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09 de Agosto de 2026
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Mauro “Calaverita” Mateos y una filosofía de vida: andar, escuchar y contar historias

De la adolescencia punk a la radio, recorrió caminos que lo llevaron a descubrir que las historias más grandes también viven en los vecinos anónimos.

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Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac. 

 

 

De adolescente encontró en el skate y el punk una forma de mirar el mundo. Dejó Abogacía, eligió la comunicación, convirtió la radio en un puente con la comunidad y descubrió que la paternidad podía cambiarlo todo. Hoy, Mauro “Calaverita” Mateos sigue escribiendo, viajando y buscando historias: las de quienes hacen grande a Esquel sin necesidad de tener un título colgado en la pared.

 

 

 

Hay vidas que empiezan con un cassette

 

Hay momentos que parecen pequeños cuando ocurren, pero que con los años adquieren la dimensión de una señal.

 

Para Mauro “Calaverita” Mateos, uno de esos momentos llegó en la infancia, cuando un compañero de la primaria le acercó un cassette. No sabía todavía qué significaba aquello que estaba escuchando. Tampoco podía imaginar que esa música iba a funcionar como una llave para abrir una puerta que, hasta entonces, permanecía cerrada.

 

Era un cassette de los Sex Pistols.

 

“Yo digo siempre que fue como un tetris”, recuerda. Y explica qué encajó en aquel instante: “Ah, pero no es necesario transitar todo lo que nos van diciendo que tenemos que transitar de una forma determinada en la vida para, entre comillas digo, ser alguien”.

 

La música no llegó sola. Antes estaban el deporte, el dibujo, los amigos, el skate, el fútbol. Después aparecería el punk. Y, con todo eso, una manera de entender que la vida podía construirse por caminos bastante menos previsibles que los que alguien había trazado de antemano.

 

Muchos años después, aquella música volvió a cruzarse con su historia de una manera casi cinematográfica. En abril de este año tuvo la posibilidad de ser invitado a Buenos Aires por aquella banda y entregarle un poncho chubutense a una de las voces que habían marcado su adolescencia.

 

“Fue como una especie de círculo vital”, dice.

 

 

 

Primero quiso ser abogado. Después eligió ser quien era

 

Mauro estudió en la Escuela Normal de Esquel —la actual 767— y, al terminar la secundaria, se fue a Córdoba para estudiar Abogacía.

 

La elección tenía una lógica en aquel momento. Estaba vinculada con una idea de justicia social, con la posibilidad de encontrar en el Derecho una herramienta para transformar la realidad.

 

“Yo creo que tenía que ver con algunos ideales, que en ese momento lo veía como algo de, pongamos, justicia social, que uno podía tener como herramienta para realizar”, cuenta.

 

Pero la carrera empezó a mostrarle también un lugar en el que no se imaginaba viviendo.

 

“Vi que en ese momento, cuando estaba estudiando abogacía, que no me veía ni en, lo voy a decir en francés, ni en pedo trabajando en ámbito de su lugar”, dice, entre el humor y la sinceridad que atraviesan toda la charla.

 

No rechazaba el conocimiento. Al contrario: leer sobre Derecho y filosofía del Derecho seguía fascinándolo. Lo que no podía imaginar era su vida dentro de aquella estructura.

 

Entonces apareció otra posibilidad: la comunicación. Una actividad capaz de reunir varias de las cosas que ya estaban en él desde antes: “Busqué algo que me permita tener la posibilidad de desarrollar la comunicación y estar vinculado a la creatividad, y creo que ese fue el camino más cercano a lo que podía soñar o pensar o realizar en un tiempo determinado”.

 

La decisión de abandonar Abogacía, sin embargo, tuvo una batalla previa. No fue contra sus padres. Fue contra sus propios prejuicios.

 

 

 

El mandato familiar que nunca existió

 

Durante años imaginó que dejar una carrera podía convertirse en una decepción para su familia. Había construido en su cabeza la idea de un mandato familiar que, cuando finalmente se animó a enfrentar, descubrió que no estaba allí.

