RED43 opinion
31 de Agosto de 2025
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Marisa Gomez

Pará con esa cabeza

Por Marisa Gomez. 

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Regreso por el mismo camino. 
No despego los ojos del suelo, pateo las hojas secas, un papel arrugado hasta que llego al cajero del banco. Busco por todas partes pero no está.  Lloro y siento las mejillas ardidas. 
De nuevo recorro el camino que me lleva a la casa de la abuela. ¿Qué me pasó con el sobre?, si no hay nadie en este pueblo que parece un desierto blanco por la helada. Eso sí, desde que salí del banco, un auto me sigue. Lo veo cerca, lo miro de reojo, el ruido del motor no me deja respirar. Quiero caminar más rápido pero tengo el cuerpo helado. No puedo avanzar. 
Después escucho una voz, no me doy vuelta. 
Un escalofrío me sube desde las plantas de los pies, hasta las muelas, mientras la garganta se me cierra.
Aprieto con todas las fuerzas el Jesús del rosario que llevo colgado en el cuello y empiezo a recitar el padre nuestro. Miro de nuevo de soslayo y veo que se asoma la trompa. Creo que es la camioneta del vecino de mi abuela. Respiro más hondo, miro hacia adelante y hacia el piso. Aprovecho ese instante para detenerme y pispiar casi sin girar la cabeza, por sobre el hombro derecho. Es la camioneta del mecánico, la reconozco por el choque en el guardabarro y las palabras de la abuela me retumban en mi cabeza, nada de pasar al lado del taller de Juan, es peligroso, ¿entendiste?
Ahora qué le digo a la abuela. ¿Qué hago? ¿Cómo le digo que perdí el sobre con la plata que saqué del cajero? ¿Qué hago? ¿A quién le pido ahora? Quedamos solas después del accidente de papá y mamá. Y yo que no quería que agarre frío y se enferme. Ahora le voy a dar un disgusto. ¿En qué pensaba cuando puse el sobre en el bolsillo roto de la campera? La abuela tiene razón cuando me reta y me dice Helena, dejá de volar, pará con esa cabeza, te vas a enredar en los pensamientos, esos te van a matar. Y tiene razón…
Sigo otra cuadra. Él me sigue. 
La camioneta acelera, me pasa y en la esquina frena y me grita. 
Vecina, vecina...
Levanto la cabeza, mi cara está roja tomate toda mojada. Juan se baja corriendo, te seguí y te grité pero, no sé dónde iba esa cabecita. Se te cayó esto, y me entrega el sobre. 
Me largo a llorar y al abrazarlo le lleno la cara de besos.
 

 

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