Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac
El origen de todo
La historia de Helados Mayor comienza en 1943, como un gesto improvisado que terminó marcando a generaciones enteras de esquelenses. Omar Mayor recuerda que la fecha oficial es el 16 de diciembre de 1943, cuando todo nació “a raíz de una licitación, un concurso”, para atender el casino de la Sociedad Española. Las dos propuestas que se presentaron eran idénticas, hasta que su tío Juan tuvo una idea simple y decisiva para diferenciarse: "A mi tío se le ocurrió la idea de poner una heladería”.
Fue él quien viajó a Buenos Aires, compró la máquina y consiguió la fórmula. En ese recorrido también se llevó algo más importante: el saber del oficio, porque “se hizo amigo de un maestro heladero”. Sin embargo, quien verdaderamente sostuvo el proyecto en el tiempo fue su familia directa. “Mi tío no se dedicó nunca a la heladería, sí lo hizo mi papá con mi abuela”, nos cuenta Omar.
La heladería como casa
Durante años, la heladería funcionó dentro de la Sociedad Española y era atendida casi como una extensión de la casa. Hasta 1958 estuvieron al frente su padre y su abuela, y luego se sumó la familia materna. “Mi mamá se dedicaba a fabricar, ella y mi abuela. Mi papá la venta y el resto de las actividades de la heladería”, recuerda. Nada era rígido ni estructurado: el trabajo se repartía como se podía, entre vínculos y afectos.
Omar cuenta que la fábrica nunca fue un espacio cerrado. “La fábrica nuestra siempre fue muy frecuentada por amigos”, dice, y agrega que “nunca estuvimos solos trabajando”. Si el lechero se retrasaba o faltaba alguien, siempre aparecía un conocido dispuesto a dar una mano, una característica propia y distintiva del pueblo esquelense que aún perdura en estos tiempos.
Aprender a quedarse
Omar no llegó de inmediato al mundo del helado. Durante cuatro años se fue a estudiar a Trelew con la idea de ser ingeniero civil, hasta que entendió que ese camino no era para él: “No sabía que no estaba hecho para los libros”, recuerda con una sonrisa . De regreso, trabajó en Turismo y en Vialidad, hasta que finalmente se sumó de lleno a la heladería familiar.
La transición generacional fue suave, sin quiebres. “Fue muy leve, muy suave porque siempre estuvimos juntos”, explica. Cuando Sandra, su esposa, empezó a ayudar en 1979 y se casaron en 1982, el cambio fue natural.
El tiempo y la vida
Al mirar hacia atrás, Omar hace cuentas y el número impresiona: 37 años de sus padres y 34 de ellos al frente de Helados Mayor. “71 años de historias”, resume. Toda una vida.
Nunca se consideraron grandes empresarios. “No fuimos muy hábiles empresarialmente, no la explotamos la heladería como deberíamos”, admite con melancolía. Sin embargo, el modo de trabajar nunca cambió. “Así fue mi padre para trabajar y fue el mismo estilo de trabajo que seguimos nosotros”.
Sabores naturales y artesanales
Los cambios existieron, aunque casi invisibles para el público. Al renovar las máquinas hubo que ajustar fórmulas, algo a lo que su padre se resistía. “Nosotros de a poquito fuimos cambiando algunas cosas que no afectaron el resultado”, aclara.
La calidad siempre fue una decisión consciente. Se usaba fruta fresca, elegida día a día. “Usamos fruta fresca, elegíamos todos los días, por ejemplo, la banana o los limones que íbamos a usar”. Además, nos cuenta Omar, la vainilla nunca fue esencia aunque eso implicara más costos: “No se usaba esencia, se usaban las chauchas”.
El helado de dulce de leche tenía una historia propia: su abuela lo hacía en una olla de cobre que todavía conservan, “con el que al otro día se iba a hacer el helado”. Señala una gran olla de cobre ubicada en un rincón privilegiado, junto a la estufa a leña, como prueba de su relato. Remarca que, aunque el costo de producir con insumos frescos era superior al de usar ingredientes de menor calidad, siempre priorizaron la excelencia sobre el margen de ganancia. Esa filosofía fue, precisamente, lo que distinguió a la heladería durante toda su trayectoria.
