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30 de Noviembre de 2025
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Marisa Gomez

Mi amigo José

Por Marisa Gomez

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Mi amigo José

 

Como todos los sábados, me asomo a la ventana y ahí está mi vecino. Nadie quiere jugar con él, dicen que no sabe.

 

— ¡Pobre Josecito! No se lo puede mirar a la cara, te marean los lentes con esos vidrios gruesos — dice mamá. Pero eso no es todo, tiene doce años y todavía está en segundo grado.

 

Me acerco de nuevo a la ventana. Las cunetas rebalsan de agua y de ranas. Llovió la noche entera, parecía un diluvio.

 

José sigue ahí atento para ayudar a los operarios de los tractores cuando pasan y se empantanan.

 

Mamá se para al lado mío, corre la cortina de la ventana y con el índice me golpea el hombro, mirá, allá está tu amigo, seguro que te espera. Después le sirve el café con leche a papá.

 

Papá la mira, no le habla, sabe que los días grises la ponen rabiosa.

 

Vuelvo a acercarme a la ventana. Salió el sol. La brisa empieza a secar el barro. Corro a la vereda y José, ni bien me ve, cruza. Se agacha, espera que me acomode sobre su espalda, me agarra fuerte las manos, se levanta y ahí cuelgo como si fuese una bolsa de harina.

 

—Agarrate fuerte —me dice y siento sus pasos largos que se entierran en el barro, y mi cuerpo que se bambolea.

 

Me bajo y corro a reunirme con el resto de los pibes que me esperan para cazar ranas. Somos tres, vamos de cuneta en cuneta, nos agachamos, apoyamos la panza, metemos la cabeza bien abajo para saber dónde están, tiramos la red,  gritamos, acá va una, y las metemos adentro del balde hasta que nos enredamos y caigo pesada como higo podrido con la boca abierta. Trago esa agua inmunda. Me voy hasta el fondo. Muevo los brazos, los yuyos me enredan, y me empieza un ardor en la pierna. Chillo hasta quedarme sin voz.

 

Hago un esfuerzo por sacar la cabeza. No veo a nadie. Hago otro esfuerzo, levanto mi brazo y desde el pecho me sale un ronquido, aquí, aquí, entonces escucho la voz de José.

 

—Dulcita, agarrate —me dice.

 

Me manotea, me saca, me para, me golpea la espalda, toso como un animal, y juntos vemos los chorros de sangre que me salen de la pierna. Me carga como una bolsa de papás, hace una cuadra, después cruza ese asqueroso barro y se detiene en la puerta de mi casa. Aparece mamá ¿qué pasó?, grita.

 

Papá me sienta sobre el mesón de la cocina, agarra una toalla, me envuelve la pierna, urgente, al hospital, dice. Le hace una seña a José para que me cargue. Mamá me da un beso, se queda con mi hermana bebé.

 

La camioneta no arranca. Papá lo mira a José,  dale, vos tenés polenta, son cinco cuadras y llegamos, le dice.

 

José le hace la venia, de acuerdo mi capitán. Después me mira, vamos mi Dulcita, agarrate fuerte que este potro no es manso, repite hasta que llegamos a la salita que depende del hospital.  Ahí,  los médicos, le piden a José que me deje en la camilla y se vaya.

 

No, él me salvó, los otros me abandonaron, les digo.

 

El médico me mira serio, qué buen rescatista tenemos en el barrio, me dice, y todos aplauden.

 

Marisa Gomez

 

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