RED43 opinion
01 de Diciembre de 2024
opinion |
Marisa Gomez

La culpa es del guardapolvo

Un cuento escrito por Marisa Gómez. 

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El abuelo espera los huevos revueltos mientras arroja trozos de pan al tazón con café. 
Lo abrazo, le beso el cachete liso y perfumado, y en susurro, le pido un bocado. La abuela me escucha y le dice, no, ni se te ocurra. Después me mira y me dice, no. ¡Cuidadito, que te estoy viendo!
El abuelo me pasa un pan con manteca por debajo de la mesa. Lo trago rápido, me raspa la garganta y los ojos me lagrimean.
La abuela me llama, me mira de arriba a abajo, te compraron el guardapolvo para estrenar en tu primer día de clase y no te prende, me dice. 
Levanto los hombros. No le contesto. Miro el trozo de torta de chocolate que se lleva a su boca. 
¿Te prende o no? 
Me vuelvo a levantar de hombros.
Tu madre no tuvo mejor idea que mandarte de vacaciones con la balanza, me dice, mientras pesa una banana, la saca, la corta por la mitad, la acomoda de nuevo en el platillo. Repite el proceso hasta que coincide con las anotaciones que lee de un papel. Son las indicaciones que el médico escribió para mamá.  
Mi abuela deja el té negro y lo que quedó de la banana, sobre la mesa.
Tiene diez años, dice el abuelo. 
Después me guiña un ojo, me acomoda la vincha y me hace señas para que mire su plato con un trozo de pan y huevo. 
Lo agarro, me lo meto en la boca en el momento en que la abuela despide al abuelo, le alcanza el sombrero de paja, y le da un beso en cada mejilla. El abuelo contesta con una palmada en la cola. Después, rápido me limpio las migas. 
El abuelo llega a la puerta, la mira serio y le dice. 
Se le compra otro guardapolvo, y listo.  
La abuela le dice no, con la cabeza y agrega, así me crió mi madre y me hizo fuerte.
Sí, pero rogabas que se muera, y le da un rebencazo a la puerta. 
El arroz con leche y la crema catalana, que están en la heladera son para cuando tu abuelo regrese del campo. No se tocan. Y ni se te ocurra pellizcar la torta, y la leche chocolatada está prohibida, órdenes de tu madre, me dice.
Tomo un sorbo de esa agua marrón, la escupo, revoleo el plato, y la desafío con la mirada. Corro a la habitación, me encierro. La abuela grita del otro lado de la puerta. No le contesto. Ahora me suplica. No le respondo. La escucho llorar y pedir perdón.
Agarro mi bolso, salto por la ventana, y sigo el camino de tierra que me lleva a la tranquera. Me duele el pecho pero no me detengo. Mi abuela me alcanza. Me abraza. Veo que está llorando. Perdón, perdón.  Tu abuelo tiene razón, te vamos  a comprar un guardapolvo nuevo.

 

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