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03 de Octubre de 2016
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Los cines de Esquel

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De “Esquel, del Telégrafo al Pavimento”

 

El Armonía
Virginia Méndez ha entrado en el nuevo siglo con 84 años. Nació el 22 de agosto de 1916, cerca del barrio Matadero, en chacras vecinas a las de la familia Moré. Su padre, José Méndez, español, era propietario de un cuarto de manzana en el ángulo de 25 de Mayo y 9 de Julio. Tenía panadería en su tierra natal, La Coruña, y en Esquel instaló otra similar, con horno a leña y un malacate tirado por un burro para hacer mover las máquinas. Recuerda que cuando hacían alguna travesura, su padre les ordenaba, como castigo, ir a empujar el malacate. Ella y su hermana solían ir a la noche para ser invitadas por los operarios cuando horneaban alguna carne o cabeza de cordero, antes de iniciar la faena del pan. Méndez compraba la harina en la zona.
Evoca al maestro de pala, otro español, Hermenegildo Alfaro, quien se fue de este trabajo cuando derribaron la panadería. “Él le dijo: Pepe, yo me quiero ir a morir a España; después tuvimos noticias desde allá que había muerto. Era mi padrino.”
Su padre era contador público; tenía una gran habilidad para calcular y una excelente caligrafía, y atendía varias estancias vecinas. Pero un día decidió invertir en el negocio del cine. La construcción demoró varios años. Méndez hizo numerosos trámites ante el Banco Hipotecario para conseguir más fondos y construir el cine Armonía, situado en el predio donde desde hace muchos años funciona el comercio Casa Neira. La panadería sobre 25 de Mayo entre 9 de Julio y Rivadavia fue derribada para instalar el primer cine de Esquel, a instancias del hermano mayor de Virginia, quien proyectaba las películas y siguió haciendo este trabajo en el posterior cine Coliseo, propiedad de Roque González. Virginia Méndez, “Nena”, para amigos y familiares, no deja de sentir nostalgias cuando evoca a su hermano.
El Armonía, inaugurado a fines de la década del ’20, funcionaba todos los días; las películas llegaban en carros o en los “colectivos” de la línea de los hnos. Paredes. En sus instalaciones con capacidad para más de un centenar de butacas, se proyectaban numerosas películas argentinas; también películas de Chaplin y muchas norteamericanas, todas en blanco y negro. Virginia no duda en nombrar algunos de sus galanes preferidos, como Hugo del Carril; también Héctor Garzonio recuerda películas famosas, de ésas que dejaron huellas en el público, como “Casablanca” y las series de “Tom Mix”.
Cuando Virginia desenreda sus propios recuerdos del Esquel de aquellos años y del cine paterno, se pierde en la maraña de anécdotas y pide ayuda. Duda, trata de memorizar y dice que ella tendría unos once años cuando se inauguró el cine. Recuerda la anécdota de un poblador rural que sacó su entrada e iba hacia la sala, pero pronto se retiró, diciendo: “Ésta ya la ví.” Había visto la presentación de la Metro, el famoso león. Virginia ríe sin irrespetuosidad; con la misma ingenuidad que demostraba el cliente.
En la conversación, se le escapan algunas anécdotas interesantes, como la de la estridente sirena del Armonía. Muchos viejos vecinos, en cambio, la recuerdan con claridad. Una sirena anunciaba que las películas habían llegado; otra, un rato después, avisaba que estaba por comenzar la función. Se daba tiempo para que el público se alistara convenientemente. Es de imaginar la ansiedad de matrimonios y niños cuando estaba por escucharse la segunda y había que ir pronto al cine.
Con la mordacidad que lo caracterizaba, el “Eco del Futalaufquen” lanzó críticas a la empresa en dos oportunidades. En una de ellas, acusaba al Armonía de buscar un lucro excesivo por proyectar la película “Orquídea”, decididamente no apta para menores, sostenía, en medio de un festival de cine infantil. En la segunda, el 26 de julio de 1952, señalaba al administrador, Sr. Delgado, porque habría cortado la función por la muerte de Eva Perón, pero, según el semanario, no se devolvió el valor de las entradas, como hicieron los cines de Buenos Aires. Y aunque el citado administrador habría dicho que el dinero sería destinado a Ayuda Social, lo ponía en duda y a la vez lo criticaba porque Delgado era conocido como peronista. Peor aún, lo acusaba de haber violado el Decreto oficial de Duelo de diez días por la citada muerte al haber proyectado cine en esos días. El título de la nota era: “¡Qué peronista!”
También había funciones teatrales. En la edición del 31 de mayo de 1956 se comentaba la velada teatral organizada por los ex alumnos de la entonces Escuela Nº 20, en el local del Cine Armonía. Se presentaron dos obras, “El duraznito de la virgen” y “La falsa huella”, ambas dirigidas por Héctor Martín. Entre los artistas nombrados en el elenco, destacamos a Luis A. Arden, Eva Masaccesse, Simón Chebeir, Francisco Gilardoni, Julián Cazenave, Rubén Centeno y el apuntador Tiwi Williams.
El Ideal
El hombre deja su trabajo habitual, un consultorio odontológico, algo más fatigado que de costumbre. Demasiados años en la profesión que ha elegido y desarrollado con agrado y cierto éxito en su pueblo natal; cada atardecer que pasa y lo encuentra colgando su guardapolvo celeste se acerca al último entre torno y amalgamas. Esa noche es distinta. Tras un reparador descanso se dispone a ver una película en la comodidad de su casa.
