El sistema de atención primaria de la salud en la cordillera se sostiene fundamentalmente gracias al trabajo diario de sus agentes en el territorio. A las puertas de conmemorar 20 años de labor ininterrumpida, las trabajadoras comunitarias de salud en terreno (TCST), Laura Reynoso y Patricia Lauquen, compartieron una profunda mirada retrospectiva sobre la fundación del Centro de Salud Ceferino, la evolución del barrio Mataderos, y la constante reconfiguración de sus roles institucionales.
Los inicios y la transformación urbana
La historia de este espacio de salud está ligada de forma directa al desarrollo habitacional de los sectores altos de la ciudad. Laura Reynoso, quien está próxima a cumplir dos décadas de servicio en el sistema público, recuerda con precisión la época fundacional. Junto a sus compañeros Mercedes García y Mauricio Filigao, formó parte activa de la inauguración del centro asistencial.
En aquellos primeros años, la labor sanitaria estuvo íntimamente vinculada al reordenamiento urbano del sector. El equipo de terreno fue testigo y promotor de mejoras estructurales clave, tales como la construcción y el mejoramiento de unidades habitacionales y el tendido de la red de cloacas, elementos que en ese momento marcaron un cambio sustancial hacia un estándar de vida más digno para los vecinos.
Crecimiento poblacional y nuevas demandas habitacionales
La expansión territorial de Esquel modificó de manera drástica las dinámicas de asistencia. Patricia Lauquen, quien inició su trayectoria en el año 2005 en la comunidad de Nahuelpán, se incorporó en 2007 al Centro de Salud Ceferino para cubrir de forma específica el barrio Mataderos, apenas un año después de la apertura del edificio.
Al evaluar las diferencias temporales, Lauquen señala que los barrios actuales presentan una fisonomía mucho más amplia y extendida. Si bien en una primera etapa se habían consolidado los servicios básicos y las mejoras en infraestructura, el crecimiento demográfico reciente y el surgimiento de nuevos asentamientos y tomas de terrenos volvieron a poner en escena problemáticas que parecían resueltas, registrándose nuevamente la necesidad de abastecimiento mediante canillas públicas para las nuevas familias que se instalan en la zona.
El recuerdo del equipo histórico
El paso del tiempo también consolidó un extenso listado de profesionales médicos, de enfermería y supervisión que dejaron su impronta en la institución. En la memoria del CAPS permanecen los nombres de médicos generalistas como la doctora Natalia Villegas y el doctor Fernando Hernández. El inicio del camino institucional de las agentes estuvo guiado por el doctor Salonio, entonces jefe del área externa, junto a los supervisores Horacio Moyano y Elio Linares, este último ya acogido al beneficio de la jubilación.
El cuerpo de enfermería también experimentó una rotación constante. Personal emblemático como Omar Díaz, Rosita y Betty Perry —quien se jubiló desempeñándose en este centro— marcaron etapas de gran vinculación vecinal. Asimismo, la historia médica del lugar incluye los aportes de profesionales como la doctora María Eugenia Chaparelli, el doctor Marcelo Marenghi y el doctor Mateos, quien tras su paso como generalista hoy se desempeña en el área de psiquiatría.
De la urgencia social a la prevención técnica
El rol de la trabajadora comunitaria mutó de la asistencia social directa hacia una tarea de mayor especificidad sanitaria. En los comienzos, la indigencia imperante obligaba a mantener una interacción constante con el área de Acción Social de la Municipalidad, gestionando reclamos de emergencia y derivaciones para reformas edilicias.
Hoy, ante la proliferación de organismos dedicados de forma exclusiva a las problemáticas sociales, el personal de salud actúa como un nexo de comunicación y derivación institucional. Esto permite que las agentes enfoquen sus esfuerzos diarios de forma estricta en la promoción de hábitos saludables y la prevención de enfermedades.
Este cambio de paradigma requirió un compromiso férreo con el estudio y la capacitación técnica. A pesar de las dificultades iniciales para cursar la tecnicatura debido a la finalización de sus estudios secundarios, la formación no se detuvo. Las dinámicas epidemiológicas exigen una actualización permanente en materia de patologías crónicas y esquemas de control infantil (controles de inocencia), obligando a las trabajadoras a adecuarse a los constantes cambios de la medicina comunitaria.
Finalmente, las protagonistas coinciden en el valor del lazo humano construido con la comunidad andina. El recibimiento y la apertura de las familias en cada visita domiciliaria representan el principal estímulo para sostener una tarea diaria cuyo norte definitivo, según afirman las propias especialistas, es la prevención de enfermedades para asegurar que la población acceda a una mejor calidad de vida.
T.B