Un 27 de febrero de 1812, en las barrancas del río Paraná, la historia argentina dio un giro irreversible. El General Manuel Belgrano, encargado de fortificar las costas frente al avance realista, izó por primera vez un pabellón con los colores de la escarapela nacional en las baterías denominadas "Libertad" e "Independencia".
Identidad en el campo de batalla
La creación de la bandera no fue un acto meramente ornamental. Días antes, el 18 de febrero, el Primer Triunvirato había aprobado el uso de la escarapela. Belgrano, entendiendo que sus soldados necesitaban un símbolo propio que los distinguiera visualmente de las fuerzas españolas, mandó a confeccionar una bandera con esos mismos tonos: celeste y blanco.
"Siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional", explicaría luego el prócer. El acto buscaba reforzar el sentimiento patrio y la cohesión de las tropas en plena lucha por la emancipación.
Un acto de desobediencia soberana
Lo que pocos recuerdan es que este hito se realizó sin la aprobación del gobierno central. El Primer Triunvirato, temeroso de una ruptura total con España en ese momento, le ordenó a Belgrano ocultar la bandera. Sin embargo, para cuando la orden llegó, el General ya marchaba hacia el Norte, llevando consigo el estandarte que más tarde sería jurado por el Ejército del Norte en Jujuy.
Disputas y misterios históricos
A pesar de la importancia del 27 de febrero, la historia guarda algunos debates. Algunos investigadores señalan la falta de documentos que precisen si la bandera original tenía dos o tres franjas. No obstante, el consenso histórico ubica este día como el punto de partida de la soberanía simbólica argentina, nacida de la audacia de Belgrano y el clamor de independencia de sus soldados.