Sabe de qué se trata; ha leído algunos comentarios y un poco acerca del argumento, pero intuye que hay una cierta conexión entre ese film italiano y su propia vida. Sin embargo, no para de conmoverse. Las imágenes van pasando, la trama se va deshilvanando y las situaciones le pegan fuerte. El hombre se llama Edilio y la película es “Cinema Paradisso”. De algún modo, él se siente parte de la historia, de los protagonistas, de la situación.
Edilio ha crecido bajo el calor y el sonido de una máquina proyectora de cine AEG, la vieja máquina de cine de su padre, ésa que hoy ocupa un lugar importante en el hall del Auditorio Municipal. Recuerda su teclear característico.
Las imágenes de su propia historia se van mezclando con las del film y no deja de sentir una sensación de nostalgia
Su padre era oriundo del país vasco; don José Salsamendi Zurutuza había nacido en la aldea Gabiria, de Guipúzcoa, en 1886. Con el tiempo apareció en sus documentos el segundo nombre, Emilio. Salió de su aldea directamente hacia la Patagonia, llegando a Puerto Madryn entre los años 1907 y 1909. No vino solo; llegó con otros vascos, algunos de los cuales también arribaron más tarde a Esquel: Juan y Eladio Goya, quienes tuvieron años después campos y ganados en la zona, Martín Lasa, su futuro socio en el hotel construido en Esquel, el alambrador Esteban Alustiza, entre otros.
Si bien era joven e independiente, salió de España con una autorización firmada por su padre ante escribano “…para trabajar de obrero y buscarse allá su modo de vivir mejor que aquí…”, y trajo además otros documentos, como certificaciones policiales de buena conducta y constancias de trabajos anteriores, entre ellos, de una cristalería. Tras un tiempo en la costa, se trasladó a la zona en carreta y trabajó un tiempo en la estancia de Garín en Tecka; luego llegó a Esquel. El cruce desde la costa a la cordillera duró largas semanas. La Colonia 16 de Octubre ya estaba avanzada; Esquel, en cambio, casi en pañales.
Emilio Salsamendi no regresó nunca a España. La historia cívica lo registrará como secretario del primer consejo local, bajo el mando de Roggero. Pero su faz comercial lo caracterizará como dueño de hotel, bar y cine, en este caso el Cine Ideal.
En 1917 compró un solar de 50 x 50 en las calles San Martín y 25 de Mayo, entonces solar C-manzana 12, propiedad de William Ellys, de Gaiman. En esta esquina fundó un hotel de ladrillos. Una vieja fotografía de 1920, registra a Emilio, el socio y algunos parroquianos en el frente del hotel en esquina, una edificación de ladrillo a la vista, típica de las de Esquel en las primeras décadas del siglo XX.
Edilio también expone un plano de la edificación, de 1923, que muestra la disposición de cuartos, cocinas y comedores sobre la actual calle San Martín, y una sala de cine y bar, paralelos a la calle 25 de Mayo, con disposición para caballerizas y depósito de forrajes detrás. Esa sala fue la primera del cine propiedad de Salsamendi; como el local aldeano de “Cinema Paradisso”, un día el cine se incendió. Obviamente, Edilio no recuerda el hecho, pero sabe del desafortunado suceso; cuando se reabrió un nuevo local, su padre lo hizo construir perpendicular a la calle 25 de Mayo.
En la misma esquina, durante largos años funcionó un hotel tradicional en la ciudad, de varios pisos y con uno de los pocos ascensores de Esquel. Iniciado el nuevo siglo, las dependencias fueron alquiladas a una empresa extranjera que vino a explotar una mina de oro y desató una inesperada resistencia por parte de gran parte de los vecinos.
Cuando Edilio nació, en 1932, su padre ya había roto su sociedad con Lasa, vendido el hotel y construido el local del cine Ideal. Este cine funcionó de 1932 a 1945; el local fue alquilado luego a una cooperativa que se denominaba “Eva Perón” y más adelante a varios comercios. Según Edilio, una de las causas de su cierre fue la dura competencia que imponía Roque González y su cadena de cines en la provincia, incluyendo Esquel.
“El Ideal trabajó con distribuidoras de Metro Wolding Meyer y Warner Brothers, lo que a juicio de Edilio, implicaba una ventaja respecto del Armonía, que trabajaba con material de Universal y la Fox.”  Pero dice que la gran novedad del Ideal fue no sólo la introducción de mejores y más exitosas películas, sino la iniciación del cine sonoro en Esquel.
“El equipo original era de origen alemán. Tenía un sistema Vitafon de sonido con disco de pasta que había que sincronizar con las imágenes. La luz en pantalla se lograba por un arco voltaico cuyos carbones producían una chispa luminosa que había que cuidar porque los carbones se iban desgastando; la máquina producía mucho calor” y Edilio, en plena infancia, solía quedar debajo de ella en una improvisada cuna. Más adelante, aún pequeño, la aprendería a manejar. Años después llegó un moderno sistema de lámparas.
Otra novedad fue pasar del cine por actos al continuado. Había tres funciones: matinée, vermouth y noche. También hacían publicidades con un vidrio pintado, tipo “transparencias”; “…los Ayats se dedicaron mucho a la publicidad en esos tiempos; hacían transparencias para el cine y publicidades con sonido, incluso al aire libre.”
