RED43 opinion
16 de Febrero de 2025
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Marisa Gomez

El médico que no es médico

Una nueva columna de Marisa Gómez. 

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Mamá llama a papá al dormitorio y cierra la puerta.

 

Yo escucho. La mejor amiga de mamá fue al médico nuevo que atiende en la casona que le prestó el cura del pueblo. Le vendió tres frascos con pastillas de distintos colores. Desde que empezó a tomarlas, se lo pasa meando, pero ya se le nota la cintura. Después no entiendo y por último oigo claro, que el turno es mañana a las dos de la tarde.

 

No logro entender lo que dice papá, pero sus carcajadas rebotan en mi cabeza. 

 

Mientras papá duerme la siesta, mamá y yo caminamos por la avenida. Ni una nube que se apiade, ni una mosca da vuelta, ni un pájaro. El sol los calcina.

 

Al entrar, la secretaria mira el trajecito que tiene puesto mi madre. Parece un guante, y ni una gota de sudor. Después me mira a mí, la remera se me pegó al primer rollo de la panza y la pollera a los de las piernas.

 

Nos alcanza un cartón con el número 33. Mamá sonríe, cree que el Señor nos mandó a este doctor.

 

Siento las miradas incisivas de las mujeres que esperan ser atendidas. Mamá se sienta y le dice a la señora que está a su lado que la familia está preocupada por mí. Miente. Todos me dicen que soy una princesa. Le clavo mis ojos, pero ella se hace la distraída.

 

Pasen, dice la secretaria. Mamá se levanta, se arregla el trajecito y de nuevo se mira en cada uno de los dos espejos que están en el pasillo, antes de llegar al consultorio. Y ahí está parado un señor grandote, con guardapolvo corto y pegado al pecho mojado. Pero lo peor, es el pelo lacio con la raya al medio.

 

Nos sentamos.

 

Habla con mamá, pero siento que me mira a mí. Yo en cambio, leo el diploma que está colgado en la pared: Especialista en lectura del iris.

 

Cruzo los brazos, hamaco las piernas, éste no es médico, le digo a mamá en un susurro. Después pego un grito porque mamá me pellizca el brazo.  

 

El médico que no es médico camina hacia mí con una linterna. Parado a mi lado, apoya la panza en mi brazo y con su mano húmeda abre mi párpado del ojo derecho. Se me acerca más, siento la cara y pelos de su cabeza a pocos centímetros de la mía. No puedo respirar, me ahogo.

 

 El médico que no médico le dice a mi mamá, veo una niña rebelde, irrespetuosa, mal educada e impertinente. Debe tomar dos pastillas antes del desayuno, almuerzo y cena. En quince días va a ser otra persona. Coloca arriba de la mesa, tres frascos con pastillas de distinto color.

 

Me paro y le grito, ¡Tómalas vos!

 

Mamá me agarra del brazo, me hunde sus dedos. Me suelto y huyo.

 

En la calle el aire caliente me pega en los cachetes, me tira el flequillo hacia atrás y me desliza las lágrimas por el cuello. Mamá me sigue, me grita.

 

Papá que va camino a su trabajo me ve y para. Mamá nos alcanza y furiosa le cuenta lo sucedido.

 

Papá sonríe y le dice, es chica, cuando sea más grande, seguro, se va a coser la boca.

 

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