17 de Enero de 2026
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Lecturas en RED: Candela Ripa y su libro "Si mi mochila hablara"

La escritora leyó uno de los capítulos de su primer libro, donde refleja la vida en otros paises y los personajes que deja ese camino.

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Candela Ripa es la autora de “Si mi mochila hablara”, su primer libro. 

 

La esquelense reside en Resistencia, Chaco, y es licenciada en comunicación social, recibida en Córdoba. El mapa de experiencia se amplió con Alemania y después Australia, viajes de los que se desprende el libro.

 

En su paso por la ciudad, compartió en RED43 la lectura de uno de los capítulos para que podamos conocerlo, escucharlo en su propia voz, y también leerlo, a continuación.

 

El artefacto cultural

 

Estábamos en una playa paradisiaca de una isla de dibujos. Arena blanca, agüita clara y palmeras. Como siempre la mezcla de protector solar, sudor, agua salada y sol, no dejaba más opción que andar brillosos y casi exentos de ropas. La isla quedaba frente a la pequeña ciudad donde vivíamos y habíamos hecho un viaje corto en barco y colectivo para llegar allí. Éramos varios, creo que nunca antes, ni después, logramos coincidir tantas personas con un mismo día libre como para ir en conjunto. Arribamos a la playa y empezamos a desembolsar y desplegar el campamento. Mantitas, toallas, heladerita y mochilas varias, dieron color y una perspectiva de realidad a tal entorno que para algunos quizás habría dejado de parecer de revista, aunque para mí, lo hacía lucir aún más encantador. Con la ronda ya armada, procedimos a disfrutar. Algunos al agua directo, otros a la sombra. 

 


Aunque no estoy segura, imagino que nuestras charlas se escuchaban a varios metros a la redonda y lo que pasó puede que confirme mis sospechas. Un señor grande, primero paso para meterse al agua, y al regreso nos sonrió. Nadie le dió importancia. Al ratito se nos acercó amigablemente. Se presentó como “Rory” y tenía bastante cara de loco simpático. Nos contó que él había vivido en España en algún momento de su vida y que entendía algo de español. Ese fue el motivo principal de su acercamiento, quería saber de dónde éramos y qué hacíamos en ese recóndito lugar de Australia.

 

Por su parte nos contó bastante de su vida. Había nacido en Irlanda y vivido desde 1965 en Australia. Tenía dos hijas grandes, había estado casado con su ex mujer hasta que él sintió la necesidad imperiosa de irse a vivir a dicha isla. Ella no quiso, entonces se fue él solo. Aún le guardaba mucho cariño y respeto, solo que sus caminos se habían separado, declaró. Vivía en una casa, que según él dijo, había armado con sus manos. Quedaba en la otra punta de la amplia playa y venía a menudo en botecito de madera a donde estábamos, para visitar a sus amigos. Eso era lo que él quería, librarse de las responsabilidades y de la ciudad, vivir otra vida. Después de un rato de charla volvió a la mesita que estaba a la sombra de las palmeras con sus colegas: un cuarteto de personajes que ni te explico. No sabría si definirlos como hippies, porque en Australia hasta el que menos tiene, tiene bastante, pero daban perfil de gente que vive en la playa y no tiene muchas preocupaciones. También eran grandes, asumo que estarían jubilados. Jugaban un juego de mesa que no pude ver.

 

El cálido día desencadenó en un atardecer agradable. Caia el sol, la luz empezaba a atenuarse en tonos amarillos. Los que vivían en botes comenzaron el regreso a sus casas acuáticas. Uno incluso iba en un bote de madera con su perro en la proa. Llegó a su hogar acuático, pasó a su perro y luego entró él. Mientras, nosotros empezábamos a armar el matecito con budín y volvió Rory, el loco amigable, dispuesto a sentarse y seguir charlando.

 


Como bien sabemos, un grupo de personas de Argentina va a preguntarle al extranjero si alguna vez probó el mate. Es un deber ser. Y esta  vez no fue la excepción. Respondió que no, que nunca lo había probado y miraba con atención el artefacto. Sus ojos celestes y grandes se fijaban expectantes, las cejas se fruncian y subían para luego bajar. Él se movía algo ansioso en la espera por probarlo. Seguía cada detalle de la preparación. 

 


Mate, 
yerba, 
desempolvar, 
chorrito de agua, 
bombilla, 
agua.

 

Me tomé el primero para testearlo. Como la yerba era de yuyitos y el agua no estaba muy caliente, le dí el segundo. Y, a decir verdad, Rory tenía pinta de no amarretear a las buenas andanzas. Supuse que el segundo mate no podía dañarlo tanto. 
Mientras le pasaba el artefacto cultural, alguien dijo 
¡¿El segundo le vas a dar?!
y otro en inglés advirtió
¡Guarda que puede estar caliente!- 
Justo cuando ya tenía la bombilla en los labios. La seguridad con la que le había entrado al mate, desapareció: se le chorrió el agua por el pliegue de la boca. Se asustó. Probando lo desconocido, tuvo miedo, como cualquier otro ser humano.
Luego de que justificara mi decisión, él retomó la tarea con coraje y lo saboreó. Su mirada expresaba asombro.
-Nunca probé algo así, es muy particular. No puedo descubrir qué sabor tiene- 
Y empezó la ronda de decir parecidos. Para él no se parecía a nada, y lo decía auténticamente. No le encontraba similitud con ningún té, ni a ceniza como alguien escuchó en la primera vez de otra persona.
Pero claro, Rory estaba probando solo el sabor. Nadie le había explicado el funcionamiento, el ritmo, como gira el mate: el ritual. Entonces tomaba un sorbo cada tanto y charlaba, y charlaba. Recordemos que era el segundo mate en un atardecer de una playa paradisíaca. Entonces, las miradas de la ronda empezaron a fijarse sobre el mate. Se sentía el suspenso en el aire. Las lenguas empezaban a saborear sus propios labios. Más de una boca se estaba haciendo agua, pero más bien, agua salada. Como cebadora, me dí cuenta que eso podía tardar mucho y le quise explicar:
Rory, my friend, vos tomás primero, después toma ella, después él. Tomamos todos del mismo mate - dije pensando que estaba siendo súper clara.

 

Ah ¡fantástico! - dijo en un español muy marcado y más que comprensible.
Y ahí nomás, él también muy comprometido con la experiencia le pasó el mate al de al lado. Así, sin ser cebado de nuevo.

 

No, no. Vos lo tomas, me lo pasas a mi, yo le pongo agua y ahí se lo doy al siguiente- dije entre risas.
Sorprendido respondió:
Ah ¡ustedes sí que tienen su cultura!

 

Para alivio de todos, me dió el mate después de unos pocos -pero espaciados- sorbos, y el ritual siguió su camino. 
Pero, no llegó a completar la vuelta que ya había reclamos sobre la temperatura del agua. Claramente, después de todo un día dentro del termo, no estaba acorde a los gustos. Ni puedo describir la cara de Rory cuando sacamos una garrafa y la hornalla plegable, para calentarla.
Entre muecas, el loco amigable dijo:  
¡No andan con chistes, eh!-

 

Estaba entretenidísimo, como un niño descubriendo la sencillez de las cosas nuevas.
Pensamos que no iba a querer otro mate, pero sí, aceptó un segundo y repitió
Nunca probé algo así, tiene un sabor muy particular-

 

Candela Ripa, parte de su primer libro "Si mi mochila hablara".

 

SL

 

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