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Historias de esquelenses para leer el domingo: "El alivio de dejarlo ir"

Ana Bolena

El alivio de dejarlo ir

Historias de Esquelenses para leer el Domingo.

Por Ana Bolena

La Ruta Nacional 259 tiene un recorrido de 75 kilómetros y une la Ruta Nacional 40, en las cercanías de la estación Nahuel Pan, con el Paso internacional Río Futaleufú, en el límite con Chile. Hace poco más de una década, a mí solo me preocupaba el tramo de casi veinticuatro kilómetros entre Esquel y Trevelin, la distancia entre mi casa y la casa del hombre que había terminado conmigo.

Él no estaba seguro de querer una familia, esa era la razón que me había dado. Lo que significaba que no quería ser absorbido en la mía con mis dos hijas: Denisse, de 7 años, y Carolina, de 4.

Para cuando terminamos, él y yo habíamos estado saliendo durante diez meses. Vivía en una casa grande y moderna en las afueras de Trevelin, mientras que mis niñas y yo vivíamos en el Barrio Roca de Esquel, a solo unos pasos de la Avenida Fontana, donde me dirigiría hacia la avenida Alvear y luego hacia el sur, con prisa para verlo, para asegurarme de que no tuviera una nueva pareja.

Cerca de la medianoche, solía manejar con las ventanas abajo: necesitaba el rumor del viento para calmar mi ansiedad. Para controlar mi nerviosismo, contaba las líneas blancas y miraba el asfalto de la ruta como si solo eso impidiera que mi Gol blanco se fuera volando conmigo adentro, tan ligero que todo se sentía rápido y fuera de control.

En ese entonces, pensaba mucho en volar, manejar, irme en bicicleta, escapar. La maternidad me pesaba. A veces, miraba a Denisse y a Carolina, tan chiquitas e indefensas, y me sentía exhausta ante la perspectiva de todos los años de crianza que aún tenía por delante. Cuando él me dejó, sentí que eso demostraba que tenerlas me impedía ser la clase de mujer por la que un hombre como él se quedaría.

Tenía 28 años y estaba enamorada. Todavía no sentía arrepentimiento por arreglar demasiado a mis hijas, con su cabello recién peinado y atado con chuflines, y la ropa planchada toda combinada, para un hombre que no podía amarlas, ni a mí. Todavía no era lo suficientemente sabia como para estremecerme al recordar que las obligué a presentarse a una audición para el papel de las hijastras que no causan ningún problema, que le permitirían seguir siendo él mismo, emocionante y libre.

Todo el invierno, la primavera y parte del verano, mis hijas y yo hicimos la audición, y cuando se fue en febrero y se alejó de nuestra vida, empecé a pedirle a la niñera que trabajara horas extras, que volviera después de que terminara de cenar con su familia desde el barrio Ceferino, solo para poder conducir de Esquel a Trevelin, en busca de él.

En las noches en que no podía encontrar a alguien que cuidara a mis hijas, me enojaba, alternando entre negarme a todo y quejarme de lo cansada que estaba. 

Otras noches, me decía a mí misma que me iría a dormir temprano: entonces cenaba, les leía cuentos, luego las apresuraba y las arrullaba para que se fueran a dormir, y yo poder irme a dormir también, solo para levantarme de nuevo apenas oía sus ronquiditos.

Minutos más tarde, le abría la puerta a Ivana, la niñera. Una o dos veces, incluso, le pedí a mi vecina de al lado que las cuidara, diciéndole que había una emergencia en el trabajo y debía salir. Entonces, manejaba por la Fontana, tomaba Alvear, Yrigoyen y la Ruta 259, con el corazón latiendo, preguntándome: “¿Será esta la noche en que vea un auto estacionado de visita en su casa? ¿Y si vuelve mientras paso enfrente para estacionar el auto calle arriba?" 

¿Se enojaría? Tal vez sonreiría y diría: “Vení, pinturita”, como lo hizo esa primera noche cuando me guió hasta su cama y me quedé, feliz de lo profundamente dormido que se había quedado a mi lado. Lo recordaba mientras mi celular vibraba con llamadas de la niñera, que con toda razón estaba furiosa porque no había vuelto cuando dije que lo haría.

