Cuando el sol se esconde, los mosquitos salen de las cunetas como si fuesen un ejército y papá llega a casa. Desde la esquina no para con los bocinazos. Sorprende a mamá. La agarra de la cintura, la levanta porque tiene menos carne que una lombriz como dice mi abuela, le hace dar tres vueltas completas como si fuese una calesita, mientras grita, todos a bañarse, nos vamos al casino.
Mamá también grita para que la suelte, no es gracioso verle las piernas que se le cruzan como Popeye. Papá obedece. Mamá se arregla el vestido y el
cabello, lo mira fijo y con una seriedad que me asusta, le recuerda que prometió no jugar más, que ya perdieron varias casas y que no quiere mudarse a otro barrio. Este es el límite.
Papá es muy bueno para los discursos y le parlotea durante una hora. Mamá es más inocente que el té negro, como dice mi abuela. La conversación ronda siempre en lo mismo, que solo será un tirito, que además tiene un pálpito y que no es uno cualquiera. Así pasó con las otras veces que perdió.
Entonces, para convencerla le cuenta lo que acaba de pasarle antes de llegar, casi pisa a un muchacho y cuando paró para ver si estaba bien se dio cuenta de que era el cura, el curita nuevo que tiene 29 años. ¡Negro el 29! Es una señal del cielo.
Al final mamá acepta ir al casino.
Mi padre se baña en dos minutos, mamá me dice, que me lave rápido, y que le ponga talco a la cuchufleta. La dejo blanca y perfumada. Mamá está lista, parece una muñeca de colección.
En la ruta 11, papá maneja, silba, y al mirar el cielo, se da vuelta y dice que la luna nos guía, así que es noche de suerte.
Dos negros con smoking nos abren la puerta del hotel.
Estamos en el lugar indicado, aquí se respira respeto y dignidad, nos dice papá.
En el último piso se encuentra el restaurante. Hoy está lleno de gente y a unos pocos metros, el salón de juegos con las mesas de las ruletas, cuento hasta diez, pero hay más.
Me divierto con los que miran para abajo, los otros que colocan las fichas y se dan vuelta para rezar, los que besan al Jesusito, los que caminan con la nariz parada y las manos agarradas detrás y los muchos que vueltean entre mesa y mesa. Mi padre es uno de esos que camina, se acerca a la puerta a cada rato y le cierra un ojo a mi madre que da vueltas la estampita de la virgen María y reza mientras el helado se le derrite.
Después de cinco horas, queda poca gente alrededor de las mesas. Tengo sueño, la cabeza me pesa, se me va para un costado. Mi padre le pidió al mozo que nos traiga, la tercera copa helada. Mamá prefiere un café negro, muy negro.
Me paro en la silla, estiro el cuello y veo a papá que hace un paso retacón, levanta el pecho y coloca una montaña de fichas en un solo lugar. Escucho al crupier.
—No va más.
La bola gira, salta de un número a otro y cae. No alcanzo a ver. Papá se ríe, me tira un beso, le arroja unas fichas al crupier y corre hasta la puerta.
—El curita me dio s-u-e-r-t-e. Nos quedamos a dormir y que nos atiendan como reyes.