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16 de Marzo de 2022
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El Horcón

El Horcón: El diálogo de otros

No te pierdas una nueva entrega de la columna de opinión de El Horcón.

La crisis educativa no es solo chubutense, es Argentina.  La deserción escolar y la prioridad corrida de eje, propician espacios para todo tipo de señalamientos y acciones mediáticas como aquella que da cuenta de la “tragedia educativa” sobre la cual hubo pronunciamientos en estos días aludiendo solo a nuestra provincia.

 


Si bien nadie descarta las buenas intenciones, lo cierto es que se vuelve a caer en definiciones de lo que está mal, sobre lo cual hay mucho dicho y escrito, olvidando la base simple de saber para qué se educa y lo que demanda en sí misma la propia definición de la palabra “educación”.

 


El significado de una palabra en este caso puede ser un punto de partida, un rencuentro o una guía para volver a la raíz de un camino por andar. ¿Qué significa educación?  Es la formación destinada a desarrollar la capacidad intelectual, moral y afectiva de las personas de acuerdo con la cultura y las normas de convivencia de la sociedad a la que pertenecen. Viene del latín educatio (crianza, entrenamiento, educación) derivado del verbo educare (nutrir, criar, educar), el cual deriva de educere (guiar, exportar, extraer).

 


El deterioro de la educación en el país no es “una de las consecuencias invisibles de la pandemia”. La pandemia fue un pretexto aprovechado para, aún, acomodar el discurso hacia la imposibilidad de educar. 

 


Argumentando la acción malévola de un virus y sin aprovechar el tiempo que daba el controvertido Covid-19 para empezar a corregir lo necesario en cuanto a capacitaciones, necesidades edilicias, actualizaciones  de contenidos, acciones para insertar a los desplazados del sistema, modernizar los contenidos de manera que respondan a las demandas actuales del mercado del trabajo y mucho más; se olvidó la educación, que por definición debe “desarrollar la capacidad intelectual, moral y afectiva de las personas de acuerdo con la cultura y las normas de convivencia de la sociedad a la que pertenecen”.

 


Internet, las impresoras y la tecnología en general, por el solo hecho de estar a disposición de las personas, no generan las acciones de “nutrir, criar, educar”. De ahí que -aun en espacios de libre acceso- para muchos no significan algo tan básico como comprender un texto; en muchos casos puede ser una ventana abierta a contenidos que, sin la capacidad de discernir en sus beneficios, terminan siendo perjudiciales.

 


Es cierto que el destino no es irremediable, tal como lo han señalado los obispos chubutenses. Cada quien consciente de su influencia social y del alcance de sus pronunciamientos, si de verdad quiere ser generoso en el propósito -en este caso de evitar una tragedia muy cercana-   debe centrase en lo que mejor puede hacer para revertir la situación, buscando hacia sus funciones e inserción social y superiores formas de cooperar.

 


Mezclar paritarias, gremios, docentes, miedos, jóvenes de parajes excluidos, padres y lucha, tiene un efecto más mediático que colaborador. Puede que sea la expresión de una preocupación válida, pero suma poco a la solución de la educación que merecemos.

 


Argentina tiene una crisis política-económica nacional que derrama su consecuencia hacia todas las provincias. Aún con las previsiones de superávit fiscal que proyecta Chubut para el año en curso, si no se empieza a corregir mínimamente los índices inflacionarios que van en alza, las políticas que se pueden proyectar sean de la índole que sean demandaran de ejercicios financieros y políticos que cada vez cuesta más planificar y concretar.

 


El dialogo es necesario, siempre que quien lo demande y señale las dificultades y lo que deben hacer los otros, tenga muy claro el propósito de su intervención y qué puede aportar y, sobre todo, si sus acciones están dirigidas a lograr un beneficio valido para mejorar un hecho como lo es la deficiente educación en Argentina o en Chubut si se quiere acotar en fronteras, un problema de todo el país.

 

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