La Mataco
La abuela de Inesita, como todas sus amigas, se hizo traer de por allá, de por el Chaco, del medio del monte, una chica para que le sirviera y viviera en su casa. Además, no la dejaban salir por temor a que le guste la calle.
La elegí yo personalmente, había muchas, pero me gustó su mirada torva y esa postura de empacada, contaba a las amigas, la Mataco es muy especial, agregaba, mi nieta la adora.
Es cierto, a Inesita le encanta ir a la casa de la abuela desde que está la Mataco. Quiere ayudarla a servir el té, quiere que se siente a su lado, pero la Mataco le dice que no, que no con la mirada torva.
Su abuela que borda las servilletas nuevas con el punto cruz, le aclara, Inesita ya te expliqué. No la molestes. La Mataco tiene cosas que hacer.
Abuela, ¿por qué no come con nosotras?
Ella come después. Ella allá, nosotras acá.
¿Por qué?, si la mesa es larga.
¡Basta! No se habla más, le grita.
Inesita se quiere poner a llorar.
Inesita, Inesita, le dice la abuela y le da un beso. Tu abuela termina con las servilletas y comemos, agrega.
Inesita y la Mataco, llevan a la mesa la fuente con la carne al horno, el jugo para Inesita, el vino para la abuela. Lo hacen con pasitos de carnavalito, y ríen.
La Mataco guarda una bolsa de plástico en el bolsillo del delantal.
¿Qué es eso?, le pregunta Inesita.
Pan, le susurra al oído. Después se sirve la polenta y agarra un vaso con agua.
Inesita la sigue. La Mataco entra a la piecita y cierra la puerta. Inesita la espía. La Mataco envuelve la polenta en papel de diario, la guarda en una bolsa igual a las que Inesita siempre encuentra en el tacho de basura y por último, no es pan lo que saca del bolsillo del delantal sino un trozo de carne que come con las dos manos, a tirones, como los perros. Después agarra el espejo redondo de plástico, se mira y pinta sus labios. Enciende radio Nacional y baila. Se ríe a carcajadas mientras canta.
De abajo de la cama saca una botella de vino, coloca un banco sobre la pared, abre la ventanita que da al patio, se para en puntas de pie.
Juan, Juan…Juan, ¿estás ahí?
Sí, mi Margarita.
Inesita se tapa la boca con las dos manos. Es el jardinero. Se escuchan los cuchicheos, las risitas y cuando la Mataco le entrega la botella, el beso.
Inesita a comer, el grito de la abuela, la hace tropezar y cae sobre la puerta y la empuja. Inesita queda frente a la Mataco. La mujer la mira fijo, desliza el dedo índice por su garganta. A Inesita se le corta la respiración, pero sabe que la Mataco no la va a degollar. Le sonríe y la abraza.
La Mataco se ríe y le da un beso, después la empuja fuera de la piecita, vaya con la abuela, y si se me queda calladita le enseño a cantar otro carnavalito.
Sí, sí, dice Inesita y corre a la mesa.
Marisa Gomez