La noche avanzó sobre el día.
Mamá hace media hora nos sirvió la cena a mi hermana y a mí, y cenamos.
A esta hora es así.
Ahora estamos sentadas en el comedor. Mi hermana viste a su muñeca tuerta con trapos viejos, yo hago como que le ayudo, pero miro los agujeros de la cortina tejida al crochet por mi abuela. Y ahí distingo dos puntos brillantes, que podrían ser estrellas, pero son las luces del auto de papá. Me ciegan.
A esta hora es así.
Mamá prepara la mesa. Dos platos, dos vasos y los cubiertos para dos y coloca en el centro la fuente que despide ese aroma a cuero, del arroz con azafrán.
Me paro y mis ojos se cruzan con los de ella. Debo llevar a mi hermana al dormitorio. Nos sentamos sobre la colcha que cosió la abuela días antes de la discusión con papá, día en que ella le tiró la ropa en la puerta y lo echó. Por la noche, él regresó. La abuela se asustó como dijo mamá. Al otro día, después del entierro, papá de nuevo colgó su ropa junto a los batones de mi abuela.
Escucho a papá. Doy un salto hasta la puerta del dormitorio, y espío.
A esta hora es así.
Veo a mi padre revolear el sombrero, pegarle a mamá una palmada en la cola descarnada, buscar el vaso de whisky, sentarse en la punta de la mesa, levantar el pecho, y hacer chocar los hielos para que se escuche ese ruido como si alguien desfilara con botas nuevas.
Veo el temblequeo en las manos de mamá, sus dedos huesudos, y las uñas abandonadas sobre su plato vacío.
Veo la hiedra, las hojas secas y los tallos vencidos, el masetero de cerámica pegado por todos lados al igual que la lámpara.
Veo el mantel a cuadros que la abuela bordó al crochet y pasaba por agua de arroz, ahora con manchas y quemado por las colillas del cigarrillo de papá.
Veo la manija de la puerta de la heladera rota y a mamá que corre a buscar más de esa bebida, y veo su cabello largo lacio que años anteriores caía con presencia y volumen, ahora humillado.
Veo a papá terminar el whisky de un trago, y veo como toma la mano de mamá, la besa en los nudillos y se la dobla como si fuese un tirabuzón.
Veo las lágrimas de ella y la mano velluda, de él.
Oigo los llantos de esa mujer que no parece mi madre, y las carcajadas burlonas del que desearía no fuera mi padre.
Veo a ese borracho que se desparrama en el sillón del comedor.
A esta hora es así.
Papá ronca. El ronquido hace eco en mi cabeza y a ese ruido le sigue un silencio hueco, mortal que imploro, ruego y deseo se extienda para siempre.