La historia de una vida nunca puede ser contada como una historia. La historia de una vida es el conjunto de muchas historias, tanto reales como falsas. La mentira y la verdad son partes de la historia de una vida. Una vida nunca es una, una vida es vivida. Ninguna vida puede no ser vivida, nunca se cuenta la historia de una vida; se cuenta lo vivido. Sí se cuentan historias, una historia cuenta lo vivido. Lo vivido no es propio del viviente, lo propio del viviente es la historia de lo vivido. Un viviente puede hacerse de muchas historias. Así, las historias no son de nadie aunque algunos le pongan sus nombres.
La historia que voy a contar, lejos de ser mí historia, no tiene principio ni final. Siempre que la contaba cambiaba. Además, siempre que la escribía contaba una historia distinta. La naturaleza de esta historia no es para ser escrita, sino para ser leída. Cuando una historia es leída deja de ser una historia para ser nuestra historia. Por eso, una historia leída es, en cada letra, la historia del lector.
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Un sillón de mimbre. La mesa ratona con el té recién servido, el vapor saliendo de la taza. Contra la pared, muy afectada por la humedad, un espejo. El espejo reflejaba una vieja biblioteca. La biblioteca, de maderas fuertes, rústica, no tenía muchos libros sino que se veían fotos, cactus, piedras y muchas cosas de esas que representan la vivencia del dueño. Una gran ventana daba una buena iluminación y, a pesar de su gran tamaño, no se hallaba ninguna cortina que pudiera impedirle el paso a la luz. La habitación estaba deshabitada.
El té lentamente se enfrió. El espejo fue cubriéndose de polvo. Las paredes se llenaron de moho. La habitación nunca sintió el abandono. Quien habita un lugar no lo deja sin más. Con el tiempo, las puertas de esa habitación volvieron a abrirse. En ese momento podían verse arañas y algún que otro roedor. Quien abrió la puerta encontró gran belleza en esa habitación. En principio quería habitarla pero su naturaleza de pintor lo llevo a querer grabar esa primera impresión en un lienzo.
El pintor pronto llevó a la urbe su obra. Cuando le tocó presentarla ante un público distinguido no habló tanto de las técnicas aplicadas, sino que dijo lo siguiente:
“En mi vida tuve pocas experiencias que merezcan ser transmitidas. No digo que no tenga experiencias dignas de transmisión sino que las propias, esas que otro puede tomar para sí, son escasas en número. Es reconfortante que estas experiencias se me hagan claras ahora, todavía lejano a mí lecho de muerte, ya que de esta manera siento que le estoy ganando al tiempo. Este cuadro tiene su historia: abrí la puerta de una casa deshabitada. Mi primera visión reflejó que esa casa sentía algo, en cada rincón podía olerse el abandono. Abandono como cuando alguien deja algo compartido, por lo tanto no asimilable a la muerte. Cuando alguien forma una familia tiene algo compartido y cuando uno de sus miembros fallece eso no representa un abandono, por más que muchas veces se use la expresión: nos abandonó. Esta situación era diferente, como cuando alguien se enamora de una persona decidiendo llevar una vida juntos y, sin previo aviso ni despido, se marcha. La casa tenía esa sensación, por todos lados podía verse la huella de su antiguo dueño. Por eso esa casa no estaba deshabitada, peor aún, estaba abandonada. Y esto lo digo porque al recorrerla encontré una taza con un té ¿Quién se va de su hogar sin tomarse el té que se sirvió?”