Edilio recuerda que las películas se proyectaban acorde con las inclemencias de la naturaleza: “…llegaban tarde si había temporales y se repetían hasta cuanto se pudiese si los aquéllos impedían su devolución: se pasaban para el regimiento y las escuelas, si no había restricciones, hasta llegar al precio más bajo; incluso había películas que tenían un público repetido.” Llegaban por medio de correos o por los hermanos Paredes; venían por tren y luego desde Maquinchao hasta Esquel por auto o camiones.
Recuerda éxitos de público en el Ideal: “Lo que el viento se llevó”, cuando los besos de Clark Gable desde la pantalla provocaban murmullos femeninos en la platea, “El Cisne Negro”, con Tyrone Power, quien hacía suspirar a numerosas jovencitas esquelenses, y “Escuela de Sirenas”, con Esther Williams, todas con gran éxito de público. Pero no olvida un hecho que lo conmovió: “…fue el estreno del film argentino “Una Nueva y Gloriosa Nación”, con la presencia de la banda del ejército y toda una fiesta cívica, un 25 de mayo.” En general, dice, las películas argentinas llegaban al Armonía.
Desde Bahía Blanca mandaban los afiches de propaganda y ellos armaban una difusión callejera con un camión playero de los Moncá, que vivían cerca del arroyo en la avenida Fontana, sobre el cual colocaban un par de paneles con afiches, hacían mucho ruido y entregaban programas, impresos generalmente en la misma imprenta donde se hacía el semanario “El Libre del Sur”.
Cuando habla del cine Ideal, Edilio lo hace en primera persona del plural, aunque su participación fue siendo niño. La gente del pueblo se vestía muy bien para ir al cine; era barato y además no había tantos espectáculos, aunque el pueblo tenía otras opciones de actividad social: bailes, cines, bares, fútbol, romerías, teatro, tablaos.
Recuerda un operador que sabía hacer de todo: maquinista, reparador de proyectores, puso la primera usina hidroeléctrica de la ciudad: Guido Africh, de origen europeo.
Edilio cursó sus estudios primarios en la Escuela Nº 20 de Esquel y tras intentar no hacerlo, debió obedecer a su padre: ir a Buenos Aires para seguir la escuela secundaria. Lo hizo en el Euskalechea; su padre lo llevó a un hotel de vascos en Buenos Aires y allí se lo recomendaron. “En este colegio también pasaba cine” pero había un cura que “… se sentaba al lado del proyector y tapaba el foco con su mano cuando consideraba que había escenas inconvenientes; no pasaban las de besos o abrazos…”. Qué coincidencia, el cura de “Cinema Paradisso” ordenaba cortar esas escenas “escandalosas y lujuriantes” que, en su adultez, Toto podrá descubrir y proyectar una tras otra, con los ojos brillosos, como único y privilegiado plateísta de un enorme film de secuencias románticas.
Tras unos años y por algunos “problemas de conducta”, Edilio terminó su escuela secundaria en el Colegio San José, en el barrio porteño de Balvanera. Posteriormente estudió Odontología y regresó a Esquel para trabajar en esa profesión entre 1958 y 2000. Su esposa es de Esquel, también de familia de origen vasco.
Cincuenta años después, ya retirado de su profesión, Salsamendi atesora estos recuerdos y un brillo de luz asoma en sus ojos. Cada vez que puede, vuelve a sentarse en su sillón para disfrutar de “Cinema Paradisso” y no deja de emocionarse con los recuerdos de Toto, la sensibilidad de Alfredo, la conmoción del público pueblerino con el trágico incendio y la excepcional música del film.
Pero antes, había cine…
La actividad cinematográfica en Esquel no se inició con el Armonía. Ya en la década del ’20 se proyectaba “Cine en varios actos” en diversas salas no específicas para tal actividad; en los periódicos de la época, figuraban los anuncios, y una de las salas acondicionadas era la de la Sociedad Española. También un vecino, hijo del periodista Gago Viera, recuerda que donde está ahora el ANSÉS, había una casa donde funcionaba en los años ’20, el cine bar de un español, Dionisio Cardo o Carlo; lo recuerda porque el 30 de setiembre de 1923, la noche de su nacimiento, su madre había ido al cine; dice que, coincidentemente, fue la noche del combate de Firpo y Dempsey. También menciona el cine-bar Español, al cual solía ir de pibe.
El “Esquel” 25º Aniversario comentaba que el primer cine funcionó en “La Maragata” y se denominaba Maitena, según versiones recogidas hasta 1950. Más adelante, el vecino Claudio Carro (o Garro) proyectaba cine en el local donde funcionó después la firma Criado Lirio hasta que el edificio se incendió.
El semanario “El Libre del Sur”, publicita las funciones del Cine Maitena. “La función del jueves. Con todo éxito se llevó a cabo la función cinematográfica en el Salón Maitena, al que concurrieron las principales familias de la localidad…” habiéndose proyectado “la preciosa cinta ‘La Señora del Castillo Negro’, película que agradó sobremanera, y ‘Ensalada Mexicana’, que también es muy linda. En el intermedio, el Señor Gerardo Smith cantó acompañado de la guitarra varias canciones siendo aplaudido por la forma como se desempeñó. Pronunció un elocuente discurso el señor Juan Chayep” en nombre del Club de Empleados Nacionales.
El semanario brinda la lista de las familias que concurrieron: Lamarque, Quintana, Baroni, Paggi, Romegialli, Humphreys, Cantisano, Ayestarán, Kons, Moré, Fernández, Oñate, Silva, Borsella, Hughes, Méndez y Gabito.
Para el sábado siguiente, se anunciaba un programa de la siguiente manera:

