—Decí que cuento con cinco horas de ventaja.
—No seas brava… igual te olvidaste.
— Es una desgracia con suerte.
—No, desgracia es otra cosa… vos te olvidaste del cumpleaños de tu abuela.
—Peeero… allá son las siete de la tarde… la llamo le digo que antes era temprano, que después laburé y ya está… pasa…
—No podés tener tanta suerte.
—Siempre la tengo.
Levanto los hombros, como diciendo ¿a mi qué? La verdad que sí, que soy una chica con suerte. Rara vez algo me sale mal. Y cuando algo sale mal, nunca sale tan mal. Estoy convencida de que esto es así porque soy medio inconsciente y ando por la vida pensando que nunca nada malo pasa. Un ex-novio tenía la teoría de que lo mío no es suerte, es que soy muy inteligente… por eso siempre caigo bien parada.
Agarro el celu y le hago una videollamada en a mi abuela. Cumple noventa y tres años, está medio ciega, medio sorda, pero aprendió a usar WhatsApp a la perfección. No me atiende. Por la hora que es, seguro está tomando el té con las chicas.
Las chicas son un grupo de siete amigas dónde la más joven tiene setenta y siete años. Dos de ellas siguen casadas, tres son viudas, una se divorció hace un año del marido con el que llevaba más de treinta años de casada, y la última, la más moderna, enviudó y se buscó un nuevo novio.
Vuelvo a intentar comunicarme. Esta vez atiende la videollamada.
—Hola pollita —dice mi abuela del otro lado de la pantalla.
Lleva una camisa roja, el pelo recién teñido peinado en brushing y sus lentes culo de botella.
—Hola belitaaaaa —grito del otro lado de la pantalla.
—Shhhh… cállense locas… que no escucho lo que dice mi nietita —dice mi abuela, alejándose de la pantalla y sacudiendo una mano al aire.
—Feliz cumple… estás demasiado bien para cumplir veinticinco.
—¿Qué veinticinco? ¡Noventa y tres y muy bien llevados!
—Tenés razón belita… no cualquiera llega
—Menos ahora, que viven todos cansados… tu mamá cansada, tus tíos cansados…. Todos cansados.
—Si, les falta batería…
—¿Vos también estás cansada? ¿Cómo están los aires del otro lado del charco?
—Los aires están fríos… el invierno no se va más… —no llego a terminar de responder, de fondo se escucha una botella descorchar y se vuelve a armar un griterío de señoras.
—Shhhh…. Viejas… ya les dije que se callen, que no escucho a mi nietita.
—La nietita tiene treinta años… ya es una mujer —grita una de las amigas desde el fondo.
—Y miren que mujer —dice mi abuela y da vuelta el teléfono tratando de que las amigas me vean en la pantalla. Yo solo veo un plano de la mitad de la mesa. Hay vino, hay torta, hay galletas, hay magdalenas, algún té y copas de champagne.
—Escúchame nenita… llama a tu abuela mañana que ahora tenemos que brindar. —grita otra de sus amigas. Mi abuela vuelve a aparecer en la pantalla.
—No les des bola… están todas locas —dice.
—No pasa naranja belita, te llamo mañana. ¡Te quiero! —gritó bien fuerte del otro lado de la pantalla.
—¡Yo te quiero a vos! —grita mi abuela y corta la videollamada.
Suspiro. Vos me miras desde el otro lado del sillón, puedo advertir la reprobación en tu mirada.
—¿Qué? No se dio cuenta que me olvidé.
—Nada… no voy a decir más nada… pero, espero que en mi cumpleaños me saludes a primera hora.
—Pfff… con la suerte que tengo, te aseguro que si pasa, no te vas a dar cuenta—digo.