Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac.
Vilma Pérez se jubiló hace seis años, después de haber desarrollado prácticamente toda su carrera docente en la Escuela 159 de Esquel. Allí comenzó a trabajar en 1985, apenas un año después de la creación de la institución, y permaneció hasta 2019.
“Desde 1985 que empecé a trabajar hasta el 2019. Treinta y cuatro años en esa escuela. Ininterrumpidos”, recuerda.
Tenía apenas 18 años cuando llegó a aquella escuela que terminaría convirtiéndose en mucho más que un lugar de trabajo. “Es como tu casa, es tu segunda casa. Yo aún ahora digo mi escuela”, cuenta. Y agrega: “Fue mi segundo hogar, la 159”.
Comenzó como interina, luego fue suplente hasta quedar titular y durante casi dos décadas se desempeñó como maestra de primer ciclo, el ámbito que más disfrutaba. Más adelante asumió funciones administrativas como secretaria y finalmente pasó sus últimos cuatro años como vicedirectora.
“Yo creo, así volviendo a los años atrás, que mi profesión, si yo volviera a nacer, sería maestra de vuelta. Elijo mi profesión”, afirma.
La vocación nació jugando
Mucho antes de ponerse frente a un aula, Vilma ya jugaba a ser maestra. Su infancia transcurrió en Aldea Escolar, donde asistió a la Escuela 96 de Los Rápidos.
Allí descubrió, siendo apenas una niña, que la escuela podía convertirse en una forma de vida. “Y yo empecé primer grado ahí. Y me fasciné con la escuela. No sé, algo me pasó”, relata.
En el negocio familiar, una pequeña despensa, reproducía lo que veía durante sus jornadas escolares. Sacaba los sifones de los cajones, los acomodaba como si fueran alumnos y hasta les asignaba personajes.
“Y era mi juego”, recuerda. Aquella infancia terminó siendo el primer escenario de una vocación que años después la llevaría al magisterio.
También comenzó a ayudar a una docente amiga de su familia, Noni Sánchez, mientras todavía cursaba la primaria. Iba durante el contraturno, repartía y recogía libros y colaboraba en el aula.
“Me encantaba. Si por mí fuera estaba todo el día en la escuela”, cuenta.
Fue entonces cuando empezó a tener claro qué quería hacer con su vida.
El camino hasta ser maestra
Su primer destino en el secundario fue la Escuela Agrotécnica N° 5 de Trevelin, pero rápidamente descubrió que ese no era el camino que quería seguir. Cuando estaba por comenzar tercer año decidió cambiar de rumbo y viajó a Esquel junto a su hermana para averiguar cómo podía ingresar al magisterio.
La posibilidad implicaba perder un año, pero Vilma no dudó.
“Y dije no, yo igual quiero. Pierdo un año pero quiero entrar acá”, recuerda.
Finalmente ingresó al magisterio, se recibió como maestra provincial y luego continuó su formación artística hasta convertirse también en maestra nacional de dibujo.
Una escuela que también la formó
Cuando Vilma llegó a la Escuela 159, se encontró con un grupo de docentes con mayor experiencia que terminó siendo fundamental en su crecimiento profesional.
Recuerda especialmente al director Sergio, a quien describe como una persona abierta a las nuevas formas de enseñar y capaz de acompañar a los docentes jóvenes.
“Y nos daba esa libertad, pero sí teníamos clarito que fin de año, el primer grado tenía tales contenidos que haber alcanzado en lengua, en matemática, en segundo también y en tercero”, explica.
Para Vilma, aquella experiencia fue determinante. “Fue hermoso, tener a un director así, que te apoya, contiene y te acompaña en tu tarea”, destaca.
Con los años también cambió la forma de enseñar. Los nuevos enfoques pedagógicos obligaron a estudiar, capacitarse y adaptar las herramientas a cada grupo de alumnos.
“Uno se tiene que ir perfeccionando, actualizando”, sostiene. Y resume una de las claves de su manera de entender la docencia: “Cuando los chicos no aprenden con un enfoque o método, tiene que acudir a otras herramientas, porque tiene que sacar a ese chico adelante, tiene que lograr que aprenda de alguna u otra manera”.
La escuela también era comunidad
Durante sus años en la 159, Vilma y sus compañeros impulsaron actividades que excedían las horas habituales de clase. Durante muchos años organizaron obras de teatro para los cierres de ciclo lectivo y preparaban actividades fuera del horario escolar.
Los docentes ensayaban después de las cinco y media de la tarde, preparaban vestuario y escenografía y convertían esos encuentros en verdaderas celebraciones para las familias.
“Las salidas con los chicos fuera de la escuela son fantásticas también”, recuerda Vilma, quien participó de numerosos viajes y actividades con sus alumnos.
La Escuela 159 estaba alejada del centro y muchas veces implicaba caminar varias cuadras para llevar a los chicos a espectáculos y propuestas culturales. Para Vilma, ese esfuerzo valía la pena.
“Se perdía el día de enseñanza dentro del aula, pero se aprendían otras cosas”, explica.
Una profesión que sigue defendiendo
Después de más de tres décadas frente a los alumnos y algunos años en la vicedirección, Vilma observa con preocupación la situación actual de los docentes.
Considera que la profesión perdió parte del reconocimiento social que tenía cuando comenzó a trabajar y destaca especialmente a quienes continúan hoy frente a las aulas.
“Se está desvalorizando hoy. Yo hoy, la verdad, valoro mucho y respeto mucho a mis colegas que están en actividad en este momento, porque es un momento muy difícil”, afirma.
Aun así, su mirada sobre la profesión permanece intacta. Para ella, enseñar siempre fue mucho más que transmitir conocimientos: implicó acompañar, buscar caminos y encontrar la manera de que cada alumno pudiera aprender.
La niña que terminó siendo maestra
Hoy Vilma disfruta de su jubilación. Pasea, hace cerámica, pinta, practica pilates y comparte tiempo con sus amigas y su familia. Pero aquella niña que jugaba con sifones para convertirlos en alumnos sigue presente.
Cuando le preguntan qué le diría a aquella pequeña que jugaba a la escuela en la aldea, no duda.
“Que fue hermoso. Que me mandó derechito a lo que tenía que hacer. Le diría que gracias”, responde.
Y agrega: “Le diría gracias. Gracias porque me despertó eso. El querer ser maestra”.
Después de una vida dedicada a la educación, Vilma encuentra una frase sencilla para definir todo aquello que comenzó cuando tenía apenas seis o siete años: “Para mí la docencia es la profesión más noble, más placentera, la que más te reconforta”.
Agradecemos enormemente a Vilma por abrirnos las puertas de su hogar y permitirnos conocer un poco más de su pasión por la docencia.