en Isla Negra, frente al mar que conozco, a cada área rugosa de piedras y de olas que mis ojos perdidos no volverán a ver… Abrid junto a mi el hueco de la que amo y un día, dejadla que otra vez, me acompañe en la tierra”.

 

 

“Cállate tú, Neruda”. No hace falta, lo callaron. Silenciaron su canto, su pasión por las letras que le caían como las gotas de lluvia que decoraron su infancia en Temuco, en el rugoso sur de Chile. Se llamaba en realidad Ricardo Eleazar Neftalí Reyes Basoalto. Pero debió cambiar su nombre porque su padre José Reyes no quería un hijo poeta. Escribió del amor, del mar, del miedo, de la tierra, de la furia y de las penas. Una gran parte de su obra fue marcada por la guerra civil española que dejó su corazón herido para siempre.  De sus melancólicos 20 poemas a los versos dolorosos de Residencia en la Tierra, alcanzó la cumbre de la poesía con su “Canto General”, quizá la más celebrada de sus últimas obras. El libro fue escrito en Isla Negra, esa casa “larga y angosta como su Chile”, donde se puede sentir el perfume de sus versos aún de aquellos que escribió cuando vivió castigado con un largo y penoso exilio.

 

 

“Cállate tú, Neruda”. Lo intentaron. Pero no para siempre. Porque esa poesía de amor y de guerra seguirá latiendo para hacer realidad una de sus frases más emblemáticas: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”.

 

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