 

“Recuerdo clarito el día que le dije: mirá, después de pensarlo mucho tiempo, que esto y lo otro, voy a dejar la carrera de abogacía”, cuenta.

 

Esperaba un discurso. Esperaba explicaciones. Esperaba, quizás, cierta desaprobación. Pero sus padres le dijeron algo inesperado: “Por fin, no te veíamos como abogado”.

 

Y entonces comprendió algo que todavía conserva como una de las grandes enseñanzas de su vida: “El prejuicio lo tenía yo y no mis padres”.

 

Aquella revelación amplió el horizonte. Le permitió entender que hacer lo que uno quiere no significa necesariamente romper con todo, sino animarse a descubrir hasta dónde puede llegar uno con aquello que verdaderamente le pertenece.

 

 

 

El chico del skate que todavía vive ahí

 

Cuando habla de su formación, Mauro no se queda solamente con las aulas.

 

Defiende la escuela pública y la universidad pública, pero reconoce que hubo otras instituciones —más informales, más callejeras, más propias— que dejaron una marca profunda: “Mis formaciones más potentes, más fuertes, tienen que ver con el punk y el skate”.

 

En aquellos años aparecieron los amigos que todavía forman parte de su vida: Randy, el Negro, Cristian, Ramiro y tantos otros. El skate fue mucho más que una actividad deportiva. Fue una comunidad.

 

Hay algo particularmente revelador en cómo recuerda esa etapa. Mauro no habla de una juventud que quedó atrás, sino de una parte de sí mismo que todavía lo acompaña.

 

El chico que dibujaba, escuchaba música y hacía deporte sigue ahí. Solo que ahora escribe, produce, entrevista, viaja y busca historias.

 

 

 

Un hijo, dos hijas y una revolución inesperada

 

Durante mucho tiempo Mauro imaginó que su vida iba a ser de otra manera.

 

“Siempre fui muy anárquico, mi vida fue muy anárquica”, admite. Se pensaba solo, sin demasiadas responsabilidades, con caminos abiertos hacia todos lados.

 

Hasta que apareció un pequeño hombre: "De repente aparece en mi vida un pequeño hombre, a los 4 o 5 años que conozco, me emociono un poquito, pero tiene que ver con que me cambia el día”.

 

Ese hijo abrió una puerta que no sabía que quería abrir.

 

Después llegaron sus hijas. Hoy tiene un hijo y dos hijas, y aquella antigua idea de no tenerlos quedó completamente transformada.

 

Incluso lo explica desde un lugar poco convencional, muy propio de su manera de mirar el mundo: “Yo creo que el tránsito de la vida con hijos o hijas tiene que ver con la mayor experimentación psíquica, emocional, espiritual que se puede vivir”.

 

La paternidad, para él, no es una postal de felicidad permanente. Es un territorio de altibajos, descubrimientos y transformaciones constantes.

 

Y cuando le preguntan qué les está dejando a sus hijos, responde primero con una broma: “¡Menos plata, todo!”.

 

Pero detrás del humor aparece una idea mucho más profunda: dejarles la curiosidad, la capacidad de andar, de conocer, de mirar y de aprender.

 

 

 

Escribir para que algo suceda

 

Si tuviera que definirse con una sola palabra, Mauro no elegiría comunicador. Tampoco periodista. Elegiría escritor: “Si me tengo que definir como algo, es escritor”.

 

Lo dice de una manera casi artesanal, como si escribir no fuera una profesión sino una forma de existir.

 

“En el más literal sentido de las palabras, el más artesanal de las palabras. No puedo parar de escribir y producir todo”, nos asegura.

 

Dibuja. Produce. Busca que sucedan cosas alrededor de la música. Encuentra historias en Esquel, Trevelin y también en el país. Pero siempre vuelve al mismo lugar.

 

 

 

El humor como una forma de resistencia

 

Hay otra palabra que aparece inevitablemente cuando Mauro habla de su manera de vivir: humor.

