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La Trochita, testigo de nuestra historia

“Ahí, en la ciudad de Esquel, acababan los trenes.”
Paul Theroux

“El 25 de Mayo de 1945, cuando la Patria se viste de gala para festejar el magno acontecimiento de 1810, nuestra localidad agregó otro motivo de júbilo con la inauguración del ferrocarril en el tramo El Maitén-Esquel. La locomotora penetró engalanada con banderas argentinas, llevando, en sus estridentes pitadas, el anuncio de una era de mayor progreso”.
Diario Esquel

«Yo, para todo viaje
–siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera–,
voy ligero de equipaje»

Antonio Machado – El tren

Todos los días, los habitantes de Esquel pedimos cosas nuevas, solicitudes generadas por la modernidad, las necesidades y las crisis. En otras épocas, lo que pedían los esquelenses era un pedido muy grande, que no solo le incumbía a unos pocos vecinos o a una sola ciudad. Vecinos, ganaderos, comerciantes, pedían algo que afectaría a toda la región y al comercio: un ferrocarril. Lo pedían pacientemente, desde hace más de 30 años, cuando todavía se usaban las tropas de carros, los mensajes se enviaban por correo y la comunicación era a través del telégrafo. El frío y la nieve hacían que la región estuviera en un aislamiento total.

El tren llegó y trajo buenas y malas noticias. Por un lado, fomentó el comercio, abarató los precios y permitió conectar varias localidades: por el otro, las grandes compañías harineras lo aprovecharon para imponer sus productos, una de las razones (entre muchas otras) por las cuales cerraron varios molinos de la zona. No se renovaba el material ferroviario, había conflictos laborales y todas las interrupciones y demoras minaban la confianza de los usuarios del tren.

Como dice Jorge Oriola en “Esquel, del telégrafo al pavimento”, el Trochita ‘nació viejo’. En treinta años, ya era obsoleto. La trocha, por razones económicas, se había hecho muy pequeña, de solo 75 cm. Prontamente a su arribo, comenzaron a llegar los caminos y los automóviles. El traslado tenía muchas curvas, la tracción era lenta y los trasbordos en Jacobacci encarecían y retrasaban los envíos. El ferrocarril cumplió su propósito, pero no por mucho tiempo: pronto, hubo opciones más económicas y prácticas que lo dejaron atrás. En la década del 70, los mochileros fueron quienes lo hicieron suyo, rodeando la salamandra con sus guitarreadas, para llegar a explorar e investigar nuestro, entonces, mucho más desconocido Parque Nacional.

En 1979, algo cambió: Paul Theroux escribió el libro “El viejo expreso de la Patagonia”, que sería famoso a nivel mundial. Allí, describe el tren como si estuviese subido hoy, con los demás pasajeros: “Caminé hasta la estación. La locomotora que me había llevado hasta Esquel parecía abandonada al costado del andén, como si no fuera a funcionar nunca más. Pero a mí no me quedaban dudas de que guardaba energía para cien años más. Caminé más allá de ella… Había una ladera rocosa, algunas ovejas, y el resto eran arbustos y hierba. Mirando en detalle, se podían ver pequeñas flores rosadas y amarillas sobre estos arbustos. El viento las agitaba. Me acerqué más. Se sacudían. Pero eran hermosas. Detrás de mi cabeza había un gran desierto. Esa era la paradoja patagónica: para estar aquí ayudaba si uno era un miniaturista o, si no, interesado en espacios enormes y vacíos. No existía una zona intermedia de estudio. O la enormidad del espacio desértico o la vista de una pequeña flor. Uno tenía que elegir entre lo diminuto o lo inmenso”.

Este fue, quizá, el momento en que nuestro Viejo Expreso Patagónico dejó de ser un simple tren de carga y pasó a tener la mística que tiene hoy, cuando atraviesa los parajes con su fauna y su flora tan peculiar, cuando derrite la nieve a su paso en invierno y, ahora, cuando incluso ilumina de noche la soledad de los paisajes patagónicos.

En 1993, el gobierno nacional quiso clausurarlo, pero las voces clamaron y los gobiernos de Chubut y Río Negro se hicieron cargo de su funcionamiento. Hoy, cumple 74 años y es patrimonio cultural de nuestra región, único en Sudamérica, Monumento Histórico Nacional y uno de los ferrocarriles más australes del mundo. Ha sido asaltada (a veces de verdad, a veces de mentira). Se colocaron obstáculos en sus vías y se habló de privatizarla. Ha pasado frío y calor, terremotos y ceniza. Pasea alrededor de la ciudad, mirándola desde arriba, testigo de toda nuestra historia.

El primer tren entró a Esquel el 25 de Mayo de 1945, poco después del final de la segunda guerra mundial. Hoy, sigue adornando la montaña con su vapor. Esperemos que continúe andando, por muchos años más.

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