RED43 opinion
11 de Abril de 2016
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Musters

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Desde los tiempos de Magallanes, allá por 1520, hasta los inicios del siglo XX, la Patagonia fue tierra de aventureros. Año tras año se iban sucediendo todo tipo de expediciones buscando riquezas, legendarias ciudades de oro, por supuesto inexistentes, y pueblos nativos para hacerlos trabajar en la explotación de dichas riquezas. El suelo árido, las montañas casi inaccesibles, los ríos helados, dificultaban la tarea y hacían fracasar a la mayoría de las empresas. En el siglo XIX, cuando las aventuras de expedicionarios hacia tierras exóticas de Asia, África y América Latina se mezclaban con el pensamiento romántico y las ambiciones coloniales, muchos europeos se lanzaban a la Patagonia para hacer sus exploraciones. Surgieron así las mejores descripciones de las tierras y de la vida de los indígenas que hasta ese momento existían.
Los aventureros, luego de meses de recorrida, sorteando todas las dificultades imaginables, conviviendo entre indígenas y cazando para sobrevivir, regresaban a Europa, brindaban conferencias ante auditorios interesados en conocer lo lejano, lo exótico, lo distinto. Después, tras la admiración de hombres y mujeres de ricas burguesías y cortes formales, editaban un libro, ganaban dinero y pasaban a la posteridad.
George C. Musters fue uno de ellos. Era un joven marino británico. De sus datos biográficos podríamos apuntar lo siguiente. Había nacido accidentalmente en Nápoles en 1841, durante un viaje de sus padres, pertenecientes a una acomodada familia inglesa. De adolescente fue a la marina de guerra y estuvo combatiendo en el Mar Negro; en un viaje por Sudamérica trepó al cerro Pan de Azúcar en Río de Janeiro y colocó insolentemente una bandera británica en la cima; también anduvo por campos uruguayos y por Malvinas. Tras un viaje por cuestiones matrimoniales en Bolivia, murió muy joven (treinta y ocho años) antes de viajar en expedición al África. Sin tener los treinta años de edad, organizó el famoso viaje que inmortalizó en su propio relato “Vida entre los Patagones”.
Entre 1869 y 1870, este ex marino de apenas veintinueve años recorrió y describió minuciosamente el trayecto entre Punta Arenas y Carmen de Patagones, gran parte del mismo bordeando la precordillera patagónica. Desde la ciudad magallánica salió con un reducido grupo rumbo al noreste, pasó por Río Gallegos y posteriormente, con algunos nativos, recorrió la “vereda indígena” que hoy casi coincidiría con la ruta nº 40. Pasó por el sur del Chubut, los actuales Senguer, José de San Martín y Gobernador Costa, luego por Tecka, Esquel y Leleque; más tarde hasta la zona de Maquinchao y desde allí hasta Carmen de Patagones. Cazaban patos, choiques, guanacos; comían tortas y harina tostada y bebían café y algo de ron. Pasaron fríos y calores extremos y conocieron no sólo paisajes sino numerosos grupos de indígenas. Sucio, enflaquecido, pero dichoso, llegó a su destino. De cada paso dejaba una relación escrita en su libreta de apuntes. Y en Inglaterra editó su libro famoso.
En su paso por la región, acompañado de un grupo de indígenas a los que él llamaba “patagones”, el aventurero pasó por nuestra zona. ¿Qué nos dice acerca de “Esquel” este extraño aventurero o espía? En enero de 1870 había dejado atrás el río “Teckel” que se dirigía hacia el Este y podía avistar hacia el Norte unos cerros en punta (tal vez el Cerro Tres Torres del Cordón Esquel); al día siguiente cazaron guanacos, recorrieron una estepa pedregosa y descansan junto a una laguna donde encuentraron a numerosos indígenas, uno de ellos, chileno, según el autor del relato. “El chilote Juan Antonio nos hizo una visita a la tarde y nos dijo que hacía varios meses que la toldería se encontraba en ese lugar, llamado Esgel-kaik…” Compartió bailes, carreras, pipas y conversaciones con esos indígenas, incluso unas papas silvestres parecidas a las batatas, hervidas en tazones de arcilla. “Hicimos una parada de ocho días en Esgel-kaik (…) y pasamos, en fin, una temporada muy agradable…”; desde allí le envió una carta a Lewis Jones de la Colonia Galesa del Chubut pidiéndole, infructuosamente, envíos de yerba, tabaco y azúcar.
Según diversos investigadores, Musters habría acampado junto a los indios que se hallaban en las inmediaciones del actual aeropuerto; posiblemente hablaba de la laguna Esquel, aunque pudo haber habido otras fuentes de agua que se secaron. Según algunos estudiosos de este recorrido, Musters habría sido el primer viajero blanco en pasar y describir la zona de Esquel, aunque unos veinte kilómetros distantes del centro del ejido municipal actual.
Pero… ¿quién era realmente Musters? ¿Un aventurero más o un espía de los ingleses? ¿O tal vez de los inversores en tierras? ¿Será casualidad que más tarde las mejores tierras por él descriptas en su libro fueron solicitadas por inversores y el Estado Argentino les obsequió con extensos latifundios, como, por ejemplo, las 700.000 hectáreas de la Compañía Argentina de Tierras del Sud, hoy propiedad de Benetton?

 

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