28 de Enero de 2026
sociedad |

¿Quién dijo que no se puede? A los 71 años llegó a la cima del Volcán Lanín

Nacida en El Maitén, Amalia Figueroa demostró que los sueños no tienen fecha de vencimiento. Tras 9 horas de ascenso y superando muros de roca, hizo cumbre en el volcán más emblemático del Sur.

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Hay historias que inspiran y la de Amalia Figueroa es, sin dudas, una de ellas. A sus 71 años, esta mujer que se crió entre las montañas de la Patagonia y que se gana la vida limpiando casas, alcanzó el domingo pasado los 3.776 metros de altura del volcán Lanín, coronando un sueño que la montaña le había negado hace dos años.

 

En aquella oportunidad, el gigante de piedra y hielo le puso un freno cuando faltaban apenas 200 metros para el final. Por seguridad, Amalia decidió bajar, pero no se rindió. Este año, con una preparación física renovada y la compañía de dos amigas —una nadadora de aguas abiertas y una montañista experimentada—, la mujer nacida en El Maitén, Chubut, fue por su revancha.

 

Nueve horas de esfuerzo extremo y linternas
La travesía final comenzó en la penumbra total. A la 1:30 de la madrugada, el grupo salió del refugio con las linternas frontales encendidas para ganarle al calor y al viento traicionero que suele azotar la cumbre después del mediodía.

 

El tramo final fue una prueba de fuego: Amalia describió una pared de piedras que debieron superar "en cuatro patas", con el cuerpo pegado a la roca, ganando cada metro con la fuerza de los brazos y las piernas. Tras nueve horas de trepada ininterrumpida, a las 10 de la mañana, el cielo se abrió para ellas en la cumbre. Allí, entre lágrimas y fotos rápidas antes de que el clima cambiara, Amalia supo que lo había logrado.

 

De la advertencia médica al "museo" de medallas
El camino de Amalia hacia la cima no empezó en la montaña, sino en un consultorio médico. Años atrás, convivía con el sobrepeso y dolores crónicos de rodilla. Una advertencia sobre su movilidad futura la empujó a caminar por la barda antes de ir a trabajar. Lo que empezó como una necesidad de salud se convirtió en una pasión: empezó a correr a los 47 años, completó pruebas exigentes como el K21 y el K42, y hoy luce con orgullo un "museo" de medallas en su casa.

 

"No hay excusa para buscar los sueños. Así como yo salí de los problemas que tuve, se puede", afirma convencida. Amalia sostiene su rutina laboral en servicios de limpieza y cuidado, demostrando que la vida cotidiana y las grandes hazañas pueden convivir bajo el mismo techo.

 

Fiel a su espíritu inquieto, la historia no termina aquí. Mientras descendía del Lanín, agotada pero con el alma llena, Amalia sorprendió a sus compañeras con una frase que ya es su nuevo norte: "Ahora, me gustaría hacer el Domuyo". Para esta abuela patagónica, la edad es solo un número y las montañas están ahí para ser caminadas.



M.G

 

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