 

Sábado 17 de enero
¡COLOSAL ESTRENO!
“ULTUS”
Emocionante Cine drama policial y de aventuras por Aurelio Sydney.
Episodios
1 “EL HOMBRE QUE REGRESA DE ULTRA-TUMBA”
2 “PERSECUCIÓN DE ULTUS”
3 “EL ROBO DEL DIAMANTE AZUL”
Para finalizar el programa de esta noche, se exhibirá la cinta cómica titulada “CARLITOS ENAMORADO TENAZ” por el Non Plus Ultra de los cómicos Carlitos Chaplin.
Domingo 18 de enero
Continuación de ULTUS
Episodio 4 “LA CARRERA DEL ABISMO”
5 “ULTUS Y LA DAMA GRIS”
Como final se pasarán por la pantalla dos hermosas cintas cómicas:
“JUVENTUD TRIUNFANTE”
“DICK Y SU SUEGRA”
Además, el semanario publicitaba el Hotel Maitena con la mención, entre sus servicios, del “salón biógrafo”.
También se proyectaba cine en el salón de la Sociedad Española. El aviso del semanario citado decía:
Biógrafo Sociedad Española
Durante el mes de Enero esta Sociedad extrenará (sic) en su salón las siguientes películas:
LA CALLE PRINCIPAL
grandioso drama social interpretado por los eminentes actores Florence Vidor y Monte Blue.
FIRES OF FAITH
Interpretado por Catherine Calvert y E Obrien
POR COMPLACER A UNA MUJER
magistral interpretación por Mona Lisa, E. Burus y L. Wilson
EL ESCANDALO DE MEDIA NOCHE
grandioso drama producción nacional
DON JUAN Y FAUSTO
O LAS MUJERES DE DON JUAN
grandioso drama de aventuras romancescas producción Gaumont
Todos estos estrenos estarán alternados (sic) con divertidas cómicas al final de cada función
Todo el mundo a la Sociedad Española…!
En general, éste era el tenor de los avisos de esa década y el tipo de películas mudas que se difundían en diversos actos, matizadas con “números en vivo” locales.