¿Por qué conduje todos esos kilómetros? Me gustaría decir que buscaba alivio, pero no había ninguno. Era más por el descanso que sentiría al saber que no estaba con alguien nuevo. Si su auto no estaba allí aún, yo estacionaba y esperaba, conteniendo la respiración a causa del miedo, hasta que se alcanzaban a ver las luces: él salía, caminaba lento (¿cansado?), se detenía a buscar sus llaves y, a través de mi ventana abierta, creía a veces oír su puerta principal abrirse y cerrarse con un ligero golpe.

Una vez que estaba segura de que nadie aparecería, me iba, prometiéndome que esta sería la última vez. Subía a la Ruta 259, con dirección a Esquel, y el alivio daba paso al remordimiento, la preocupación por mis hijas se sobreponía a mi delirio de que podía conseguir cualquier cosa, incluso el amor.

Traté de parar. Y, durante casi dos meses, lo logré. Pero en agosto volví a hacerlo: conducía por la Ruta 259, veía el auto de mi ex ya estacionado y sin otro auto de visita, conducía de vuelta, llegaba a la entrada de mi casa, corría hacia adentro.

Y lo volvía a hacer de vez en cuando hasta una noche a principios de noviembre, cuando mi vecina, quien ya me conocía, no abrió su puerta. La niñera tenía un familiar de visita. Pero de todos modos metí a Denise y Carolina en la cama y huí, prometiéndome que volvería en 38 minutos.

Excepto que esa noche no encontré ningún auto. Había planeado quedarme solo hasta las 23:30, el tiempo suficiente para verlo llegar, estacionarse y entrar solo. Pero cuando se cumplió ese límite de tiempo sin ninguna señal de él, comencé a preocuparme de que estuviera con otra persona. Me estaba dando frío y hambre; había olvidado traer abrigo y no había cenado.

Al tratar de hacer memoria, me di cuenta de que no podía recordar ni una sola cosa de esa semana, ni siquiera de ese mes. Solo las líneas del asfalto, las luces, la adrenalina de perseguir por la Ruta 259 lo que pensaba que era amor.

A la medianoche, los faros de un desconocido iluminaron el interior de mi auto, trayendo lucidez consigo.

¿Qué estaba haciendo? ¿Y si Denisse se despertaba y necesitaba a su mamá? ¿Y si Carolina decidía caminar sonámbula y se lastimaba en las escaleras? Había visto que eso pasaba, una mujer perdía a sus hijos para siempre debido a un acto inexplicable de negligencia. Y con ese pensamiento alarmante, encendí el auto y me fui; subí a la ruta, no soportaba ver mis propias manos en el volante y sentía odio por aquella mujer que no podía dejar de hacer esto.

Minutos más tarde, entré a nuestra casa y oí el murmullo vibrante de la respiración suave de mis hijas.

Yo también respiré, cerré la puerta de su habitación y llamé al celular de él.

“¿Todo bien?”, pregunté.

“Sí”, respondió. “¿Por qué estás despierta?”.

“Por nada”.

Suspiró. “Estoy bien. En Buenos Aires por trabajo”.

Estuvimos en silencio por un tiempo.

“Tengo que dejar de preocuparme por vos”, le dije. Como me conocía, era como si confesara cada vez que manejé a su casa, cada noche de esperanza en la ruta, cómo arriesgué todo para aferrarme a nada.

“Es bueno tener a alguien que se preocupe por mí”, dijo.

No respondí, temerosa de volver a tener esperanzas, mi necesidad como la de un mendigo.

“Pero parece que tienes razón”, repuso. “Debes parar”.

“Lo sé”, dije en voz baja.

Se quedó en la línea, respirando. Me preguntaba si estaba solo y me extrañaba, pero sabía que ya no podía permitirme pensar de esa manera.

Todo ese horrible episodio me enfermó de culpa. Hasta el día de hoy, no puedo creer que haya dejado a mis hijas solas. Me ha hecho pensar que un corazón roto es algo peligroso.

También siento como si hubiera sucedido en otra vida, y de alguna manera así fue: mis hijas ya son grandes y, hace ocho años, encontré el amor con un hombre amable y generoso. Sin embargo, siempre conoceré el sentimiento de desesperación que te embarga cuando el amor se aleja de tu vida. Y siempre conoceré el alivio de dejarlo ir.

“Te deseo toda la felicidad del mundo”, le dije, y colgué.

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