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30 de Noviembre de 2025
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Vilma Mellado: la enfermera que cruzó la nieve a caballo para cuidar a su gente

Desde su infancia en Tecka hasta sus tres décadas como enfermera en Río Percy,la historia de Vilma Mellado es la de una mujer que enfrentó pérdidas, caminosnevados y soledades rurales para levantar una comunidad.

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- Por Lelia Castro -

 


“Yo soy Vilma Mellado, enfermera del puesto sanitario de Río Percy. Hace 30 años que trabajo acá”, se presenta con la serenidad de quien caminó –y cabalgó– toda una vida al servicio de los demás. Nació en Tecka, donde creció entre ovejas, caballos y los viajes en carro de su padre ganadero, hasta que a los 14 años la vida le cambió para siempre: “En el 83 fallece mi papá y fue muy difícil para nosotros”. La familia se trasladó a Esquel, su madre “solita”, siguió luchándola, trabajando de empleada doméstica para sostener a los cuatro hijos.

 


“Nos cambió la vida rotundamente con el fallecimiento de mi papá”.

 


Vilma intentó continuar la secundaria, pero la necesidad la empujó a otra realidad: “No podía seguir estudiando, así que me fui a trabajar de empleada doméstica”. Sin embargo, los recuerdos de su padre siempre la acompañaron. “Era un gran hombre, un gran padre”, nos cuenta. Él había sobrevivido a un accidente grave y a tres años de internación, pero una crisis de la lana lo quebró emocionalmente: “Se deprimió mucho”.

 


“Era un gran hombre, un gran padre y tengo siempre recuerdos de él: de cuando salíamos porque, como yo era la mayor, pasaba mucho tiempo con él. Cuando él venía a Tecka, tenía una chacra donde tenía animales e íbamos los dos ahí".

 


En 1993, apareció una oportunidad que le cambiaría el rumbo y la vida: “Hice el curso de Auxiliar de Enfermería en Terreno. Me recibí en el 94”. Así comenzó su camino como agente sanitario. En 1995 ingresó al sistema de salud porque fue la única seleccionada entre cuatro postulantes.

 

“Cuando empecé a trabajar acá en el Percy, no tenía el puesto sanitario, no tenía este espacio, tenía un espacio en un rinconcito en la escuela. Cada vez que venían a atender los médicos, me prestaban un aula”.

 


El corazón la llevó al paraje: “Me vine al Percy porque mi marido es de acá”. Él, carrero desde niño, le enseñó a vivir en un lugar donde el tiempo y la distancia se miden distinto: para ir a Esquel, Vilma y su familia debían viajar en carro o a caballo por varias horas.

 


“Para ir a Esquel teníamos que ir a caballo o en carro y era lo más normal, no había ningún problema. El día que se programaba ir a Esquel se preparaba el carro el día anterior y a la mañana salíamos”.

 


Cuando llegó a Río Percy, ni siquiera había escuela terminada. Todo estaba en construcción, y ella fue testigo de la transformación del lugar desde los 90 hasta
hoy.

 


“Tengo cinco hijos varones, todos seguiditos: el mayor tiene 36, el otro tiene 33, el otro 31, el otro 29 y el más chiquito 26”.

 


Mientras criaba a sus cinco hijos varones tuvo una aliada fundamental: “Mi suegra, Marta Manosalva. Es como mi segunda mamá”. Marta cuidaba a los chicos, los abrigaba, les daba de comer: “Fue un pilar fundamental para que mis hijos sean lo que son hoy”.

 


“Para trabajar yo se los llevaba a mi suegra. Ella me ayudó muchísimo. Me ayudó cuando estudié, me ayudó cuando nacieron los chicos y yo tenía que trabajar. Siempre estuvo ella”.

 


El trabajo comunitario la marcó profundamente. “Tenía que visitar a cada una de las familias… y lo hacía a caballo”, nos relata orgullosa de su hazaña. Las distanciaseran largas: 4 kilómetros, 8 kilómetros, todo entre nieve, barro o hielo: “Los inviernos eran bravos. Nevaba hasta un metro”.

 

“El trabajo del agente sanitario es hacer promoción y prevención en la comunidad. Yo tenía que visitar a cada una de las familias”.

