Con una vida dedicada a la enseñanza y al cariño por sus alumnos, María Victoria Klimunda, de 65 años, comparte sus reflexiones tras su reciente jubilación como docente en Esquel. Con emotividad, expresa que "valió la pena todos los esfuerzos, todos los sacrificios, todas las vueltas de la vida".
Recibida en Buenos Aires, Victoria se mudó a Lago Puelo, donde comenzó su carrera docente en una escuela cercana a su casa, ya con tres hijas. Su camino la llevó por la escuela agrotécnica 717 de Lago Puelo, , finalmente, Esquel, donde volvió a las aulas de la nocturna 708, la 758 y Meta tras un período dedicada a la crianza de sus once hijos.
María Victoria destaca el rol fundamental de su familia en su trayectoria. "Apoya mucho la familia, apoya el marido, los hijos también". Rememora con cariño cómo su hija mayor la ayudaba con los más chicos y cómo su marido la acompañaba en caminatas de 20 cuadras para ir a la escuela nocturna. Su labor no terminaba en el aula; las noches se extendían corrigiendo y preparando clases.
Entre los recuerdos que le dan alegría, menciona con orgullo a su hija Cristina y su yerno Adrián, quienes estudiaron en el mismo profesorado que ella, sintiendo una "alegría que mi hija y mi sean recibido también ahí". Para ella, la matemática es una pasión que comparte con otros profesores, sumergiéndose en un "mundo de números".
La clave de su enseñanza siempre fue "conquistarse cada día un alumno". Su enfoque era "primero tengo que llegar al alumno como persona y si no no puedo enseñarle matemática". Recuerda cómo pedía ayuda a sus alumnos con las computadoras, convirtiéndolos en sus "guías para enseñarme a mí".
La exdocente se emociona al recordar encuentros inesperados con exalumnos que hoy son padres de familia, profesionales (camilleros, enfermeros, policías) o simplemente se cruzan en el supermercado, y la reconocen con cariño. "Es una alegría encontrarme con ellos y ver que son padres de familia, que tienen una profesión". Estos momentos son "sorpresas que me encuentro" y le llenan el alma.
Su profesión le ha dado "muchas alegrías y desafíos para superar". Valorando mucho el "trabajo en equipo" y la importancia de "darlo todo todo lo que podés" a los alumnos, respetando a los compañeros. A pesar de los momentos difíciles, como no adherirse a los paros porque sentía que "le estaba haciéndole algo mal a los alumnos", nunca perdió su vocación.
María Victoria Klimunda, católica practicante, confiesa que su fe es el "motorcito que me ayuda a tener paciencia". Con 11 hijos y 12 nietos, ahora ve a sus nietos iniciar sus propios caminos de estudio.
Jubilada desde el pasado viernes 30 de mayo, María Victoria se imagina esta nueva etapa con "miles" de "cosas para hacer". Reflexionando sobre su último día de trabajo en la Escuela 758, donde recibió una despedida sorpresiva y conmovedora con "aplausos de todos los alumnos", concluyó: "Esto vale la pena, vale la pena cada minuto que se le dedica a los jóvenes, a los alumnos".
Su mensaje final es claro: "Si tendría que volver a empezar, volvería a ser docente... y docente de matemáticas", porque la misión de los docentes es "llegar a los alumnos".
F.P