Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac.
Raíces de una familia esquelense
Lily Mabel Arrieta Lewis es parte de esas familias que ayudaron a construir la identidad de Esquel. Su historia está profundamente ligada a la ciudad y a las tradiciones de quienes llegaron y echaron raíces en la cordillera.
“La historia de tanta gente de acá de Esquel, que es una mezcla de galeses con españoles, que hemos vivido siempre acá”, resume.
Recuerda con orgullo a su madre, una mujer emprendedora que dejó huella en la ciudad: “Mi mamá fue la primera persona que tuvo un salón de té acá en Esquel”.
Como tantos jóvenes de su generación, estudió, se formó y luego regresó a su lugar de origen. Allí conoció a quien sería su marido, formó una familia y más tarde se trasladó al campo. Pero antes de todo eso, hubo una pasión que marcaría gran parte de su vida: el esquí.
Bariloche, la escuela de la nieve
Fue durante los años que vivió en Bariloche donde descubrió el deporte que la acompañaría durante décadas.
“Yo era socia del Club Andino Bariloche”, cuenta. Allí aprendió a esquiar y desarrolló una habilidad que, al regresar a Esquel, la convertiría en una de las pocas mujeres que practicaban este deporte en la región: “Cuando volví acá a Esquel, claro, comparado con la gente que estaba acá, yo esquiaba, pero nada del otro mundo, del montón”.
Cada invierno regresaba a Bariloche. Durante el verano trabajaba como docente y en julio se dedicaba a su gran pasión. “Era otra época, porque ahora, vos viste que no nieva. Antes nevaba, pero nevaba un metro”, recuerda.
Las imágenes que guarda en la memoria parecen salidas de otro tiempo. “Nosotros íbamos a los actos del 25 de Mayo con la nieve a las rodillas, con polleras y zapatos, porque no nos permitían usar pantalón”.
La maestra de las escuelas rurales
Además de esquiadora, Lily dedicó gran parte de su vida a la enseñanza. Se recibió de docente en Esquel y comenzó su carrera en escuelas rurales de la región: “Trabajando acá en el lago Futalaufquen, El Maitén, Gobernador Costa, como todas las maestras que se inician”.
Recuerda especialmente su paso por la Escuela Nº 25 del Lago Futalaufquen, donde tenía a cargo alumnos de quinto y sexto grado en un mismo salón: “Eran más o menos veinte alumnos, pero unos chicos hermosos”.
Las condiciones eran muy distintas a las actuales. Los inviernos obligaban a modificar el calendario escolar y las jornadas comenzaban con tareas que hoy parecen impensadas: “Era empezar las clases cuando llegaban los chicos, primero a secarles la ropa al lado de las estufas de leña para que estuvieran contentos cuando empezaran a trabajar”.
Al comparar la educación de ayer con la actual, no oculta su preocupación y señala: “Los chicos salían de primer grado inferior sabiendo leer y escribir, cosa que ahora vos ves chicos del secundario que escriben que es un horror porque no leen”.
Para ella, la lectura sigue siendo una herramienta fundamental: “El leer es la cosa más linda del mundo porque vos te transportás a otras cosas que no conocés y te vas aggiornando cómo va evolucionando el mundo”.
Cuando esquiar era subir a pulmón
Mucho antes de las aerosillas y los medios de elevación modernos, el esquí en Esquel era una aventura que exigía esfuerzo físico y pasión. “Éramos las locas o los locos que subíamos caminando”, nos cuenta con orgullo.
Recuerda que los viejos camiones los acercaban hasta el pie de la montaña y desde allí comenzaba el ascenso: “Se subía todo a pulmón hasta arriba. Hacías dos o tres bajadas y se terminaba el día”.
Las jornadas eran agotadoras, pero también inolvidables: “Llegaba la tarde y estábamos todos rendidos”.
En aquellos años, el refugio del Club Andino era el corazón de la actividad y las familias compartían el amor por la montaña. “Era todo muy familiar y todo el mundo tiraba para el mismo lado. El amor a la montaña y al esquí”, señala.
Con emoción recuerda a quienes formaron parte de aquella generación pionera: “Un grupo de gente espectacular, que desgraciadamente ya no están”.
El placer de deslizarse sobre la nieve
A sus 88 años, cuando habla del esquí, la emoción sigue intacta: “Para mí no había otra cosa más linda que eso”.
Describe la experiencia con la misma intensidad que seguramente sintió en cada descenso: “El placer de deslizarte por la nieve cuesta abajo. No hay cosa más linda que eso”.
Y agrega: “Estás solo, porque el esquí es un deporte que vos hacés solo. Sos vos el que subís, sos el que te caés, sos el que te lastimás o sos el que te reís”.
La sensación de libertad permanece grabada en su memoria: “Sentir el aire en la cara cuando vas bajando, pudiendo hacer dibujitos en la nieve, no hay cosa más linda que eso”.
Incluso hoy, sigue disfrutando de algo que para muchos resulta una molestia. Nos cuenta: “Yo veo gente que se enoja cuando nieva porque se ensucia. Para mí no hay placer más grande que salir a caminar cuando empieza a nevar”.
Un mensaje para las nuevas generaciones
Al final de la charla, Lily deja una reflexión que atraviesa tanto la educación como el deporte y la vida cotidiana: “Dejen los teléfonos y las tablets y dedíquense a hacer deporte y a subir montañas y escalar y ver otra cosa que no sean las pantallitas”.
Considera que la tecnología ha desplazado hábitos fundamentales para el crecimiento personal: “Hay que volver a los libros. Tienen que volver a leer”.
Y concluye con una imagen sencilla pero poderosa, la misma que ha guiado gran parte de su vida: “Vos leés un libro y te transportás a otro lugar, conocés otros lugares, conocés otras costumbres, otras formas de vivir”.
Entre montañas, aulas rurales y pistas de nieve, la historia de Lily Arrieta Lewis es también la historia de una generación que construyó comunidad con esfuerzo, compañerismo y amor por la naturaleza. Una generación que todavía tiene mucho para contar.
Agradecemos enormemente a Lily por brindarnos esta entrevista y permitirnos conocer un poco más de su vida y sus travesías en la nieve.