Por Lelia Castro
“Mi nombre es Donofrio Segundo Jara y nací en el 35’”.
Paisajes espectaculares nos dan la bienvenida a Carrenleufú y nos ayudan a visualizar mejor la historia que don Donofrio nos va a contar. Para él, todo comienza a la edad de 7 años cuando su padre decide llevárselo con él para introducirlo en el mundo del trabajo estanciero.
“Mi papá me sacó siendo chiquito, con 7 años por ahí me sacó a trabajar a la estancia. Ahí me tocaba llevar baldes con cemento a los albañiles”.
Donofrio recuerda que este tipo de trabajo lo dejaba extenuado, más aún debido a las inclemencias del tiempo: “Hubo momentos de mucho frío o de mucho calor, y uno tenía que estar igual ahí en la estancia”. Sin embargo, no considera que tuvo una infancia sufrida. Es más, recuerda momentos felices en los que salía a jugar al fútbol con sus amigos y compañeros.
“Me dieron todos los cuadernos, las fibras y los libros acá en la escuela pero ¿qué iba a hacer? Nunca pude escribir nada de lo cansado que estaba”.
Una cuenta pendiente en su vida es estudiar. Los esfuerzos físicos que le imponía su trabajo en la estancia le impedían enfocarse en otra cosa, y, pese al empeño de la escuela, no pudo continuar con sus estudios. Hoy en día reconoce: “Nunca aprendí a leer ni a escribir”.
“Anduve con carro de bueyes. Iba a Trevelin a buscar mercadería porque traíamos fletes a los lugares de acá. Si era en verano tardábamos 6 días, pero en invierno eran más porque todo era pantano y no teníamos puente”.
De sus años de juventud recuerda también vadear el río en carro tirado por bueyes para ir a Trevelin a buscar mercadería. Aunque siempre eran varios en la tarea y estaban acostumbrados a esta labor, Donofrio reconoce que siempre se asustaban “porque era medio fulero, uno se podía ahogar con bueyes y todo”.
“En la estancia estuve muchos años. Ya cuando fui más grande me salí pero seguía haciendo muchos trabajos de ese tipo por todos lados”.
Las figuras de sus padres han sido elementales en su vida. Su padre ha sido un referente en su vida laboral y de su madre admite tener pocos recuerdos porque ella falleció cuando él aún era un muchachito. De todas maneras, nos cuenta que claro que la extrañaba y que “de vuelta a vuelta preguntaba por la mamá”.
“Pasábamos a veces, solíamos venir acá a la casa a verla y a dejarle algo: algunos pesos, alguna comida para que coma. Estábamos unos días con el finado papá y nos íbamos otra vez a trabajar”.
Ya adulto, Donofrio decide retornar a Carrenleufú. Gracias a la mediación de su compañera de vida Josefina, y después de varios accidentes laborales, logra ingresar a trabajar en la escuela de esa localidad como portero. Josefina nos cuenta que “mientras sea una persona responsable, a ellos no les importaba si sabía leer o escribir”.
“De grande me vine acá a trabajar en la escuela de portero y me jubilé. Trabajé 28 años en la escuela. Conocí muchos chicos, directoras y maestros”.
En 2001 llega la jubilación y con ella un tiempo libre que Donofrio decidió dedicarlo a asuntos del campo: “Trabajar con ovejas, con vacas, hacer de todo”. Para Josefina mantenerse laborioso siempre es lo que permitió que hoy en día, a sus 89 años, don Donofrio goce de una vejez activa.
“Voy a estar en Carrenleufú hasta que Dios me diga: nos vamos viejo”.
Donofrio nos cuenta que con Josefina se casaron cuando él tenía 38 años. Juntos tuvieron 5 hijos y hoy son unos abuelos sanos y felices. A modo de despedida, la pareja nos anima a respetar a las personas mayores porque “todos vamos a ser viejos”. Además, Donofrio pide a “la muchachada” que estudie y, sobre todo, que sean buenas personas.
Nosotros queremos agradecer a don Donofrio y a su esposa Josefina, no sólo por abrirnos las puertas de su hogar sino también, y especialmente, por abrirnos las puertas de su corazón. Esperamos que sus palabras dejen una huella en aquellos que las estén leyendo.