 

Vilma hacía de todo: vacunas domiciliarias, control de niños, desparasitación de perros cuando la hidatidosis era un problema serio. “En el 93 teníamos el 50% de los perros m infectados y pudimos bajar a 0”, recuerda con orgullo. También trabajó con la anticoncepción: “Las madres tenían muchos hijitos… ahora tienen dos porque quieren”.

 

“También se escolarizaron adultos. Fue una etapa muy linda de muchos avances”.

 

Durante diez años atendió desde un rincón de la escuela: “Para hacer inyectables tenía que ir al baño… no era lo que correspondía”. Finalmente, tras insistencias de docentes, médicos y del propio paraje, en 2005 se inauguró el puesto sanitario, todo un logro.

 

“Yo siempre tuve mucha admiración por las mujeres de acá porque por ahí los maridos no se preocupaban mucho por los hijos, ni por la familia y la educación, pero ellas sí”.

 

La muerte es parte habitual de su trabajo y de su vínculo con la comunidad: “Me ha pasado de cuidarlos hasta el último”. A veces gestionaba su traslado para que murieran con dignidad; otras veces los acompañaba en sus casas. Una vez, recuerda Vilma, recibió en su hogar a una mujer mayor aislada por la nieve: “La tuve 3 o 4 días. Hacía tortas fritas, tejía… los chicos siempre se acuerdan de ella”. De otra historia recuerda una escena casi cinematográfica: un abuelo enfermo que escapaba para evitar una inyección. Lo encontró por casualidad buscando grosellas: “Me senté a comer grosellas… y él llegó con la misma intención”. Ahí, entre frutas silvestres, logró convencerlo.

 

“Fue recíproco siempre. Yo llevaba lo que podía y ellos también alimentaban mi crecimiento”.

 


En 2008 vivió la caída de ceniza del volcán: “Pensamos que estaba nevando”. Luego la pandemia: “Para nosotros no fue tan dura… estamos acostumbrados a vivir aislados”. Hubo contagios y una muerte, pero la comunidad supo sostenerse con organización y distancia.

 


“Uno se encariña con las familias porque yo iba a hablar de promoción y prevención de la salud, pero hablábamos de todo”.

 


Vilma es una afortunada que no sólo presenció cómo evolucionó Río Percy, sino que también conoció a sus primeros pobladores. “Ahora está poblado, tenemos
permanente 64 familias, que son 165 personas”, nos cuenta. Recién mudada y con
la secundaria terminada, Vilma se comprometió con su decisión de ser enfermera. Para lograrlo, con un grupo de compañeras viajaba todos los meses -a veces más- a El Bolsón para rendir: “Después surgió la posibilidad de hacer la licenciatura a distancia y también la hice”.

 


“Cuando empecé a trabajar eran 19 familias y 70 personas porque eran familias numerosas”.

 


28 años tardó Vilma en tener con quien compartir el trabajo en Río Percy: “Antes de eso tenía que hacer todo”. Sin embargo, nunca se quejó. Hoy, puede recordar una vida de servicio con la certeza de que lo dio todo por el bienestar de la comunidad.

 


“Fue una linda etapa”.

 


Vilma recuerda con cariño cada etapa vivida en Río Percy, desde los dibujos que le hacían montada a su yegua, “la ambulancia”, hasta el taller de costura que llevó adelante junto a las mujeres de la comunidad. Sin embargo, elige concluir la entrevista con un recuerdo particular: las juntadas de todos los vecinos de la localidad en la casa de “Toto” para cada Navidad o Año Nuevo. Su mensaje final está teñido de palabras de agradecimiento para los habitantes de Río Percy: “Le agradezco a toda la población por haberme recibido, adoptarme, aceptarme y, a veces, reclamarme”.

 


“Quiero decirle a las personas que la están luchando que es difícil, todo es difícil, pero no bajen los brazos: se puede salir adelante”.

 


Con tres décadas de trabajo y cerca de su jubilación, Vilma sigue con la misma vocación que la llevó a subirse a un caballo con una mochila y una caja de vacunas. Sin proponérselo, encontró en el Percy una nueva familia que hoy la reconoce como una de sus integrantes más queridas.

 


Nosotros agradecemos profundamente a Vilma por relatarnos su vida de forma tan bella y clara, fue un gusto escucharla. 

 

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