El calor apesta.
En el horizonte las nubes color sangre se mueven, y se amontonan con las otras, las negras. Más lejos las blancas como bolas, arremeten.
Papá mira el cielo, y se seca la cara sudada con el pañuelo. Mamá se acerca al perro que tiembla y mira con espanto, algo de desconocemos. Después, corre y busca su rosario.
Nuevas nubes grises, aparecen entre las otras y se enroscan. Las de arriba corren rapidísimo, las de más abajo no. Y las del medio, esas me asustan.
Papá repite, en cuarenta años, nunca vi algo así. Este calor silencioso nos va a tragar. Mamá lo escucha y reza.
Los tres estamos parados en el medio de la calle y lejos, bien lejos donde no se distinguen ni las casas, ni los árboles, ahí, en la línea negra del horizonte, vemos lo tirabuzones blancos que salen de la tierra, se agrandan como embudos, se meten entre las nubes. Al instante el viboreo de los refucilos. Después los truenos como sirena de barco que se nos mete debajo de la piel.
¡Vamos, adentro, rápido!, grita papá.
Agarramos las almohadas, las colocamos sobre nuestras cabezas y nos abrazamos hasta hacernos doler. Escuchamos el viento que azota los árboles, vemos como los dobla, los arrodilla, los quiebra, los desentierra, los despelleja.
Es el mismo viento que se lleva los postigos, y juega con las chapas como si fuesen papeles.
Mamá reza.
Enseguida, cae el aguacero junto a las piedras como cascotes. Y la voz de mi madre, es el castigo que viene del cielo.
Después, el silencio. Aturde.
Los tres seguimos abrazados, los tres lloramos, y nos llenamos de besos. Mamá se arrodilla frente a la estatuilla de la Virgen, no quiere salir, no está preparada, dice. Papá y yo, nos agarramos de las manos, nos apretamos.
Un paso él, un paso yo.
El viento se llevó el calor, la magnolia, el laurel del vecino, las casas, y nos dejó, un pedazo de silo, unos tenedores retorcidos y un auto incrustado en el vagón carguero, un molino en medio de la calle, unas vacas amontonadas y una sin cabeza, y las cientos de chapas como hojas de helecho, y un chimango con las patas duras y la cabeza destrozada.
Seguimos hasta la esquina y solo vemos las casas en los cimientos y los hombres parados en las parvas de escombros siguiendo los gemidos, y gallinas picoteando el sorgo. Escuchamos los gritos de varias madres que buscan a sus hijos. Una mujer corre y atropella a papá, la reconozco, es la mamá de Juan, mi amigo del colegio. Papá la sostiene, la abraza fuerte. Forcejean mientras ella grita y le da puñetazos en el pecho.
Juan, Juan ¿dónde está mi hijo?, ¿qué pasó?
Mi padre la suelta. La mamá de Juan se pierde entre las montañas de lo que alguna vez fue.
Papá me mira, y vamos a buscar a tu amigo, ¿te animás? Sí, le hago una seña con la cabeza. Y ahí veo un perro que lame una cara aplastada por las chapas.
Cierro los ojos y confío en la mano de mi padre.