RED43 opinion
14 de Junio de 2026
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Marisa Gomez

"Entre toros y cascabel"

Columna literaria por Marisa Gómez. 

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El olor a los huevos revueltos, la panceta y el café me saca de la cama. El abuelo está instalado en la punta de la mesa. Me hace una seña para que monte sobre su rodilla. Subo, bajo, y nos reímos a carcajadas.
Se termina la cabalgata cuando la abuela deja sobre la mesa los tazones con café con leche junto a los huevos y el pan casero.
El abuelo no deja ni una miga en el plato y con el último bocado sale y mira el cielo.
—¡Qué buena mañana para los vaqueros! Vamos a ver mis toritos. 
El abuelo busca su yegua, me sienta delante del recado y vamos a paso corto a su campo que está pegado al pueblo. Silva y me cuenta que todos los ganaderos envidian sus toros, son buenos, adaptados y bravos como el dueño. Se ríe a carcajadas. 
El camino es tranquilo, de un lado las vacas, del otro los maizales…Y así llegamos a la tranquera. 
La yegua da un corcoveo, el abuelo me agarra fuerte, pero la muy maldita, nos tira y dispara enloquecida. 
En el suelo, abrazados, duros, escuchamos el zumbido: una cascabel nos mira fijo. 
—Quieta, no te muevas, quieta — el abuelo me susurra en el oído y me tapa los ojo. Siento que el sonido se aleja. 
—Ya pasó, nos tuvo miedo — me dice el abuelo. 
Abro los ojos, veo su pantalón roto y un hueso que le sale para afuera. Está blanco como una sábana, suda y le cuesta respirar.  
—Luz, seguí el camino. Sin miedo, no te vas a perder. Buscá ayuda.
Corro por el camino de tierra, imagino que miles de víboras me miran listas para saltarme encima. El aire no me entra. Veo una nube de polvo que avanza. Diosíto mío, que pare. Sí, es una camioneta. Un señor baja la ventanilla y me mira fijo como la serpiente.
—¿Qué te pasa nena? Levantá la cabeza… ¿Vos no sos la nieta de don Ruiz, el de los toros? 
—Sí señor, es mi abuelo. Está allá. Lo tiró la yegua. Ayuda — le digo cortando las palabras para respirar, señalando con la mano el camino y haciéndome la fuerte para no llorar a mares.
—Ahhh…Mirá dónde vengo a encontrar al señor de los toros. Subí. 
El hombre gordo con bigote ancho me hace levantar el vidrio de la ventana. Da vuelta la perilla del volumen de la radio y silva hasta que llegamos dónde está el abuelo tirado. El hombre abre la puerta y le grita. 
—¡Qué te anda pasando maricón!
—Me tiró la yegua. Necesito que me ayudes. 
El hombre se baja y se acerca al abuelo. 
—Uy parece que te jodiste la rodilla. Debe doler mucho eso… ¿no?
—Sí, Ramón, llevame al hospital, por favor.
Yo me arrodillo al lado del abuelo y el agarro la mano.
—Me trataste mal el otro día. Por acá no pasa mucha gente. A ver si nos entendemos. No quiero que me vendas el toro, quiero que me lo regales. 
Ahora son los ojos del abuelo los que tienen el brillo de la cascabel. Va a decir algo, pero se agarra la pierna y pega un grito. El gordo se acerca a su camioneta y regresa con una botella. Se la da. 
—Tomate un buen trago. Lo vas a necesitar para levantarte y llegar hasta la camioneta. 
 

 

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