 

Otras películas que se proyectaban en Esquel llevaban títulos tales como: “Elmo el Poderoso”, “Víctimas del mar” y “Las garras del puma”. Amenizaban a veces con alguna orquesta típica. En febrero y marzo de 1935, la prensa local publicitaba para el Cine Armonía: “El precio de una mujer” y “Tempestad al amanecer”, “Nacida para el mal” y Flor de Hawai”. Por su parte, el Ideal proponía “Bubul I Rey Negro”. En 1937, el semanario “Esquel” daba a conocer la realización de una gira de una compañía de zarzuelas, operetas y revistas a cargo del actor Ramón Reynaldo, una gran cantidad de actores y actrices y quince coristas. El abono se pagaba por cinco funciones. También publicitaba espectáculos de tipo gauchesco.
En setiembre de ese año, una orquesta contratada por el Armonía permitía gozar de la música de La Rosarina, en bandoneón, Zito Kuper, violín, Anita Geyer, en piano y Rosa Martínez, en batería. Y había llegado el circo Farfán, con Miss Mary, contorsionista, el payado Pipo y la pareja Lation, equilibristas.
Una nota de interés es la queja permanente del diario dirigido por Moré por el humo de cigarrillos en el cine; su campaña de salud pública contra el vicio durante las funciones cinematográficas tuvo éxito: a fines de 1937 pudo anunciar con alborozo, en sus noticias “de Pago Chico” que el cine Armonía había colocado el tan ansiado cartelito de Prohibido Fumar.
Cines con bares
Tanto el Armonía como el Ideal tenían bares anexos. Cuando las películas se daban por actos, entre uno y otro, mientras se preparaban los carretes para continuar con la función, el público acudía al bar.  Héctor Garzonio recuerda el murmullo incesante de la gente, el ir y venir apresurado de los mozos para atender los pedidos y ocupar todo el tiempo sirviendo cafés, bebidas, copetines. De pronto, una llamada, un aviso, y a volver a las butacas. La función continuaba.
Pero la vida de estos bares céntricos, no empezaba ni terminaba con las funciones cinematográficas. Tenían vida propia. Billares, juegos de mesa, cartas o ajedrez, las consabidas tertulias de parroquianos y alguna que otra disputa, bebidas de por medio, que no siempre terminaba bien.
El juego era moneda corriente. El “Eco del Futalaufquen” criticaba que “…en los bares Ideal, Armonía y el Americano, se despluma a Dios y María Santísima por medio del pócker y el rumi, jueguitos que giran en revuelto torbellino en esos garitos.” Y reclamaba vivamente a las autoridades que hicieran cumplir la ley.
El bar del Armonía lo atendía el catalán Antonio Guitart; Fernando Macayo recuerda el mucho movimiento que lo caracterizaba, no sólo los días de proyección. Se jugaba al truco o al mus por el café, se jugaba al ajedrez; las familias iban a tomar el vermouth. También dice que el Ideal era más popular, tanto el cine como el bar, y tenía billares. Además, había una orquesta de señoritas permanente.
Fernando recuerda un acontecimiento trágico vinculado al Bar del Armonía: la disputa con armas de fuego entre un comisario llamado Podestá y el director del “Eco del Futalaufquen”, quien mató al primero; habían estado discutiendo en el bar y el entredicho terminó trágicamente, en la esquina de 9 de Julio y la 25. Todos los viejos vecinos consultados coinciden en cierto “status” que tenían los cines y bares; todos concluyen en que el Ideal era el más popular. Ambos, éste y el Armonía, traían espectáculos incluyendo piezas teatrales, pero no olvidan que la mayoría de los elencos que venían en gira, arribaban al Ideal. Edilio Salsamendi agrega: “…colmaos españoles (andaluces), orquesta de señoritas, otras orquestas, magos y prestidigitadores, gente de circo; algunos se presentaban en el bar y otros en el cine.”
Reconoce, sin pudores, que al bar de su padre le decían “público puloil”, por la presencia de muchas empleadas domésticas. No obstante, numerosas señoritas del centro pasaban por el Ideal en algunos bailes. Edilio solía hacer de vitrolero en el bar Ideal.
