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21 de Agosto de 2022
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Rocío Paleari

Tan solo 3 minutos

Una nota sobre lo que pueden llegar a durar tres minutos.

—No puede ser

 

—Si, claro que puede ser

 

—No amiga, no puede ser}

 

—Si amiga, siempre puede ser

 

Podría haber seguido la discusión con mi amiga una hora más. Con el tiempo aprendí que frente a las ausencias, la negación es parte del proceso. Simplemente esa mancha, no podía no estar ahí.

 

—¿Cuándo fue la última vez?

 

—¿La última de qué?

 

—De que te vino…

 

—Tres semanas

 

—Vamos

 

Mi amiga no respondió. Yo automáticamente me levanté del sillón. Agarré las llaves, la billetera y arrastré a mi amiga afuera del departamento. Caminamos dos cuadras hasta la farmacia sin mediar palabra. En la esquina del departamento había un choque: estaba la ambulancia, la policía, los bomberos, todos con sus luces y sus sirenas, pero nosotras todo lo que pudimos escuchar era un silencio ensordecedor.

 

Era nuestro segundo año de facultad, recién cumpliamos diecinueve años, todavía nos mantenían nuestros padres, ninguna de las dos deseaba ser madre… y podría con la lista de inconvenientes, pero esos me parecen más que suficientes para ilustrar la catástrofe. La nuestra no era la foto de porta retrato de una embarazada feliz, expectante y deseante. Pasamos por la caja de la farmacia sin mirar los esmaltes, los labiales, los descuentos en sombras de ojos, básicamente, pasamos por la farmacia y volvimos al departamento lo más rápido que pudimos.

 

—¿Te cuidaste?

 

Me dió culpa preguntar, para mí era casi una obviedad la respuesta. Pero, cuando me dí cuenta, ya lo había preguntado.

 

—Supongo

 

—¿Cómo que supongo? Amiga… es fácil.. ¿Te pusiste forro o no te pusiste?

 

—Algo así…

 

—No me digas…

 

No seguí preguntando porque la respuesta era clara: o hizo la vieja y bien conocida la pongo y el chabón acaba afuera… o la pongo y nos ponemos forro para que el chabón acabe adentro. De cualquier manera, todos sabemos que ninguna de las dos es realmente efectiva. Que ninguna de las dos cuenta cómo cuidarse. Y ahí empecé a transpirar yo también. Ahora solo nos quedaba esperar. Mi amiga tenía que tomar agua y teníamos que esperar.

 

Cuando parecía que la agonía llegaba a su fin, abrimos el empaque del Evatest, porque rateríamos en todo para pagar la joda del fin de semana, pero, en algo tan decisivo no se negociaba la primera marca… Aunque saliera cinco veces más caro , descubrimos que había que remojar el test y esperar tres minutos más.

 

Tres minutos es lo que tarda la pava eléctrica en calentar el agua para el mate. Tres minutos es lo que suele durar en promedio una canción. Tres minutos es lo que tardas en cepillarte los dientes. Y sin querer caer en el lugar común… la vida a veces se me hace muy larga, otras muy corta. Ese día con mi amiga descubrimos que tres minutos en la cama con el que te gusta son una cosa… tres minutos cuando tenés que hacerte un evatest porque mágicamente no te vino es otra. Y que un negativo nos podía volver a la vida.

 

 

 

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