Elvira creció en el campo y nunca tuvo la posibilidad de ir a la escuela. “Yo no sabía nada, nada. Ni las letras conocía”, recordó. Más tarde fue mamá de diez hijos y durante años dedicó sus días a criarlos, mientras su esposo trabajaba.
“Con diez hijos, ¿qué iba a poder estudiar?”, expresó.
Hace casi ocho años perdió a su marido y quedó frente a una nueva etapa. Fue entonces cuando tomó una decisión: no quedarse encerrada.
“Me quedé sola, así que dije: ‘¿Qué voy a hacer? No me voy a encerrar’. Primero paseé bastante y después dije: ‘Bueno, voy a estudiar, hasta donde llegue’”.
Así llegó a la Escuela 602 y comenzó a aprender aquello que durante tantos años había quedado pendiente. “Me ha brindado muchas cosas, porque he aprendido muchas cosas que yo no sabía. Ahora me doy cuenta de todo lo que había perdido”, contó.
Todavía hay algo que le cuesta y lo reconoce con sencillez: “Leer sola”. Pero ese aprendizaje ya no lo transita en soledad.
“Somos un grupito re bueno, re lindo, y la maestra es muy buena. Ella nos apoya en todo”, expresó sobre sus compañeros y su docente.
Su testimonio muestra que en la educación de jóvenes y adultos el aula puede significar mucho más que aprender contenidos. También es un espacio para encontrarse, sentirse acompañado, respetar los tiempos de cada persona y construir vínculos que hacen posible seguir avanzando.
Cuando se le preguntó qué les diría a otras personas que todavía no se animan a estudiar, Elvira fue contundente: “Yo les diría que vengan a estudiar, que es muy bueno, que hace muy bien. A mí me ha hecho re bien”.
A pocos días del Día del Maestro, también dejó un saludo especial: “Les deseo un lindo día a todas las maestras, más a mi maestra Ana Blanco. Un gran abrazo, un beso y la quiero muchísimo. Me ha ayudado mucho”.
Sus palabras reflejan también una parte esencial de la tarea docente. Más allá de los contenidos y de lo pedagógico, enseñar muchas veces significa escuchar, acompañar y generar confianza. Y en ese camino, el afecto puede ser mutuo: del docente hacia sus estudiantes y de ellos hacia quien los acompaña cada día.
En el Día del Maestro, la historia de Elvira es también un reconocimiento a quienes están en las aulas enseñando y acompañando distintas historias de vida.
A los 76 años, ella continúa aprendiendo, intentando leer sola y avanzando. Y desde su lugar deja un mensaje para quienes todavía creen que ya pasó su momento: nunca es tarde.
L.C.