La operatividad en el Parque Nacional Los Alerces frente al actual incendio forestal demanda una coordinación constante entre las cuadrillas de tierra y el soporte de los medios aéreos. Durante una jornada de trabajo en la línea de fuego, el equipo de RED43 pudo observar de cerca el mecanismo de defensa que implementa el personal para contener el avance de las llamas en sectores críticos, apenas una parte de las jornadas diarias e intensas que viven los equipos de trabajo. Según explicó el director de la DLIFE, Ariel Amthauer, y el interventor del Parque, Ariel Rodríguez, el despliegue actual enfrenta la particularidad de un incendio que, aseguran, se gestó de forma subterránea a partir de una tormenta eléctrica ocurrida el pasado 28 de noviembre.
De acuerdo con el relato técnico oficial, el impacto de un rayo en una zona intangible inició un proceso de combustión latente que permaneció oculto bajo el colchón de materia orgánica durante once días. Según informaron las autoridades, este fenómeno permitió que el fuego avanzara por las raíces sin generar humo visible hasta el 9 de diciembre, lo que explica la complejidad de su detección inicial. Ante las consultas sobre el origen del siniestro, el personal jerárquico sostuvo la causa natural basándose en los registros meteorológicos y la ubicación de los focos en áreas vírgenes del bosque.
En el terreno, la labor de los brigadistas bajo la supervisión de Alberto Aros, en la parte en la que este medio pudo estar presente, en una ladera del monte de bosque intangible frente a Playa El Francés, consiste en abrir brechas de acceso en el bosque cerrado mediante herramientas manuales, ya que la zona carece de senderos previos. El trabajo no es rápido, ya que las condiciones del terreno observadas eran de difícil acceso, se trata de bosque nativo, espeso, en la parte baja con árboles de 15 a 20 metros y en las más altas pueden llegar a crecer hasta de 30 metros, según relataron a este medio. Además mencionaron los operarios, el trabajo de control requiere excavar hasta el suelo mineral para interrumpir el avance de las brasas que corren por el subsuelo. Esta tarea se complementa con el apoyo de helicópteros que operan con helibaldes de 300 litros de capacidad. La efectividad de estas aeronaves depende de una precisión milimétrica en la descarga, centrando el agua en puntos específicos donde el calor subterráneo amenaza con emerger a la superficie.
La logística aérea también contempla paradas técnicas periódicas para el reabastecimiento de combustible, intervalos en los que la contención recae exclusivamente en el personal terrestre. Según el testimonio de los brigadistas en el lugar, la jornada diaria se define por este esfuerzo sostenido en zonas de topografía compleja, donde la prioridad absoluta es asegurar el perímetro y evitar que la propagación interna supere las líneas de defensa establecidas en el monte.
Durante la recorrida, se pudo observar que el impacto de la situación trasciende lo operativo; al describir las tareas en el terreno, el personal se mostró visiblemente afectado por una emergencia que exige un esfuerzo físico al límite de las capacidades humanas. "Esto es una guerra contra el fuego", aseguró Ariel Amthauer, mientras un brigadista exhausto pasaba a su lado cargando un bidón de combustible cuesta arriba, reflejando el cansancio acumulado de quienes sostienen la línea de defensa. La magnitud del siniestro representa un escenario crítico para la conservación de un área declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO, un ecosistema hoy cubierto por llamas y una densa humareda que, según la perspectiva de quienes trabajan en el lugar, solo encontrará un alivio definitivo cuando las condiciones meteorológicas intervengan para frenar la catástrofe.
E.B.W.