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31 de Enero de 2026
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El universo se está quedando a oscuras: por qué hay cada vez menos estrellas en el cielo

Observaciones de telescopios muestran que su formación alcanzó su máximo hace miles de millones de años y desde entonces cae de manera sostenida: el fenómeno no implica un colapso inmediato. Los motivos. 

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Durante años los cosmólogos creyeron que el universo era una fábrica inagotable de estrellas. Pero nuevos datos contradicen esta hipótesis: mediciones en galaxias cercanas y lejanas muestran que la formación estelar llegó a su pico máximo hace miles de millones de años y desde entonces, desciende de forma sostenida. No sobrevendrá un apagón súbito, sino una lenta pérdida de nacimientos y brillo.

 

Basados en la teoría de radiación de Stephen Hawking -con la que un agujero negro disipa su energía- astrofísicos proponen un límite a la duración del universo y a sus restos estelares. Así, enanas blancas y estrellas de neutrones irían perdiendo su masa por procesos cuánticos. El oscurecimiento, sostienen, ya está en marcha. No habrá explosión final, sino un desgaste irreversible.

 

"No habrá un ‘apagón’ inmediato: las estrellas ya formadas seguirán brillando durante muchísimo tiempo. Lo que disminuye es el ritmo de nacimientos, por la escasez de gas frío y la menor acreción. Esto no contradice ni a la relatividad general ni a la física de partículas; dentro del modelo cosmológico estándar (ΛCDM) es un comportamiento esperable", explica Gabriel Bengochea, del IAFE-Conicet.

 

Observatorios en órbita y en tierra aportaron evidencia de este enfriamiento irreversible. Telescopios como Hubble y James Webb midieron cuántas estrellas nacen en galaxias lejanas y detectaron una caída considerable. Los resultados coinciden con simulaciones cosmológicas que incorporan materia y energía oscura y muestran que el declive no es local, sino un fenómeno de escala planetaria.

 

Las estimaciones indican que hoy se forman casi nueve veces menos estrellas que en el máximo de actividad, ocurrido hace unos 10.000 millones de años. Ese recorrido, del auge al declive, se consolidó con el estudio Historia de la formación estelar cósmica, de los astrofísicos Piero Madau y Mark Dickinson, que integraron observaciones de galaxias y fijaron un marco guía para la disciplina.

 

“El espacio-tiempo no desaparece: lo que se agota es el gas y con él el nacimiento de nuevas estrellas. Dominarán los remanentes —enanas blancas, estrellas de neutrones y agujeros negros— que se enfriarán, mientras estos últimos acabarán por evaporarse. No habrá un final súbito, sino una deriva hacia un universo cada vez más diluido y con menor actividad energética”, advierte Bengochea.

 

A escala humana, estos cambios resultan imperceptibles, ya que los plazos superan con holgura la vida de civilizaciones y especies. Sin embargo, para la cosmogonía, este declive señala un giro crucial, porque redefine el balance de energía y el modo en que la estructura del universo observable evolucionará a lo largo de eras profundas.

 

Esto no implica que van a sucumbir todas las luces del firmamento. Las estimaciones sugieren que existen al menos 10^24, una cifra seguida de 24 ceros. Con 13.800 millones de años de historia, el cosmos encendió sus luces más antiguas poco después del Big Bang y desde entonces, esa “fábrica” celeste fue desacelerando su rendimiento.

 

“El cielo estará dominado por estrellas ya formadas, muy longevas. Hablar de un fenómeno ‘visto desde la Tierra’ es bastante engañoso: nuestro planeta probablemente no exista como hoy, porque el Sol evolucionará antes. El cielo, en ese sentido, también envejecerá. Los primeros cambios visibles vendrán de la dinámica local, como la futura fusión entre la Vía Láctea y Andrómeda”, afirma Bengochea.

 

Los científicos compararon este proceso con una hoguera que consume su combustible más abundante. Al inicio ardió con intensidad, luego mantuvo brasas persistentes y finalmente se fue apagando. La metáfora ayuda a comunicar un fenómeno complejo sin perder precisión, apoyada en observaciones y modelos aceptados por la comunidad científica.

 

“A simple vista, los cambios en las constelaciones se dan en 10.000 o 100.000 años por movimientos propios, no por nacimiento estelar. Los efectos se percibirán en poblaciones jóvenes recién en decenas de millones de años. Si se comprueba que la energía oscura existe y continúa dominando, la expansión acelerada empobrecerá el cielo extragaláctico y cada vez veremos menos galaxias”, dice Bengochea.

 

Las galaxias espirales, como la Vía Láctea, también reflejaron ese cambio gradual. Los brazos que antes brillaron con cúmulos jóvenes comenzaron a mostrar poblaciones más envejecidas. Estudios espectroscópicos revelaron que el ritmo actual de creación estelar resultó varias veces menor que en el pasado remoto, una tendencia compartida por la mayoría de las galaxias cercanas.

 

Fuente: Clarín

 

 

 

 

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