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01 de Marzo de 2026
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"La danza es un lugar de refugio": la historia de María Teresa Fernández

A los siete años descubrió su vocación y nunca más paró. Hace 47 años fundó su escuela en Esquel y la convirtió en refugio, familia y legado. "La escuela es un hijo más", dice, con la misma pasión de esa niña que soñaba ser bailarina. 

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Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac

 

 

Cuando todo comenzó

 

En una ciudad donde las opciones eran pocas y los inviernos largos, una niña de siete años empezó a escribir, sin saberlo, una historia que atravesaría generaciones. Hoy, después de casi medio siglo al frente de su Escuela de Danza Clásica y Española en Esquel, María Teresa Fernández no habla de logros: habla de amor, de disciplina y de refugio.

 

“Casi ni siquiera puedo acordarme cuándo decidí dedicarme a esto, porque fue como a los siete años y tengo muchísimos más que esos. O sea, he estado toda la vida en la danza”, recuerda. No fue una elección consciente, fue el destino y el deseo de una madre: “Gracias a mi mamá, obviamente, que las mamás son las que nos mandan. Y después fue una continuidad para el resto de mi vida”.

 

 

 

Una pasión heredada

 

En aquel Esquel sin natatorio, sin esquí y con pocas actividades extracurriculares, la danza era una de las únicas ventanas al mundo. “Era una de las pocas posibilidades que teníamos de hacer algo diferente a ir al colegio”, cuenta.

 

Su madre no era bailarina profesional, pero sí una enamorada del arte: “Mi mamá era fanática. Iba al cine, veía películas y después bailaba en casa. Yo antes de empezar danzas tenía disfraces de bailarina española y de bailarina clásica”. María Teresa creció entre música, saltos improvisados y revistas que mostraban a las grandes figuras del ballet mundial.

 

De adolescente, soñaba con nombres que parecían inalcanzables pero que la empujaban a querer ser siempre mejor: “Recortábamos las revistas, pegábamos las fotos. Creíamos que algún día íbamos a bailar como ellas. Nunca llegamos, pero no importa”, dice, sin resentimiento ni frustración porque pronto decidió que su escenario sería el sur argentino y sus espectadoras un grupo de alumnas. 

 

 

 

La escuela que nació de un sueño

 

Siendo muy joven pero ya casada y con hijos pequeños, el sueño de bailar toda su vida tomó forma concreta. “Mi marido me dijo: ‘¿Te parece poner la escuela?’. Porque era mi ilusión”. Así, casi naturalmente, empezó la construcción del espacio que la acompañaría toda la vida y que serviría de refugio para miles de niñas que buscaban aprender y disfrutar del arte. 

 

“Tardé más o menos un año y medio en construir este lugar y me trasladé acá para el resto de mi vida”, nos cuenta. El apoyo fue clave: de sus padres primero, de su marido después. “Yo siempre me sentí apoyada, por eso nunca tuve que elegir. Nunca sentí que tenía que dejar la familia por la escuela o la escuela por la familia. Es como que la escuela es un hijo más”, recuerda María Teresa. 

 

Hace 47 años que las puertas están abiertas. Y aunque los tiempos cambiaron, la esencia no.

 

 

 

Disciplina, juego y refugio

 

“La disciplina de la danza sigue siendo estricta y rígida porque es la única forma de lograr esos objetivos que después parecen etéreos y perfectos”, afirma. Sin embargo, también reconoce que las formas evolucionaron: “Antes era: o levantás la pierna o levantás la pierna. Hoy tenemos miles de recursos para llegar al mismo objetivo”.

 

Para ella, la danza es estudio, técnica y conocimiento del cuerpo, pero también es libertad: “La danza es un juego cuando lográs manejarla. Mientras tanto, la tenés que estudiar. Y después jugás con ella. Yo juego con mi danza”.

 

En su escuela no persigue cuerpos ideales, ni rutinas estrictas, sino almas comprometidas: “Hay gente que no tiene el físico ideal de la bailarina, pero tiene el alma de la bailarina y no le podés prohibir que baile”. Su meta no es formar estrellas inalcanzables, sino jóvenes íntegras, con herramientas para lo que venga después.

 

Y algo más, agrega María Teresa, busca un lugar donde todas puedan sentirse a salvo: “Es un lugar de refugio la danza. Donde la hagas, la danza te refugia de un montón de cosas”. Ella lo sabe en carne propia. “Para mí, la escuela ha sido siempre mi refugio, para lo bueno, para lo malo, para todo”.

 

 

 

Generaciones que vuelven

 

En casi cinco décadas vio pasar hijas, nietas y hasta bisnietas de sus primeras alumnas. “He tenido las tres generaciones bailando conmigo”, cuenta con orgullo. En una ciudad como Esquel, los lazos no se diluyen. Se profundizan.

 

Además, remarca, hay un trabajo específico para que las chicas puedan establecer vínculos que trasciendan las paredes del salón de baile: “Hay chicas que no fueron compañeras de colegio ni de barrio, pero gracias a la danza han sido amigas para toda la vida. Hoy tienen 40 o 50 años y siguen siendo íntimas”.

 

Muchas se van a estudiar afuera. Algunas siguen bailando, otras no. Pero el lazo queda: “La que permanece todo el tiempo es porque en realidad lo ama”.

 

 

 

Reina por un siglo

 

Su historia también tiene una página inesperada: en 1965 fue elegida reina del centenario de la provincia de Chubut. Tenía 16 años. “No lo podía creer”, recuerda. Incluso compartió palco con el entonces presidente Arturo Illia. “Sigo siendo reina, porque era la reina de los 100 años. Otros 100 no hubo”, bromea.

 

Pero si algo la define no es una corona, sino la constancia.

 

 

 

Orgullo y futuro

 

Cuando se le pregunta si siente que ya llegó a la meta, no duda: “Estoy muy orgullosa de lo que hice, pero también estoy orgullosa de lo que pienso hacer, porque sigo pensando en que voy a poder hacer muchas cosas. No termino nada acá. La danza se aprende, se trabaja durante toda la vida”.

 

Habla de metodologías nuevas, de investigar, de actualizarse. De respetar las bases del ballet clásico y de la danza española, pero sin quedar atrás. “No podés parar, porque si no vas quedando atrás”.

 

María Teresa crió cuatro hijos, formó generaciones de bailarinas, organizó festivales, jornadas y espectáculos. Y sin embargo, su mayor logro es más simple: “Este trabajo me llena a mí. Yo quiero que le sirva a mis alumnas y a sus familias. A mí me alcanza con eso”.

 

María Teresa Fernández no imagina un último año. No piensa en despedidas. Su vida está hecha de música, rodete impecable y puntas gastadas. Y mientras haya una niña dispuesta a soñar, ella seguirá ahí, marcando el compás.

 

 

 

Agradecemos enormemente a María Teresa por permitirnos conocer un poco más de su vida y de la inmensa labor que llevó adelante en nuestra ciudad. 

 

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