El calafate y el recuerdo
De cinco sabores clásicos —chocolate, vainilla, dulce de leche, banana y limón— pasaron, con los años, a 52. Pero hubo uno que quedó en la memoria colectiva: el helado de calafate. “Creemos haber sido los primeros en hacerlo”, recuerda Omar, explicando que nació para la primera Fiesta del Calafate en Tecka y que durante años solo se conseguía allí. Recién más tarde comenzó a venderse en la esquina de la heladería, convirtiéndose en un símbolo. Hoy en día, muchos esquelenses recuerdan con cariño aquel sabor tan particular.
Vivir para el trabajo
La heladería nunca estaba realmente cerrada. Vivir arriba del local tenía sus consecuencias: “Siempre había alguien que te llamaba, tocaba el timbre”. Las vacaciones eran escasas y el tiempo personal quedaba relegado. Cuando finalmente cerraron, Omar y Sandra se fueron a comer un asado al lago Futalaufquen y se dieron cuenta con asombro de que hacía casi 25 años que no lo hacían. El trabajo era “muy esclavo”, admite, aunque reconoce que “nos dio la vida a 3, 4 familias durante 70 años”. Omar intenta no emocionarse, pero el recuerdo del sacrificio constante le nubla la vista. Es la nostalgia por el tiempo que el trabajo le quitó a los suyos, por los asados familiares que tantas veces quedaron en segundo plano, lo que finalmente le llena los ojos de lágrimas.
El motor invisible
En esa historia, Sandra ocupa un lugar central. “Sandra fue el motor de la heladería durante mucho tiempo”, dice Omar. Maestra, madre y trabajadora incansable, salía de la escuela y se iba directo a la heladería, incluso cuando ya había hijas y la carga era mayor. “Es muy importante”, afirma. Con un gesto delicado, Sandra le extiende un pañuelo de tela, mitigando la emoción de él. Su historia es la de tantas mujeres que multiplicaron sus horas: fue el apoyo fundamental en la heladería sin descuidar su vocación docente. En el hogar, entre la corrección de tareas y las exigencias del aula, encontraba el espacio para cumplir con su rol de madre, siendo el motor de todo el engranaje familiar.
Cerrar para seguir
Cerrar la heladería no fue sencillo. Lo intentaron varias veces, frenados por la pregunta de qué hacer después. El empujón final llegó con un diagnóstico: “Me detectaron Parkinson”. El estrés del comercio empeoraba su condición y entonces tomaron la decisión. “Entonces ahí dijimos, basta”. Un leve temblor en su mano derecha delata el avance del diagnóstico, la condición que terminó por precipitar el cierre del negocio. Al observarlo, se comprende de inmediato el profundo peso de la decisión y el motivo de este retiro.
El tiempo recuperado
Después del cierre llegó otra forma de vivir. La tranquilidad, los viajes más cercanos, el disfrute del tiempo en familia con las hijas, las nietas, las mascotas y la paz del entorno natural.
Durante la pandemia apareció la madera como juego y refugio. “Empecé a jugar con madera”, cuenta con los ojos iluminados, buscando “darle forma a un pedazo de madera que fuera creíble”. Hoy sigue creando, con la sensación paradójica de tener todo el tiempo del mundo y, a la vez, días que no alcanzan.
En ese tiempo recuperado también apareció una obsesión: la Trochita. Entre maderas, escalas y detalles, Omar empezó a reproducir el tren casi como un juego, sin saber muy bien hasta dónde iba a llegar. La primera réplica fue pequeña y simple, pero con los años el desafío creció. “Con esto de la credibilidad vino el trabajar en escala”, explica, hasta terminar una Trochita de casi un metro de largo, tan grande que ya no tenía lugar en su casa. La había hecho para él, pero el destino fue otro: hoy la maqueta está en la estación. “Resultó grande, entonces dijimos, bueno, el lugar probablemente sea la estación”. Como muchas cosas en su vida, empezó como algo íntimo y terminó formando parte de la memoria colectiva de Esquel.
Omar habla sobre su vida y sobre la heladería con la emoción de haber logrado algo importante tanto para su familia como para la ciudad. Detrás de cada helado hubo trabajo, familia y una forma honesta de vivir el oficio. Y eso, como los sabores que marcaron una época, siempre permanecerá.
Agradecemos a Omar y a su hermosa familia por dejarnos contrar un poquito de su historia a través de este relato.