Elbio Tarpesi se despierta y se sienta en la cama. Enciende el velador y mira el ángel colgado del respaldo. Rosalía lo sostuvo hasta que se fue.
Calma la mente, se viste, se coloca el sobretodo y su sombrero. Al llegar a la puerta, besa la foto de Rosalía enmarcada en el portarretrato. En un rato regreso, le dice.
En la calle, al terminar la cuadra, pasa una piedra de un bolsillo a otro, hasta que uno queda vacío. Llega a la puerta del geriátrico, entra y se sienta en la sala de espera. Una mujer con guardapolvo blanco lo palmea, lo abraza, y le grita, don Tarpesi, qué temprano vino hoy, ya le acerco el desayuno. Vuelve con una bandeja: café, tres tostadas y el dulce de ciruela. La deja sobre la mesa ratona.
Toma una tostada, desparrama el dulce con cuidado, disfruta el café. Una mujer empuja la silla de ruedas de un señor canoso, parece su padre, los dos tienen un lunar en la mejilla.
¡Qué alegría verlo don Tarpesi! ¿Cómo está usted?, dice la mujer.
Buenos días, está frío, hay que abrigarse, este otoño parece invierno, contesta mientras prepara la segunda tostada.
Al terminar, moja las yemas de los dedos con saliva, junta las migas del pan, las coloca sobre los labios y las saborea.
Toma el sombrero, se acerca a la secretaria, hasta mañana, le dice.
Lo esperamos, es un placer tenerlo aquí, don Tarpesi.
Regresa a su casa por el mismo camino, ahora cambia las piedras al otro bolsillo. Reconoce las cintas trenzadas que Rosalía tejía y colocaba en la verja para darle color a la casa. Esa casa de techo de tejas rojas de más de un siglo.
Los últimos cinco años acompañó a Rosalía. Daban una vuelta a la manzana, miraban como los fresnos daban sombra en verano, o como los plátanos crecían y sus hojas brillaban en primavera.
No dejaba sola a Rosalía porque podía confundir las hornallas de la cocina con los helechos. Le colocaba la pollera de lanilla, la blusa de satén, los mocasines y los dos collares de perlas, regalo de su hija. Cuando se perdía, estaba él, completaba la frase o terminaba la historia.
Años jugaron ese juego.
Los helechos y los rosales están secos. Desde que Rosalía murió nadie se ocupó de ellos.
Don Tarpesi entra a su casa, cuelga el sobretodo, se sienta en el sillón, y al levantar la cabeza, distingue una silueta sobre la ventana.
La silueta abre la puerta, papá, soy yo, tú hija. Me llamaron de la clínica, ¿qué pasa?, ¿estás bien?
Él abraza a su hija, y llora como lloró el día que despidió a Rosalía. En silencio.
Marisa Gomez