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15 de Marzo de 2026
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"No me imagino un trabajo mejor"

Carlos Baroli nació en Mataderos y creció en el conurbano bonaerense. Desde adolescente soñó con vivir en la Patagonia. Hoy, desde Esquel, el docente repasa una vida marcada por la educación y la vocación pública.

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Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac.

 

 

 

Hay decisiones que se toman una vez y no se negocian nunca más. En la vida de Carlos Baroli, esa decisión apareció cuando todavía era muy joven. “Tuve todas las influencias que se te ocurran, pero no me corrían nada ni un gramo de yo me voy al sur”, recuerda hoy el docente de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, conocido por su participación en espacios de divulgación como charlas científicas y encuentros con la comunidad.

 

 

 

Sin embargo, su historia empieza lejos de la cordillera. “Yo nací en el año 1968… soy plenamente del siglo pasado. Nací en el barrio porteño de Mataderos y a muy poquito tiempo, a los cuatro años, me mudé a San Miguel”, cuenta. Allí creció, en el oeste del Gran Buenos Aires, “en un conurbano verde, muy cerca de lugares muy lindos”.

 

Pero fue la escuela secundaria la que marcaría su vida.

 

 

 

Una adolescencia atravesada por la historia

 

Carlos cursó en la Escuela Nacional de Comercio Juana Manso de San Miguel. Eran años intensos para la Argentina. “Empecé en 1981, en primer año… iniciamos en plena dictadura”, recuerda.

 

Poco después llegaría la Guerra de Malvinas y el derrumbe del régimen militar: “La dictadura se desmoronó como propuesta política institucional a partir de la derrota en la Guerra de Malvinas, que la vivimos muy dolorosamente”.

 

 

 

La escuela fue escenario de ese cambio de época. “Vivimos una euforia increíble en el año 83”, dice. Profesores y estudiantes comenzaron a recorrer partidos políticos, a debatir, a imaginar el futuro.

 

El día después de las elecciones de 1983 quedó grabado para siempre: “Toda la escuela… cantando en el recreo. El recreo duró una hora, cantando por la democracia, una alegría”. Aquella experiencia marcaría su manera de ver el mundo. “Yo compré, pero afirmé al pie que con la democracia se comía, se educaba, se generaba salud. Para mí fue una ilusión enorme”, afirma. Y agrega una convicción que hoy comparte con sus estudiantes: “Para los jóvenes la democracia es una condición de contorno… pero no siempre estuvo ahí”.

 

 

 

El sur como promesa

 

Mientras crecía ese compromiso social, también nacía otra idea: la Patagonia. Los viajes escolares, los campamentos educativos y el clima de exploración de aquellos años despertaron un deseo que no lo abandonaría nunca más. “El interior ya mostraba trazos de esperanza, de aventura, de tierra prometida”, dice.

 

 

 

Esa idea se transformó pronto en un proyecto de vida y casi en una obsesión: "Yo me iría al sur a los 14, 15 años… y era el sur, era la Patagonia claramente, y era la cordillera también”.

 

Nada lo hizo cambiar de rumbo. Ni siquiera cuando empezó la universidad.

 

 

 

Dos carreras, trabajo y una vocación

 

Primero se inscribió en Ciencias Económicas en Buenos Aires. Pero algo no terminaba de cerrarle: “Dije: está bárbaro la universidad, pero yo tengo una mirada social”.

 

Entonces tomó una decisión que marcaría su identidad: estudiar magisterio al mismo tiempo. “Ahí fui completamente feliz”, recuerda. Y agrega: “Estaba todo: lo que me apasionaba de la economía y lo que me apasionaba de la formación docente”.

 

 

 

Fueron años intensos: viajes de tres horas diarias para cursar en la capital, clases en San Miguel, trabajos para mantenerse. “Yo ando a mil por la vida, pero comparado con ese momento de mi vida, ahora soy una tortuga”, asegura entre risas. 

 

Primero se recibió de maestro y empezó a trabajar en escuelas del Gran Buenos Aires. Pero el sur seguía seguía en su cabeza. 

 

 

 

La llegada inesperada a Esquel

 

En 1991 decidió viajar a la Patagonia con su entonces pareja para buscar oportunidades laborales. El recorrido iba de Neuquén hasta El Bolsón. Pero una casualidad cambió todo.

 

En El Bolsón, un vecino consiguió un taxi que los llevaría hasta Esquel a través de un mensaje al poblador. “No entendía nada”, recuerda.

 

 

 

Llegaron de noche: “Nos dejó en la puerta del Hotel Argentino… y no nos atendió nadie. En ese momento hicimos la carpa en el patio del Hotel Argentino”. Esa fue su primera noche en la ciudad.

 

Al día siguiente fue a la universidad: “Me acerco a la facultad y me recibe la contadora Cora. Y me dice: ‘quedate, ya tenés un cargo’”. Carlos no lo podía creer.

 

 

 

“¿Están diciendo que me quede?”, recuerda haber preguntado. Finalmente volvió a Buenos Aires para terminar la carrera y regresó definitivamente en 1992. “Llegué un sábado con mi papá… y el miércoles ya tenía trabajo y casa”, cuenta.

 

Por eso lo dice sin dudar: “Yo siempre estoy muy agradecido… a Esquel en general, porque realmente fue muy generoso”.

 

 

 

Un maestro de economía

 

En pocos años su carrera académica se consolidó. En 1993 ya tenía los cargos que mantiene hasta hoy en las facultades de Ciencias Económicas e Ingeniería.

 

Pero cuando define quién es, no habla de títulos: “Yo creo que soy un maestro de economía… un docente que le encanta la economía y le encanta trabajar en la docencia de la economía”.

 

 

 

La universidad, dice, le permitió algo fundamental: conectar el conocimiento con el territorio. “El rumbo que yo quería para mi vida era poner la universidad en la lógica de desarrollo territorial”, nos cuenta. 

 

 

 

Su idea siempre fue la misma: una universidad abierta y comprometida: “Todos los que trabajamos en ese equipo nos graduamos de vinculadores… en poner la universidad a disponibilidad de la comunidad”.

 

Y resume esa filosofía con una frase que repite en cada proyecto: “Juntos somos mejores. No importa que tengamos diferencias”.

 

 

 

El motor más profundo

 

Detrás de los proyectos académicos hay otra pasión más íntima: la docencia y la infancia. “Me apasionan los niños”, dice sin rodeos. Y agrega; “Necesito ser maestro, necesito estar en contacto con niños, me hace muy bien”.

 

Ser padre, cuenta, es el centro de su vida: “No hay nada más importante que ser padres juntos y para mí que ser padre. No me puedo imaginar mi vida sin ser padre”.

 

 

 

Y hay una escena que todavía lo conmueve: “A mí estar en un grado de escuela primaria me conmueve todavía”.

 

Tal vez por eso, después de tantos años de universidad, proyectos y estudiantes, su historia sigue teniendo la misma raíz: la de un chico del conurbano que creyó en la democracia, en la escuela pública y en un sueño que lo llevó hasta la cordillera. Y que, desde entonces, no dejó de enseñar.

 

 

 

Agradecemos enormemente a Carlos por brindarnos esta entrevista y dejarnos conocer un poco más del hombre que cada día acompaña y guía a cientos de estudiantes.

 

 

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