 

Para él, el humor no es simplemente una herramienta de comunicación. Es una manera de atravesar la realidad: “Si tenemos que poner algo que va ligado a todo el proceso creativo, es el humor. Es lo único que nos va a salvar al final del día”.

 

Y ahí aparece quizás una de las definiciones más generosas de su trabajo.

 

No se trata solamente de hacer reír. Se trata de conseguir que alguien, aunque sea durante unos segundos, pueda salir de la dureza cotidiana.

 

“Si esa persona sonrió, si esa persona cambió y fue a buscar otra cuestión para hacer en el momento, o se distendió, o abrazó a alguien, ya está cumplido el laburo”, dice.

 

 

 

Los héroes que no tienen títulos en la pared

 

Durante años, por su trabajo y sus vínculos con la cultura, Mauro tuvo contacto con artistas, músicos y personalidades de distintos lugares.

 

Pero con el tiempo su mirada empezó a girar hacia otro lugar. Ya no tanto hacia quienes tienen nombre y trayectoria, sino hacia quienes casi nadie conoce.

 

“Me encantan las personas que han logrado desarrollarse en la ciencia, en las artes, en el deporte, en la política también, etc. Pero hay algo que me gusta más, y creo que es un camino que estoy tomando cada vez con más ganas, que es el vecino o vecina anónimo”, nos cuenta. 

 

Ahí está, quizás, el corazón de su presente.

 

La persona que aparece en una esquina. La que atiende un almacén. El poblador de un lugar alejado. El trabajador de un puesto rural. Alguien que construyó durante décadas una pequeña historia que, mirada de cerca, resulta enorme: “Creo que ahí hay un power que me interesa mucho”.

 

Mauro siente que su vida se está acercando cada vez más a esas historias.

 

 

 

Radio Nacional, el puente hacia lo invisible

 

Cuando habla de la radio, elige detenerse en Radio Nacional.

 

Más allá de las transformaciones tecnológicas y de la irrupción de las redes sociales, rescata una función que para él sigue siendo irremplazable: la posibilidad de tender puentes: “Radio Nacional me dio la posibilidad, y hasta el día de hoy me da, si bien se han modificado ya las comunicaciones, pero hasta el día de hoy me da tener esos puentes”.

 

Puentes hacia los barrios, hacia los caminos vecinales, hacia los lugares donde muchas veces no llegan los grandes focos.

 

Y ahí vuelve a aparecer su obsesión por los héroes anónimos. No necesariamente aquellos que acumularon títulos, reconocimientos o diplomas: quienes aprendieron de la vida.

 

“Yo creo que tenemos que aprender también del que no tiene un título o no ha pasado por la experiencia académica porque es fundamental también la sabiduría que encontramos en cualquier lugar”, relata.

 

Su apuesta es sencilla y, al mismo tiempo, enorme: salir a la calle y escuchar: “Yo te apuesto que salimos acá a la esquina, si nos ocurre salir con el termo de mate y hablar con alguien, vamos a encontrar enseñanzas o sabidurías increíbles”.

 

 

 

Volver siempre a Esquel

 

Mauro se fue. Estudió en Córdoba. Trabajó allí. Conoció personas, escenarios y mundos que probablemente nunca hubiera imaginado desde aquel adolescente que escuchaba un cassette.

 

Pero hay algo que nunca cambió: la escritura. Quizás porque en el fondo todo lo que hizo estuvo relacionado con lo mismo: mirar.

 

 

Mirar al chico que alguna vez fue. Mirar a sus hijos preparando una mochila para embarrarse. Mirar a un músico internacional recibiendo un poncho chubutense. Mirar a un vecino anónimo que tiene una historia que nadie contó todavía.

 

Y escribir.

 

Porque cuando le preguntan por el final de ese camino, no duda: “Yo creo que voy a terminar los últimos días de mi vida escribiendo”.

 

 

Nuestro más sincero agradecimiento a Mauro por recibirnos y permitirnos contar un poquito de su historia.

 

 

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