RED43 opinion
31 de Mayo de 2026
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Marisa Gomez

"Cosa de vieja"

Columna literaria por Marisa Gómez. 

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La abuela le entrega a Candela, su nieta, un paquete y le dice con lágrimas en los ojos.
–La usó tu mamá, la usé yo. Mañana te toca a vos – y la abraza tan fuerte que Candela siente que no puede respirar. Lo abre, traga saliva, mira a su madre de reojo y se queda con la boca abierta.
La abuela le coloca la mantilla. Candela se siente como una estatua. En cada movimiento se le cae, así que la abuela revuelve en su cartera, saca dos invisibles y sujeta la mantilla con hilos dorados arriba de las orejas. 
La abuela agarra a su nieta de la mano, la lleva al dormitorio y la para frente al espejo. Candela se mira y se ve horrible con esa cosa blanca que le llega a la cintura.
–Estás preciosa, parecés una virgencita – dice la abuela.
Candela espera que las dos se vayan del cuarto, tira la mantilla al suelo y la pisa. Después la levanta, la hace un bollito y la esconde en el placard. Se va corriendo a la vereda a encontrarse con sus amigas. Todas van a hacer la primera comunión y el único tema del que se habla mientras juegan al elástico, es el vestido que van a usar. Algunos tienen pespuntes, otros organza y unos pocos tules. La mayoría lucirá el cabello suelto, una se hará trenzas y dos tienen pensado un rodete. 
Candela escucha, y cuando se hace un silencio prolongado, pregunta. 
–¿Y la mantilla? 
–Ay, la mantilla es ridícula –responden al unísono. 
–Es cosa de vieja –dice su mejor amiga. Todas se ríen y empiezan a caminar como si tuviesen la mantilla puesta. 
Candela no sabe qué hacer. Al entrar encuentra a su madre y abuela con el vestido sobre la mesa. La mamá, que cose para la familia, se lo terminó y le insiste para que se lo pruebe. Candela obedece, sin ganas.
 –Qué buena idea la del corte a la cintura. El moño le tapa la cola gorda – grita la abuela. Después buscan la mantilla, pero solo está la caja.
La abuela y la madre se desesperan e insisten tanto que Candela al final la saca de adentro del placard. Se mira en el espejo, se ve horrenda. 
Su papá lee el diario en el comedor y mira por encima de los lentes, sin decir palabra, solo arruga la cara y se muerde el bigote.
En la cena, el tema es la comunión. Candela no prueba bocado y se va a dormir. Se pasa horas mirando el techo y pensando qué hacer. Y cuando los ojos se le cierran, en su mente aparecen las amigas gritándole ridícula, vieja, y riéndose con la boca abierta mostrando los dientes desparejos y la campanilla. 
Es domingo, es el mediodía y en horas deberá entrar a la iglesia en medio de las burlas. Candela no se levantó, dice que no se siente bien. La madre y la abuela la reprenden con severidad. En cambio, el padre se acerca al dormitorio, se sienta a su lado y cuchichean.  
Al rato, se oyen los lloros de Candela. La abuela corre junto a la madre y la encuentran tirada en el piso, con la pierna derecha agarrada como lo hizo su prima aquella vez que la operaron de apéndice.
La abuela agarra el rosario y reza, la madre camina a su alrededor sin saber qué hacer, y después se pinta los labios. El padre las serena y les dice. 
–La llevo al sanatorio para que la vean, tranquilas mujeres – la carga en su auto y a los pocos metros la mira por el espejo retrovisor.
–Ya podés estirar la pierna, y basta de ese lloro de gato comiendo nervios. Salvada. A mí tampoco me gusta esa mantilla, es cosa de vieja – y le cierra el ojo. 
 

 

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