A la Patagonia se la conoce andando, paseando por ella, trabajando, conociendo a su gente, sus poblados, la magia de sus paisajes. Pero cuando uno quiere conocer otras épocas, lamentablemente no podemos recurrir a la experiencia; la Historia es lo que pasó y el conocimiento de lo que sucedió, y necesitamos recurrir a aquellos que han vivido otras épocas y espacios y lo cuentan. Uno de ellos es Elías Chucair.
Poeta, comerciante, escritor, historiador sin títulos académicos, investigador apasionado, autodidacta, ganadero, político… Un verdadero protagonista. Supe de Chucair a través de sus libros, los que fui leyendo y utilizando más de una vez en la escuela, un curso o en la radio con el mismo deleite que me proporcionaba su lectura. Los relatos de Chucair tienen la magia de la sencillez; me transportan a otros espacios conflictivos, a otros tiempos difíciles, a conocer protagonistas de la Patagonia que de otro modo sería imposible conocer: comerciantes, inmigrantes, bandidos, maestros, carreros, alguna prostituta de pueblo, indígenas viejos, cuyos apellidos el escritor constata con fidelidad. Le cuentan y él escribe. Otros, con nombres y apellidos trágicos, como los bandoleros Foster Rojas, Bairoletto, Víctor Elmez, a los que no duda en denominar asesinos y sanguinarios, sin romanticismo alguno, el que hoy ciertos funcionarios le acreditan suponiendo que ese falso valor puede atraer turistas a la región. O la indagación detallada sobre Elena Grenhill de Coria, cuatrera y buena tiradora con revólver, digna de ser llevada al cine, la “Inglesa bandolera”; o la historia del Maruchito, el sacrificado peoncito, prototipo de maruchos, los chicos que acompañaban las tropas de carros y hacían los trabajos más sencillos pero impostergables durante esas travesías.
Un compañero de trabajo y los ochenta años de la Asociación Sirio-Libanesa me dieron la posibilidad de conocerlo personalmente hace pocos días. Unas charlas con él, breves pero interesantes, escuchar sus relatos sobre el viaje al Líbano, sueño concretado “de grande”, una poesía final sobre “su” Patagonia, fueron la previa para una entrevista de un sábado por la mañana, con y sin grabador de por medio.
Elías Chucair es un hombre sencillo, casi octogenario pero joven, gran conversador, pausado, respetuoso, amable, sencillo, simpático. En la entrevista habló más de dos horas, una de ellas registrada en el grabador y destinada a mi programa radial en Nacional Esquel. De qué no habló Don Elías esa mañana…
Relató el crecimiento de su Ingeniero Jacobacci natal, antes y después de la llegada del tren, al cual le asigna, inequívocamente, el valor del progreso. “Los rieles, el tren, fueron en el desierto, la llave para la creación de pueblos.” Sin embargo, no descuida los otros parajes, los que nacieron a partir de los cruces de caminos, las tropas de carros, los comercios o boliches…, y habló de Quetrequile, paraje al cual le ha dedicado un último trabajo. Nació con esos elementos, pero murió porque el tren no pasó por allí, sino algo más al norte, por Jacobacci.
“Eran asesinos, sin duda, malvivientes, sanguinarios…”, decía al referirse a los bandoleros. “No hay romanticismo en ellos.” Estudió casos concretos, a partir de otros relatos, los de los comisarios y policías que los combatieron, los de comerciantes que los conocieron y sufrieron. Y desgranaba en la conversación centenares de detalles, anécdotas, lectura de legajos en archivos. También habló de su paso por la política radical intransigente, frondicista, de los años ’50 y ’60, de su experiencia por la Intendencia de Jacobacci, su trabajo en el Museo local, su amistad con Rodolfo Casamiquela, con el ex presidente José María Guido…
La colectividad árabe pasa por la entrevista de manera recurrente. Fiel a sus orígenes, se emociona hablando de su padre y sus abuelos, del Líbano que pudo visitar hace poco tiempo y al cual le ha dedicado uno de sus últimos libros, “donde la tierra es cara porque hay poca pero los libaneses trabajan en paz y la reconstruyen a diario, a pesar de la cruenta guerra que lleva ya tantos años…” Contó de los museos libaneses, de Beirut, varias veces destruidas por la naturaleza y por la guerra, y otras tantas levantada con esfuerzo.
Y nos invitó a conocer su pueblo, su casa, visitar sitios arqueológicos, las pinturas rupestres. Cuando habla del crecimiento de Jacobacci y sus escuelas pone la misma emoción que cuando relata aquel casamiento famoso de un tal Nataine con una jovencita de la nobleza libanesa que duró una semana, seis días después de la partida de los novios, o de las películas que se hicieron en ese pueblo, lamentablemente no difundidas.
Un hombre sencillo, inquieto, investigador, escritor, que piensa seguir indagando y escribiendo: “Si el tiempo me da tiempo…”