“Las orquestas de señoritas eran cuartetos o quintetos; ocasionalmente se sumaba algún músico del ejército; de todos modos, apenas si en el palco podían subir un piano, por lo que las músicas nunca eran muchas.” Sonríe cuando arroja otro recuerdo a la mesa: Rosita Liprino, que tocaba el acordeón a piano, era esposa de un peluquero del ejército. Ella, como otras señoritas, hacía bajar un cordel y los asistentes le adosaban un mensaje con pedidos de canciones y otros “variados contenidos.” Y algunos recuerdan el enlace romántico de Antonieta, de la misma orquesta, con el pintor Antúnez.
Celestino Beatove ratifica que había una cierta distinción entre ambos locales de espectáculos: tal vez el Ideal era el más popular, dice; los jóvenes iban a bailar a éste después de pasar por el Armonía.
En las décadas del ’50 y del ’60, cada ciudad contaba con cines de barrio y por lo tanto, las carteleras de los diarios demostraban la existencia de gran cantidad de cines. Se proyectaban hasta tres películas por función. Como no existía, felizmente, el doblaje, característico de la televisión, aprendíamos a leer de corrido yendo al cine, ejercitando inconscientemente lo que en la escuela nos enseñaban con cierta paciencia. Hoy, en aquellas grandes salas viejas, donde robábamos los primeros besos en penumbra o asistíamos pudorosos a ver alguna película de Isabel Sarli, siempre y cuando nos dejaran entrar, crecen en sus ámbitos aggiornados, supermercados propiedad de orientales o templos evangélicos de dudosa ortodoxia.
Sin embargo, en Esquel, tanto para el Armonía como el Ideal no fue la modernidad electrónica, corporizada en videograbadoras y televisores, la responsable, como hoy, del desvanecimiento de la actividad de los cines en todo el país. En la provincia apareció la cadena de cines Coliseo que, poco a poco, fue ganando al público. Ya había mejores caminos, funcionaba el ferrocarril y las películas llegaban con mayor puntualidad; la cadena de salas permitía un recambio de material mucho más barato y los espacios se hicieron más amplios y cómodos. En Esquel, Méndez vendió la empresa del cine a González quien construyó años después la propia sala una cuadra más abajo. El Coliseo vivió hasta muy “entrados los años ‘80”, tras décadas de estrenos singulares, festivales a beneficio y hasta actos partidarios de candidatos en plena campaña por llegar a la presidencia.
Pero queda en la memoria de los más viejos, la vivacidad de un público adicto al cine, bien ataviado, dispuesto a gozar del espectáculo de la pantalla, hacer la cola y obtener la entrada, tras la estridencia de la segunda sirena, mientras afuera el calor agobiante de algún verano seco o la nieve acumulada de esos inviernos que ya no existen, quedaban en suspenso hasta la salida.
También se murieron los bares anexos. Allí donde hubo humo, risas, apuestas con los naipes, numerosas aventuras amorosas furtivas junto a otras mucho más serias y comprometidas, y alguna trifulca que devino en tragedia, ahora hay artículos importados de extraña calidad y precio o algún otro negocio de cierta importancia. Ni mejor ni peor; simplemente épocas distintas. Pero indudablemente, la evocación de esos cines con bares sigue despertando nostalgias y no sólo al viejo vecino.
Me detuve frente a esos lugares, ambos sobre la 25 de Mayo. En las vidrieras estaba reflejada mi figura; detrás, coches modernos y gente caminando. La imagen era borrosa. Donde había tierra, ahora está el pavimento; en las veredas no hay palenques. Me hubiese gustado leer una cartelera que dijese: HOY, CINE EN CUATRO ACTOS. No sé si fue mi imaginación o simplemente lo motivaban mis deseos, pero escuchaba murmullos, veía bandejas en alto sobre las palmas de mozos apresurados. Creo que escuché una sirena y me sacudí, ingenuamente, como para decirme que era la hora de entrar.

 

(Foto archivo canal4TV.net)

 

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