Me hamaco en mi silloncito de mimbre. Mamá me puso en penitencia en el rincón. Sabe que sufro, pero no le importa.
Todo por culpa de la abuela del Tuerto, a la que él llama mamá porque su mamá se fue, lo abandonó.
Estaba sentada en el suelo de la cocina de mi casa, jugando con mis muñecas de goma cuando esa vieja, entró como un trompo, y le gritó a mamá.
—No quiero que tu hija pise más mi casa. Julián está internado por su culpa.
Mamá esperó que se fuera, me agarró de un brazo, casi me lo saca, y me levantó de un tirón. Me zamarreó y me gritó tantas cosas que pensé le iba a dar un ataque. Yo quería explicarle pero no me dejó decir nada y me puso en penitencia.
Me hamaco cada vez más fuerte, pego contra la pared hasta que siento que el revoque se va aflojando y cae hecho polvo al suelo.
Reconozco la voz de papá.
—¿Qué pasó con mi pimpollo? Se ve que le gusta la pared — y se ríe.
Mamá lo llama desde la puerta del dormitorio. Ahí solucionan los problemas.
Al rato papá se acerca.
—¿Qué pasó esta vuelta? — me pregunta.
Le cuento que el Tuerto quería probar la silla nueva que le compró su mamá y yo tenía que empujarlo, después correr a la par y por último sentarme encima. Él me gritaba, lo logramos Ángel, tu comandante te avisa que ya estamos por despegar. Y bajábamos por la pendiente, pero en una de esas veces se cruzó un perro y volé, después cayó él arriba mío y por último su silla de ruedas quedó encima de los dos. Enseguida corrió el pelado que arregla las bicicletas y llevó al Tuerto al hospital.
—Y …
—Le cuidé su silla hasta que el bicicletero volvió. Después, le avisó a la mamá que vino a gritarme que yo tenía la culpa de todo pero no es así.
—Levantate, vamos a ver a tu amigo.
Camino con mi papá por el pasillo y veo a la mamá del Tuerto que corre hacia mí. El corazón se me sale del pecho y como loca voy en la otra dirección, hacia la salida. Cruzo la calle y escucho las voces de la gente ¡cuidado el camión!, y la frenada que me quita el aire.
Abro los ojos, veo las ruedas y a papá que me saca de debajo del camión, me levanta, me abraza y besa. Después, el camionero me aprieta contra su pecho y me pongo blanca al ver a la mamá del Tuerto.
—Mi chiquita salvaste a Julián. No se rompió la cabeza porque cayó arriba tuyo. Andá a verlo. Está en la tres.