Esta no es cualquier mudanza
Hoy es sábado, siete de la mañana, el pasto está blanco, los árboles sin gracia y al abrir la puerta el frío me parte en dos, como decía mi abuela.
Justo hoy tenemos que mudarnos a una casa que queda detrás de las vías del tren. Ahí viven los linyeras y los cirujas, me dijo mamá pero cuando le pregunté a papá, él se sorprendió, desde ahí se ve la puesta del sol, los campos sembrados y se escuchan las calandrias y las lechuzas, me dijo. Muchas noches los escuché discutir en el dormitorio, parece que papá pidió plata a un señor que parece ser es el dueño del pueblo. Se la tenía que devolver y en la familia nadie le quiso prestar, tienen miedo que se la juegue.
Mamá lo perdona, dice que es una enfermedad.
Yo le dije a mamá que no quiero vivir en este rancho, pero ella me explicó que papá pagó la deuda con la venta de la casa y ahora, por un tiempo nos tenemos que adaptar al rancho.
Mamá está perdida, la entiendo, fue un golpe duro, así que le ayudo. Agarramos las cajas con la vajilla que se guardó envuelta en papel de diario. Colocamos los juegos de platos y vasos en los aparadores, y también con muchísimo cuidado, el jueguito de café con ribetes dorados de la bisabuela, ese está completo porque no se usa. Mamá no deja que lo toque, no sé para qué está.
Papá agujerea la pared con el taladro y nosotras colgamos los cuadros, tarea que debería ser sencilla pero se vuelve tediosa, mamá no se decide dónde colocar cada pintura y eso que los cuadros son hediondos, puros girasoles, copias de Van Gogh. Después los tres ponemos las cortinas. Por último mamá me ayuda a ordenar mi ropa en el placard y cuando vamos a su cuarto para hacer lo mismo con la de ellos y abro la puerta del único ropero que dejaron, pego un grito y corro como si el mismo diablo me estuviera pisando los talones. Mis padres corren detrás de mí, me quieren serenar, me abrazan y me llenan de preguntas. No puedo hablar, se me cierra la garganta y el corazón se me va a escapar el pecho.
Tiemblo como si estuviera en medio de un terremoto.
Después de unos minutos me sereno, ahí hay una calavera y muchos huesos, les digo.
Papá se muere de la risa, pará con tu imaginación, un día nos vas a matar. Me pongo a llorar, no es mentira, lo vi.
Mamá toma impulso, pero se frena a unos metros y espera a papá. Los tres estamos delante de la puerta del placard y mi padre cuenta, uno, dos, tres y abre la puerta y yo con las dos manos me tapo la boca. Mamá grita y forcejea con papá, quiere cerrarla y papá quiere ver. Gana papá, es bien pero bien alemán, fornido y alto. Mamá le da la espalda a eso. Papá lo mira pero no se acerca mucho, hay tierra, telas de araña y sale un olor a rancio.
Llamamos a la policía. El comisario y su secretario se llevan el esqueleto.
Después nos enteramos que se trataba de un chico de 17 años. Parece que en la casa vivía un viejo que era su abuelo. Yo no quiero pensar más en el asunto. Ahora no puedo abrir ninguna puerta, ni de placar, ni de mesada de la cocina, ni las puertitas del botiquín del baño. Mi vida es horrible. No sé si algún día volveré a ser la que era. Papá se ríe, me acompaña y abre puertas y puertitas por mí. Ya va a pasar, me dice, pero estoy segura de que nunca más voy a poder abrir una puerta.
Marisa Gomez