El sol no da tregua, se impone en el cielo limpio y marca huella en la tierra cuarteada.
Los pastizales más amarillos, los sembradíos de trigo con sus espigas en posición de rezo, las casas de los horneros vacías, las vacas flacas que caminan desahuciadas hacia la sombra de algún ombú, las arañas y moscas calcinadas en los bebederos, las cunetas secas y las culebras reventadas por algún tractor cuentan la sequía en Margarita.
El Colorado regresa del campo por un camino vecinal mientras el viento caliente levanta una polvareda que se mete dentro de la Ford, herencia de su abuelo. Se pasa el pañuelo por el cuello para secar la transpiración y acelera más. Ya pasó un año, piensa.
Un año que ordeña las vacas, lleva la leche al pueblo, siembra y cosecha maíz y trigo. Un año que su madre lo obligó a abandonar el colegio. Un año que se quedó sin amigos.
Pasa por el cementerio, llora como un chico. Ahí están enterrados sus abuelos que lo criaron como si fuese su hijo y a los que él quería como si fuesen sus padres, hasta el día del accidente en que los dos fallecieron. El Colorado se quedó en la granja solo con su madre que hubiera querido que no naciera.
Llega a la casa. Estaciona el cascajo debajo del paraíso, camina por el sendero, patea un tacho lleno de chapas, hierros doblados y pedazos de caños. Después acomoda el que está repleto de basura y las moscas se le vienen encima. Las ahuyenta con su sombrero de paja que usa para protegerse del sol y así evita que las pecas se le pongan color rojo sangre.
Oye torear a su perro, el pastor alemán que le regaló su abuelo al cumplir ocho años para que lo acompañe al campo en las recorridas con su bicicleta, después lo hizo en la caja de la Ford, pero este último año le duele verlo, está viejo y descaderado.
El Colorado se detiene al ver a su madre con un cigarrillo a medio apagar entre los labios sentada debajo de la glicina. La vuelve a mirar y se le cierra la garganta.
–¿Te parecen horas de llegar?
–Me retrasé unos minutos.
–¡No levantes los hombros! ¡Mirame cuando te hablo!
El Colorado se muerde las muelas y va hasta el galpón que está a unos pocos pasos. Ubica cuatro bidones llenos de kerosene, uno al lado del otro. Agarra uno más chico y lo empuja bien abajo dentro del tacho. Saca el paquete de cigarrillos del bolsillo, se coloca uno entre los labios, enciende un fósforo, prende su LM y lo arroja al tacho. Da una pitada larga y la sonrisa le ensombrece el rostro. Sube rápido a la Ford, acomoda a Otto a su lado y juntos hacen unos pocos kilómetros.
Se detiene y abrazado a su perro mira el cielo celeste partido por ese hongo negro que se despega del suelo detrás de su casa como si deseara engullirse el sol. Otto da vuelta la cabeza, lo mira con esos ojitos cansados y el Colorado le besa el hocico.
Marisa Gomez